Acto deliberado de nostalgia

Ayer cometí el acto deliberado de dejarme llevar por la nostalgia. Es algo de lo que he intentado huir en estos casi dos meses de confinamiento para no caer en la trampa de la pena por lo perdido. Primero, porque no me parece justo lamentarme por mis perdidas cuando hay otras mayores. Segundo, porque sé que un paso en falso me puede hacer caer en la ciénaga de la desesperación y desaparecer en ella. Lamentarme y regodearme no me interesa, necesito mi ánimo lo más intacto posible para seguir emprendiendo mi día a día.

Pero el pasado viernes noté esa necesidad de recurrir al pasado -a ese pasado de hace dos meses que ahora parece tan lejano- y permitirme, aunque fuera brevemente, darle su espacio para ser sentido y explicitado. Está bien mantener el tipo, por uno mismo, por los que le rodean, pero yo necesitaba pasearme por mis rutinas perdidas, echarlas de menos y llorarlas lo que fuera necesario.

Así que al atardecer decidí hacer el recorrido que hacía cada mañana para llevar a mi hija a la escoleta. Pero esta vez sin la compañía de ella, sin las peleas y las prisas matutinas, pero sí con la mascarilla cercenando mi respiración y un nudo ingente en la garganta.

Paseé por cada recodo de nuestras mañanas, intentando recrear los diálogos que repetíamos jornada tras jornada (¡mira esa flor!; ¡el campanario!; ¡espabila, que es muy tarde!;  la piscina, ¿hoy me toca piscina, mamá?; mira, ese gato; acábate ese trozo de pan que ya llegamos a la escoleta; ese es el jardín en el que paseamos, ¿verdad, mami?…) Y así hasta llegar a la escoleta. Resultó extraño ver el edificio sin la vida y las risas que allí habitaban. Ahora parecía una bella durmiente de cuento esperando ser despertada de este mal sueño. Y al fin se me escaparon las lágrimas, como sabía que iba a ocurrir y necesitaba. Me dejé mecer por ellas y me permití recordar las veces que vi a Nadia jugar en el patio de madroños, las veces que venía corriendo a abrazarme cuando la recogía, las veces que jugamos en la plazoleta… Me permití echar de menos y lamentarme por mis pequeñas perdidas. No son las más importantes ni graves, pero son las mías y necesitaba sentirlas para poder sanarlas. 

Ya de vuelta anduve por los parques y jardines en las que tantas veces hemos jugado, ahora varados con cintas que prohíben el paso. Es una imagen impactante ver el juego de los niños detenido, como lo son las plazas deshabitadas, las persianas bajadas de los comercios y esa tristeza que parece emanar de los ojos y la actitud de los viandantes y extenderse por las aceras.

Seguí caminando, y al hacerlo, pensaba que esa toma de tierra, esa dosis de realidad y conciencia, me estaba pesando demasiado en el alma. Cierto es que me había sacudido la añoranza con las lágrimas derramadas, pero resultaba difícil buscar esperanza en las calles y jardines desprovistos del latir de siempre. 

Entré en casa más ligera de apegos y nostalgia -aún conservo algo de ella en mi mochila vital, no os voy a engañar, esta viene de serie-, pero también con la certeza de que ante la extrañeza de nuestra realidad, ampararse en las pequeñas grandes cosas será nuestra tabla de salvación, como siempre lo han sido. En mi caso, tal vez, ahora no lo sean los diálogos con mi hija de camino a la escoleta y respirar el verde cerca de las Heuras; tampoco, verla sonreír, saltar y chapotear en la piscina; ni los abrazos al recogerla; ni los juegos eternos en el parque. Pero serán otras pequeñas grandes cosas las que darán luz a estos días sombríos. Pequeñas grandes cosas que algún día también añoraré… Porque a veces creo que vamos de añoranza en añoranza, lamentando lo perdido. Tal vez, sea hora de aprender a vivir en el ahora, sin nostalgias ni futuribles. Suerte que por aquí tengo correteando a una buena maestra del desapego, que no sabe de añoranzas, ni de pasado; ni de expectativas, ni promesas, solo de sonrisas, rabietas y presentes. Que sabe ver con ojos curiosos la realidad y disfrutarla tal como es, sin juzgarla, sin sufrirla, sin entenderla, pero ¿qué más da? Yo también quisiera ver la realidad con sus ojos, ahora más que nunca.

