La flor púrpura

Hace ya unos meses llegó a mis manos esta historia. Fue el regalo de una gran amiga -acaso, la mejor-. Solo por eso, por lo que me conoce, por cómo es ella, sabía que esta lectura valdría la pena. Pero mi vida lectora en los últimos tiempos se ha visto reducida drásticamente, así que este libro quedó mucho tiempo esperando pacientemente en mi mesilla de noche. Hasta que llegó su momento y, creo que no podía haber sido mejor.

He leído a Chimamanda en estos meses atrás en que una oleada de voces se ha levantado en pro de la igualdad de mujeres y hombres. Auspiciada por un 8 de marzo que se ha celebrado como pocas veces en la historia, yo me dejé llevar por esta historia que tiene mucho de feminista, como la propia autora se reivindica a sí misma.

La flor púrpura es una historia que se vive y, por tanto, duele y te sonríe a partes iguales -tal vez, haya más dolor, pero como toda historia iniciática también está repleta de inocentes descubrimientos . También es una historia construída a partir de sentimientos universales, totalmente reconocibles, aunque la historia se sitúe en una zona de Nigeria de hace algunas décadas . Debo admitir que la cultura africana me resulta completamente desconocida -una siempre tira más a hacia Oriente- y adentrarse en ella, en algún momento, me ha resultado un poco complicado. Pero, creo que lo válido de las buenas obras es que poco importa que la cultura y las costumbres sean diferentes, lo que prevalece es lo común: los temas que forman parte de la cotidianidad. Así en La flor púrpura viajamos por esos grandes temas inherentes al ser humano como el despertar a a la vida, a la curiosidad, al amor, la rebeldía ante los progenitores, la lucha con uno mismo por hacerse oír, el dolor de la culpa, etc. Son tantos los temas que se tocan que creo que cualquiera puede sentirse identificado.

La lectura resulta calmada, reposada, de esas historias en las que parece que no pase nada, pero pasa todo. Porque todo lo que acontece lo hace por dentro de los personajes como resultado de acciones sutiles o en apariencia sin trascendencia -como esos días en casa de la tía Ifeoma que lo cambian todo.

Y decía que había llegado en un buen momento esta lectura, porque en ella se reivindica ya el concepto feminista que la autora ha seguido trabajando a lo largo de su obra y, de manera explícita en títulos como Todos deberíamos ser feministas y Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo. Y ya que hablamos de reivindicar, reivindiquemos también la voz y la autoría femenina también en la literatura. Hace unas semanas tuve una estupenda clase con Bel Olid -escritora y activista feminista- y nos habló -y a mí particularmente me hizo reflexionar- sobre la necesidad de hacernos ver -como escritoras-, de sacarnos a la luz. Durante mucho tiempo hemos estado a merced de la vida estipulada -matrimonio, hijos, trabajo-, ¿pero dónde quedaba nuestra creatividad? Muchas veces sofocada entre fogones y biberones. Es hora de reivindicar nuestra espacio creativo, nuestro espacio público, que se nos vea, que se nos valore. Y, sin duda, eso empieza por nosotras mismas, por creer en nuestras capacidades, por buscar nuestros espacios, por hacernos visibles.

Chimamanda nos lo recuerda con su propio ejemplo, con su propia obra -sin excusas-. Ahora hace falta que otras nos apliquemos el cuento. En mi opinión, Chimamanda es una voz que merece ser leída y escuchada -no os perdáis la charla TED que os dejo más abajo sobre lo que es el feminismo y lo que podemos hacer cada uno de nosotros por contribuir a ello-. Es una voz lúcida y clara, una voz que elabora de manera sutil en sus frases todo un espectro de sentimientos únicos.

Para muestra un botón, así que antes de dejaros con el vídeo de la charla, os dejo con dos perlitas de esta obra. Dos frases sencillas en apariencia, pero que revelan el despertar de la protagonista a la vida respresnetado en el reconocimiento de la sonrisa de los demás o de la suya propia. ¿No os parecen preciosas?

“En el rostro de Jaja se dibujó una sonrisa tan amplia que me permitió descubrir unos hoyuelos en sus mejillas que nunca antes había visto”.

(…)

“Me eché a reir. Mi propia risa me resultaba extraña, como si estuviera escuchando una grabación en la que se reía un extraño. No estaba segura de haber oído alguna vez mi propia risa”.

(…)

La flor purpura, Chimamanda Ngozi Aichie. Literatura Random House

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De fotos y madres perfectamente imperfectas

 

Sería bonito tener una foto de las dos sonriendo a la cámara,

posando en este preciso instante del día de la madre

–ese que se han inventado, pero al cual no renuncio-.

Una foto perfecta en su forma, en sus colores, como esas que

inundan las redes sociales en un día como hoy.

Pero esta foto es como la vida misma, perfectamente imperfecta.

Como nuestra cotidianidad hecha de carne y hueso.

De saliva, orina  y leche materna.

De ojeras y orejas para “escucharte mejor” como en los cuentos.

De sonrisas y cosquillas, sobre todo, los fines de semana por la mañana.

De motes inventados a partir de tu nombre

-siempre serás también un poco Marina a pesar de lo que diga tu partida de nacimiento-.

De cansancio y frustración, a dosis leves o mayores, por no llegar a todo.

De duermevelas y despertares nocturnos -¡y ya van quince meses!-.

De buscarme creativamente y de reencontrarme mientras juegas a las piezas.

De primeras veces, de dudas, de alegría, de paciencia –que a veces escasea-.

Mi linda niña, mi pequeña valquiria, gracias por tu compañía y por traerme alegría infinita.

Mi mami bonita, gracias por cuidar de Nadia y de mí con amor único y desmedido.

Vida, gracias porque a veces eres rotundamente bonita… Supongo que es tu manera de equilibrarte a ti misma cuando otras veces nos embistes, indómita y salvaje, mientras estamos desprevenidos. Tú, vida, como las madres y las fotos, también eres perfectamente imperfecta.

La mujer agua

A mi hermana Sandra, mujer tierra-mujer agua.

“La única constante es el cambio”

Hubo una vez una muchacha hecha de arena, brea y hierba que creció aferrada a la tierra, en un pequeño pueblo de la sierra. Ella, que se sentía enraizada al suelo que pisaba, era capaz de crear con sus manos preciosas vasijas y cuencos que llenaba de experiencias, amor y ternura y que vendía en su pequeño puesto callejero. Disfrutaba al ensuciarse las manos y dar forma a la suave argila bajo el sol de secano. De ahí que todo el mundo la conociera como la mujer tierra. Y así como creaba las piezas, se creaba a sí misma entre las sinuosidades de su torno en un intento de convertirse en pieza perfecta, bella y única a ojos ajenos. Al hacerlo, la tierra con sus aromas y tactos se transmutaba en la piel morena, los ojos verde canela y la cabellera oscura de la mujer. Sin embargo, con el tiempo, aquella vasija-cuerpo que contenía su alma empezó a resquebrajarse. Al principio, apenas fueron perceptibles algunas pequeñas grietas, más tarde algunas muescas en la superficie para, finalmente, acabar rota y desbordando todos los sentimientos y pensamientos que contenía. Porque, en el fondo, tras sus paredes de cuerpo-vasija se sentía vacía y encerrada en una vida que no era la que quería.

Aquella muchacha ansiaba salir de sus propias fronteras físicas de arcilla y montes para seguir buscándose