Un árbol crece en Brooklyn

Creo que no hay mejor metáfora para los tiempos que corren que la imagen del árbol que crece en el patio de un edifico de uno de los barrios más pobres de Nueva York,  Brooklyn, en la década de los años veinte del siglo XX y que da título a esta novela.

Un árbol que crece a pesar de todas las circunstancias que se suceden a su alrededor y que no deja de ser también una imagen reflejo de la propia protagonista, una niña llamada Francie Nolan, a la que acompañamos en su periplo vital de niña a joven adulta. Una vida que oscila entre el afán de superación y la pobreza a la que está sometida su familia en una lucha constante por alcanzar el tan famoso sueño americano. Pero, por favor, que nadie se me asuste ante tal afirmación del manido tema del sueño americano, porque en este caso se hace en una novela escrita en 1943, cuando no nos habían vendido esta historia hasta la saciedad en betsellers, películas y series. Y todo el mérito lo tiene su autora, Betty Smith, que nos cuenta las peripecias de Francie y su familia en un tono sincero, pero entrañable, sin caer en el dramatismo, pero sí con las dosis justas de emoción y sentimientos.

Debo reconocer que me resultó difícil entrar en la historia durante las primeras páginas. No creo que fuera cuestión del libro sino de mi situación mental. Empecé la lectura justo dos días después de iniciarse el confinamiento y mi cabeza era incapaz de concentrarse en la historia de Francie y su familia. Sin embargo, llegado el momento la lectura fue fluyendo, aunque de manera pausada y tomándose su tiempo. Porque no hay prisa por leer la historia, no hay un conflicto o incógnita que resolver, sino simple y grandemente, vamos desvelando una vida con todos los episodios que la van configurando. Así vamos acompañando a esta niña en sus encuentros familiares, en su amor fraternal, en su relación compleja con su madre, en su interés por leer y aprender en la escuela, y en una infinidad de situaciones de todo tipo. Parece que no pase nada, pero pasa todo y, en ese sentido y aún salvando las distancias, me recordó la historia de La flor púrpura de Chimamanda Ngozi Aichie: ese recorrido de la infancia a la madurez de una protagonista femenina que reclama su espacio en el mundo a pesar de las dificultades. Creo que este tipo de novelas iniciáticas en temáticas, no en autoría, siempre conectan con nuestra propia historia y con nosotros. Puede que los anhelos y sueños sean diferentes, pero esa mezcla de inocencia y arroje nos implica emocionalmente e, irremediablemente, nos proyectamos en ese personaje y esa historia. 

Creo que esto es lo que ocurre con Un árbol crece en Brooklyn. Sin embargo, en esta ocasión, me ha ocurrido algo que nunca me había pasado. A momentos, he conectado con Francie, pero en muchos otros también lo he hecho con su madre, Katie. Y eso solo puede significar una cosa: me hago mayor y, al igual que puedo añorar a la Silvia adolescente -a la par que le daría un par de collejas-, no he podido evitar sentirme cercana a esa madre con sus propios conflictos y pesares que ha retratado con tanto acierto Betty Smith. No es una madre fácil de querer, mantiene un pulso extraño con su hija Francie desde el momento de nacer y, sin embargo, a pesar de sus contradicciones y su carácter, puedo entenderla, aunque no comparta todo con ella. Creo que eso dice mucho de la autora, ya que ha sido capaz de crear personajes con aristas múltiples y, creo que eso es especialmente visible en los personajes de la madre y el padre de Francie.

Por tanto, si juntamos una historia iniciática y de superación y un buen puñado de personajes bien construidos tenemos como resultado una novela, un clásico de la literatura norteamericana, de las que dejan su huella si eres capaz de conectar con su estilo pausado y con el relato de las pequeñas grandes alegrías y tragedias de la vida. 

Decía que no creo que haya mejor metáfora ahora mismo que este árbol que acompaña a la protagonista, pues a pesar de los inconvenientes de la vida, ha enraizado y nada ni nadie va a impedir que siga creciendo.

Un árbol crece en Brooklyn, Betty Smith, Lumen editorial

Abrazos y mar, deseos en días de confinamiento

Hace unos días mi padre me preguntaba cómo era posible que no hubiera escrito nada en mi blog sobre todo lo que estamos viviendo en estos momentos. Lo cierto es que me pasan muchas palabras por la mente, pero no sabía cómo darle orden a todo este cauce desbravado de pensamientos y sentires. Pero hoy en ese rato único y personal que la noche me brinda, he querido tomar la libreta y el bolígrafo y expresar más que pensar.

Va por vosotros, mamá y papá.

Una de las muchísimas preguntas que nos hacemos los unos a los otros –y por supuesto, también a nosotros mismos- en estos días extraños es qué será lo primero que hagamos cuando todo esto acabe. Aun sabiendo que no habrá un retorno a la normalidad y que, al menos a mí, me cuesta imaginar cómo va a ser la vida en adelante, mi respuesta es bastante sencilla. Una respuesta sencilla, como la de muchas otras personas que apreciamos o hemos vuelto a apreciar las cosas sutiles y casi inefables: quisiera abrazar a los míos y ver el mar. Yo soy muy de mediterráneo, pero creo que el deseo de ver el mar responde a que necesito infinito en mis ojos. Necesito ver más allá de las cuatro benditas paredes de mi casa y de los edificios de enfrente. Necesito ver que hay vida por delante, más allá del momento presente y la crisis que nos vienen anunciando. Necesito oler el salitre y la libertad de las olas y sentir el cosquillear del agua en mis pies mientras se hunden en la arena. Necesito sentir la paz del mar en calma, porque percibo que fuera –y eso que yo estoy dentro- hay demasiado ruido, beligerancia y opiniones categóricas.

También necesito cielo más allá del pedacito que veo desde mis ventanas. Necesito cielo y tiempo para poder mirar con perspectiva y entender quién era, quién soy y, sobre todo, quién quiero ser a partir de ahora.  Entender que tras los nubarrones, puede seguir habiendo luz y que la luna, como el sol, seguirá saliendo y podremos aferrarnos a ese ritmo natural ahora que todo es tan incierto.

También necesito naturaleza, de esa que se expande en nuestra ausencia, para lograr tener más presencia. Seguir poniendo  los pies en la tierra y, al mismo tiempo, volar alto con cada ráfaga de viento. Para, entre tanto dolor, cansancio y muerte, confiar de nuevo en la vida que crece con fuerza esta primavera ¿perdida?

Sin embargo, mientras no tenga mar que admirar, cielo que ver, ni naturaleza que tocar, permaneceré a la espera, en silencio. De hecho, me está costando escribir este texto. Creo que estos días se dice tanto, se debate tanto, se juzga y critica tanto, que mi voz en medio de todo esto no tiene la menor importancia. A pesar de ello, en este momento, en este aquí y ahora más que nunca, siento que aunque no comunique tanto hacia fuera, comunico hacia dentro. Que es en la escritura donde encuentro mi refugio –siempre que la crianza y el teletrabajo lo permitan. Que es en la propia ficción que voy creando donde encuentro eso que hoy no puedo gozar de puertas afuera. Que también en la danza del cuerpo –bendito bollywood- sigo hallando la energía que pierdo. Que en las llamadas o mensajes siento el cariño de los que me quieren y quiero. Que en el brazo firme y el ánimo atemperado de mi poeta encuentro oasis. Y que en la sonrisa y la mirada de mi hija hallo mar, cielo, naturaleza. Me reencuentro con la ilusión, el entendimiento y la vida en su amplio espectro. Aunque a veces sea a base de pintar arcoíris en las paredes del hogar. Y que en este comunicarme conmigo misma, me encuentro yo en esencia con mis bajos y mis altos, con mis sombras y mis luces, con mis frustraciones y mis alegrías, con mi ira y mi alegría, intentando transformar este confinamiento en un “carpe diem”, aunque sea impuesto. A veces lo consigo y me siento en paz, otras  no y quisiera huir bien lejos para apartar esta mezcla de agobio y desasosiego que se me ha pegado a la piel. Supongo que todos andamos sorteando este vaivén de emociones, donde a veces lo íntimo y cercano es suficiente, donde a veces quisiéramos lo que teníamos o algo parecido.

No sé qué nos depara el futuro, no sé si aprenderemos a ser mejores a nivel individual y social, no sé si aprenderemos a respetar el planeta Tierra… Solo sé que quiero abrazar a los míos y abrazar el mar en esta primavera que me niego a dar por perdida.

Tu tercera vuelta al sol

Como ya es tradición, llega tu cumpleaños y nuevamente te celebro como yo mejor sé, escribiéndote. Empecé la primera carta como una bienvenida, entre la incógnita y las promesas y luego fueron llegando otras hasta esta en que celebramos tu tercera vuelta al sol. Ojalá algún día, releeas estas cartas y te guste reencontrarte con esa Nadia, que, inevitablemente, olvidarás con el paso de los años. Si de algo sirve la escritura, entre muchas otras cosas, es fijar en el tiempo aquello que ni la memoria podrá retener.

Y eso es lo que yo trato de hacer, capturar esos instantes, esos momentos que pasan rápidos para legártelos como el mejor de los recuerdos de tu primera infancia.

Debo confesarte que tu tránsito de los dos a los tres años ha sido de una intensidad abrumadora en todos los sentidos. Ha habido tanto de todo, tal explosión de sentimientos, vivencias, experiencias que una carta se me queda brevísima para explicártelo. 

En estos meses, creo que la oxitocina que quedaba en mi cuerpo aún de puérpera -porque sí, que no te engañen, el puerperio no dura cuatro meses- se fue perdiendo y la idealización de la díada mamá-bebé se ha ido transformando en lo que ha de ser: una relación de a dos. Una relación con sus momentos buenos, otros regulares y algunos malos. No te quiero engañar, criar creo que es el reto más difícil que he tenido en la vida.Y durante este tiempo he estado haciendo equilibrios constantemente por este desfiladero de las emociones y las frustraciones, capeando rabietas, confusiones y extrañezas -tuyas y mías-, cargando una mochila de culpa que no la quiero, pero que a veces no sé quitarme. Y así, intentando ser indulgente contigo, he olvidado serlo conmigo. Intentando poner límites, he llegado a los míos. Intentando ser buena madre, a veces he sido la peor. Dicen que hay que practicar el autocuidado. En ello estoy. De hecho, redactar esta carta es un regalo para ti y un ejercicio de autocuidado para mí, puedo hacer lo que más me gusta, escribir, para la mejor lectora que pueda tener, tú.

En este paso de tus dos a los tres, has dejado de ser un bebé para convertirte en una niña tímida e independiente que quiere ser mayor y hacerlo todo sola, excepto dormir y dejar el pecho. 

En este tiempo has dejado de ser el bebé tranquilo para ser una niña con carácter, para mostrarnos que tú también tienes mucho qué hacer, decir y decidir. ¡Y qué nadie te diga lo contrario!

En este tiempo te has lanzado a hablar de lleno y aunque empezaste tarde has cogido carrerilla y ahora no hay quien te pare. Supongo que como mujer de letras, tu adquisición del lenguaje me tiene fascinada. Que sepas conjugar tiempos verbales correctamente, que sepas que una bandera se iza o me expliques que es una escayola, me dejan sin palabras, sí a mí, ¡resulta curioso! Con el habla también han llegado las canciones -esas que no dejas que cante nadie más que tú. Y con las canciones los bailes y tu tutú de bailarina, tus ganas de disfrazarte y de descubrirte con cariño ante el espejo -ojalá nunca dejes de mirarte con tanta curiosidad y amor a ti misma.

En este tiempo también tu pensamiento ha dejado de ser tan abstracto para pasar a ser más concreto y reflexivo. Que sepas diferenciar emociones, sentimientos y hasta te des el lujo de jugar con ellos es tremendamente curioso.

En este tiempo has seguido explotando el juego simbólico y que no te quiten de ahí. Las construcciones, los puzzles y las mesas de experimentación están muy bien, pero donde haya una cocinita y unos cacharritos que se quite lo demás. Tu carácter recolector aún permanece, aunque ahora recolectas con el fin de jugar, no solo de admirar lo que recoges. También te encanta dibujar y en las últimas semanas has pasado de hacer trazos sin sentido -para los ojos adultos- a hacer formas que representan caras, lugares, situaciones. Con los cuentos has descubierto a nuevas amigas como Olivia, aunque también te tiene enamorada otra cerdita más televisiva.

En este tiempo has descubierto las rutinas de la escoleta y vas contenta y feliz, aunque luego allí la timidez te pueda. Eso sí, que no te quiten a Candela, que como tú siempre afirmas es tu “amiga” y eso la primera vez que te oí decirlo me pareció muy divertido. También disfrutas mucho de la piscina y aunque eres signo de Aire, el agua te entusiasma incluso ahora que ya vas sola, sin papá o mamá. 

Son tantas las cosas que me gustaría seguir recordando para ti… Pero esta carta ya ha de llegar a su fin. Dicen que a los tres años llega la fase definitiva de separación entre el bebé y la madre. Que a partir de aquí, el bebé ya niño/-a se siente un ser independiente más allá del cuerpo que lo gestó durante nueve meses. Y cuando pienso en ello, por una parte me alegro. ¿Qué mejor que tener el privilegio de verte crecer? Pero al mismo tiempo siento una cierta lástima porque esto supone perderte un poco de mí. Los hijos son de la vida, que decía Khalil Gibran. Y es cierto, tú eres de ti misma, perteneces a la vida, al mundo, a todo lo que te espera. Pero, recuerda que siempre tendrás en estos brazos, abrigo; en este pecho, refugio; en estos labios, besos y en estos oídos, escucha.

Con o sin oxitocina, te quiero. A pesar de todos los peros, te debo la ilusión, la energía y la oportunidad de disfrutar(te), de aprender(te) y de vivir(te). Por todo ello, te celebro hoy y cada día, en presente, que es como mejor se ama. ¡Felices tres, pequeña mía!

Las flores perdidas de Alice Hart / Holly Ringland

Siempre digo que hay libros que te escogen, que son ellos los que deciden ponerse en tu camino por una razón u otra. Con este libro me ha ocurrido algo similar. Lo había ojeado en librerías, lo había visto por redes -y me había parecido un argumento maravilloso e inspirador- y finalmente, llegó a mis manos gracias a mi “hermanita” para nuestro club de lectura por Whatssap.  ¡Sí, habéis leído bien! ¡Club de lectura por Whatssap! Nunca será como uno presencial, pero cuando la vida da para lo que da, ¿por qué no comentar lectura por otros medios? Hemos hecho ya un par de lecturas conjuntas y creo que esta es en la que más nos hemos puesto de acuerdo.

Así que con estas premisas era fácil caer rendida a sus pies.Y caí, vamos si caí… Esta ha sido una historia de amor, en toda regla, y también de desamor y desencuentro. 

Las flores perdidas de Alice Hart de Holly Ringland es de esos libros que te producen un flechazo inmediato. Lees sus primeras páginas y te enamoras. Así, tal cual. La protagonista te encanta, la historia es potente, el uso del paisaje es mágico, el estilo narrativo tiene encanto… Y te dejas llevar por ese enamoramiento. Pero, entonces, cuando menos te lo esperas -bueno, en realidad, sí que lo intuyes,pero quieres hacer como que no has notado nada-, ¡zasca! Todo el amor, la idealización y la magia que habías recreado entorno al libro se queda en agua de borrajas.

Las flores perdidas de Alice Hart arranca con una niña que vive en la costa australiana junto a sus padres. Una madre enamorada de las flores que sufre un constante maltrato por parte de su marido. Un maltrato del que la niña, Alice, es plenamente consciente y también sufre las consecuencias. Un hecho fortuito hará que la vida de Alice cambie radicalmente. Se verá arrastrada tierra adentro con una abuela a la que no conoce para sobrevivir a su propia historia y a la historia familiar, llena de secretos, pasiones y sobre todo, de flores y sus significados. Hasta aquí, esa parte de la historia que, como decía antes, enamora y atrapa. La manera que tiene de dibujar con palabras el paisaje australiano, de narrar las desgarradoras vivencias de los primeros capítulos, la introducción de los libros como lugares para soñar, el maravilloso significado de las flores que aparece capítulo tras capítulo…. Todo ello recrea un ambiente único para una historia con un gran potencial.

Pero, de repente, llega la tercera parte de la historia con una Alice ya más adulta que huye hacia el desierto -no cuento más para no spoilear- y aquí, en mi opinión, la magia se diluye. La autora vuelve tan terrenal la historia, desdibuja a su protagonista e introduce situaciones demasiado obvias, que uno se desencanta -y os puedo asegurar que da mucha rabia-. Para mí fue un coitus interruptus lector en toda regla. Con tal imagen, ya entenderéis mi frustración. Hacia el final, la historia remonta y acaba sin dejarte mal sabor de boca, pero sí con una sensación de que al libro le sobra la parte del desierto -aunque pueda entender el objetivo que tenía la autora- y con ganas de haber sabido más la parte de la plantación de flores.  

A pesar de ello es una novela que recomiendo. A mi parecer la historia no es redonda, la protagonista se diluye, el estilo narrativo a momentos es algo precario (la comparaba con Maggie O’Farrell y no hay color), pero a pesar de esto es una novela que se deja leer y se disfruta la mayor parte del tiempo. Tiene algo mágico y especial en sus primeras páginas que transmiten mucho dolor e inocencia a través de un paisaje que es también protagonista. Y es una historia de superación y evolución personal de las que gustan. Así que tiene mucho a favor para que pueda triunfar. De hecho, he leído muy buenas opiniones, la están editando en un montón de países, está en marcha una serie televisiva y su autora ha triunfado como la espuma con su primera novela. ¡Vamos, que ya quisiera yo! Pero mi “pero”también lo tenía que dejar por escrito.

Mención aparte merece el diseño del libro.Cada capítulo se abre con la ilustración y explicación de una flor, siguiendo esa estela del lenguaje perdido de las flores. Es un detalle que da cohesión y magia a la historia, un guiño muy bien logrado hacia el lector.

En definitiva, no es O’Farrell; seguramente, no será la lectura más significativa de tu vida, pero te hará pasar un buen rato. Y, a veces, en la vida solo necesitamos eso, pasar un buen rato, que las complicaciones y dificultades ya vienen solas. Y, que al fin y al cabo, esto es solo mi opinión y todas son bienvenidas y válidas si están bien rebatidas.

Sigo aquí / Maggie O’Farrell

Hace unos minutos que he acabado de leer Sigo aquí de Maggie O’Farrell y yo sigo aquí, también, intentando digerir lo que he leído, pero sobre todo, lo que me ha hecho sentir. Vaya viaje se ha marcado O’Farrell  en esta obra narrando momentos cercanos a la muerte (¡nada menos que diecisiete!) y que a mí me ha llevado por una montaña rusa de emociones que ni en el mejor parque de atracciones. Sigo tan impactada, tan removida, tan consternada, tan viva y tan aquí que creo que me costará escribir esta reseña. Pero quiero hacerlo, quiero dejar constancia de este libro de memorias, recordarlo siempre para, como diría Thoreau, no darme cuenta, en el momento de morir, de que no he vivido. Porque leer también es vivir. Y, precisamente, en este verano algo extraño donde la vida parece prender de finos hilos, la lectura también me ha recordado el tan manido Carpe diem (no sé qué diría Horacio si levantara la cabeza y viera lo mucho que usamos esta expresión hoy en día).

Sigo aquí es la última novela traducida al español de Maggie O’Farrell, a la que desde ahora adoro y pongo en un pedestal. Ya me encandilé de ella en La primera mano que sostuvo la mía, pero ahora con este libro autobiográfico, con este ejercicio de nudismo literario, ya me he rendido a sus pies. Creo que hasta ahora no tenía una autora preferida. ¡Bienvenida, O’Farrell a esta categoría que aún tenía por estrenar! 

En esta obra narra en relatos más o menos breves, los diecisiete momentos en que se ha enfrentado y ha esquivado a la muerte. Uno puede pensar que diecisiete son muchas veces y, efectivamente, lo son. Pero con una vida vivida al máximo, todo tiene una explicación. O’Farrell sufrió una enfermedad muy grave durante su infancia y, como ella misma explica, aquello la cambió para siempre. A partir de aquel momento podía haber vivido resignada y asustada, pero al contrario, sintió que aquel cruce con la muerte la espoleaba a vivir con osadía. Así se explica que se lanzara al océano de jovencita, que viajara sin temor por todo el mundo aún a riesgo de ser atracada en las montañas de Chile o de que una ameba estomacal acabará con su vida. Luego llegó la maternidad y como ella misma cuenta, la responsabilidad le pudo, pero entonces la vida le siguió poniendo a prueba con un parto donde casi se deja la vida, un aborto a superar o la enfermedad de su hija mayor. Todas estas historias que podría parecer que salen de un folletín son verídicas y O’Farrell las cuenta con maestría. Su literatura es literatura en mayúsculas. Solo hace falta leer algún fragmento para darse cuenta de ello.

Ciertamente, hay relatos que gustan más que otros, seguramente, porque por motivos personales, uno siente más cercanos. En cierto modo, es como leerse a una misma y empezar a recordar… Recordar esos momentos en que yo también he jugado con la muerte. Como cuando tuve un accidente de coche con 15 años, tres meses de hospital, un año de rehabilitación, cinco operaciones, pero aquí sigo. Como cuando con 21 años, un día en la ducha matinal tosí y empecé a notar un silbido extraño en cada respiración. No quise darle importancia, quise ir a clase, pero supe que algo no iba bien,estaba realmente fatigada. Llegué al hospital y con cara de poker te dicen que tienes un neumotorax. ¿Es grave? ¿Tengo que preocuparme?, pregunté ante mi ignorancia. Y el silencio que guardó aquel doctor me empañó de miedo el alma. Con el tiempo supe que no aquello no era tan grave ni tan infrecuente, pero en aquel momento, aquel doctor parecía llevar la guadaña escondida en algún sitio.

También O’Farrell describe con precisión sentimientos y pensamientos que despiertan con la maternidad, que no deja de ser pura vida, pero también responsabilidad, dolor por el sufrimiento ajeno, dudas, incertidumbre… Y es que como dice la autora en una entrevista “La maternidad te vuelve una persona más cauta, porque ya no temes por ti, temes por lo que dejarías atrás de no estar”(1).

Y, por supuesto habla, de su deseo de escribir y de viajar. Escribir no como “una vía de escape, sino una alternativa a la vida real”(2) y viajar como alimento para la imaginación. Creo que nunca había leído una descripción que pudiera suscribir al cien por cien. 

“Conocer cosas nuevas, sonidos, lenguas, sabores, olores, estimula la formación de nuevas sinapsis en el cerebro, rutas distintas, circuitos nerviosos diferentes, que aumentan la plasticidad neuronal (…) Lo supe instintivamente a los diecisiete años. Esa corriente incontestable de novedades, el estímulo de un territorio ignoto, la sobrecarga de lo desconocido, todas las sinapsis disparando, conectando, enviando señales, abriendo vías nuevas. Nunca olvidaré aquel trayecto entre el aeropuerto y el centro de Roma, la primera impresión de la ciudad. Y nunca perderé la emoción que suscita el viaje. Sigo deseando el impacto físico y mental de estar en un sitio nuevo, de bajar las escalerillas del avión y encontrarme con otro clima, caras diferentes, lenguas distintas”. 

Porque, precisamente, si hay un libro lleno de vida es esta autobiografía repleta de encontronazos con la muerte. Como he dicho antes, O’Farrell me pongo a sus pies. Nada más que decir. Bueno, sí, que si leer da vida, leer a esta autora debe dar vidas extras.

(1) Entrevista a Maggie O’Farrell, El País (julio 2019)

(2) Entrevista a Maggie O’Farrell, El Periodico (febrero 2019)

Una educación

Si tuviera que resumir esta reseña en una frase sería: ¡Tenéis que leer este libro! Así, tal cual, entre exclamaciones y sin titubeos. Pero como esto solo da para un tweet y a mí me gusta escribir más, voy a tratar de explicaros porque “Una educación” debe formar parte de vuestras próximas lecturas. Y voy a redactar esta reseña entorno al número dos: las dos circunstancias vitales que me han acompañado durante la lectura, las dos vidas de Tara Westover, la autora del libro, y las dos cosas que más destaco de la obra. Todo para llegar a la conclusión de antes: ¡Tenéis que leer este libro!

Para empezar debo decir que hace tiempo que iba leyendo elogio tras elogio dedicados a este libro. Así que le eché un ojo, me quedé con su nombre, pero acabé olvidándolo en mi lista de pendientes. Sin embargo, y ahí va la primera circunstancia o casualidad, y es que cuando ya lo tenía medio olvidado justo aparece en mi biblioteca. Les acaba de llegar, lo estaban catalogando y yo estaba en ese preciso instante allí. Pedí que me lo reservaran –gracias Candi- y tres días después ya estaba en mis manos.  Inicié la lectura con tremenda curiosidad y, en seguida, me percaté que en mis manos no tenía solo un libro, sino algo más valioso, la vida de su autora. Porque “Una educación” no es una novela de ficción, es la autobiografía de una mujer que de apenas 32 años.

Podría parecer poca vida para escribir una autobiografía, ¡pero qué existencia! No os adelanto nada –se explica en la contraportada- que Tara vivió una infancia reprimida por una familia mormona, donde el padre, un paranoico-conspirador, le hizo vivir dentro de una pesadilla, donde no tenía cabida ni ir a la escuela ni visitar al médico. En plena adolescencia, Tara quiso empezar a estudiar y haciendo frente a toda su familia, a sí misma y a todas las creencias que le habían inculcado, empezó su propia educación. Una educación que la llevó de descubrir con diecisiete años que era el holocausto a graduarse en Cambridge diez años después. Una historia de resiliencia y superación constante.

Me han gustado muchísimas cosas de la obra de Tara, pero hay dos que me han impactado: la curiosidad innata como motor vital y educacional y la reflexión entorno a la necesidad de renunciar a una parte de uno mismo y de la familia para volar alto.

En estos días –y aquí va la segunda coincidencia o casualidad que ha rodeado mi lectura además de encontrar el ejemplar en la biblioteca-, he empezado a buscar escuela para Nadia y me he preguntado mil veces en el periplo de jornadas de puertas abiertas de los colegios, cual es la educación “perfecta”. Tara con su libro me ha dado la respuesta: aquella que incentive la curiosidad por aprender, por crecer, por superarse, por pensar en libertad. Porque precisamente eso fue lo que hizo Tara, escuchar esa curiosidad innata que sentía y dejarla brotar. Solo con esas ganas de aprender, uno es capaz de superar lo que la protagonista vivió en su propia familia con la violencia, el miedo, el desconocimiento, la paranoia, la falta de libertad y el dolor físico y moral.

Y aquí entra el segundo punto que me ha gustado especialmente, la reflexión que se traspua de cómo, a veces, para crecer necesitamos abandonar lo que fuimos, abandonar a nuestra familia por mucho que duela –a Tara esto le dolía a veces tanto o más que las palizas a las que le sometía su hermano, las palabras castrantes de su padre o la ausencia de la protección materna. Porque, en definitiva, para metamorfosearnos y ser lo que deseamos ser, muchas veces, necesitamos romper con los condicionantes impuestos, con el pasado, con lo que nos lastra.

Toda esta infancia y lucha por una educación es explicada por Tara con un tono sereno, como si hubiera sido capaz de tomar distancia de su propia vida, pero al mismo tiempo, ahondando en sus pensamientos y alma de una manera descarnada. Tara hace un ejercicio de memoria equilibrado entre hechos y sentimientos que nos regala entereza y fuerza a nosotros como lectores.

Leed a Tara, leed “Una educación”, porque de alguna manera, vosotros también viviréis una pequeña transformación tras hacerlo. Parafraseándola: «Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación.»

Os dejo con una entrevista que tuvo lugar en la gira de presentación del libro, por si os ha picado la curiosidad saber más de la historia de Tara.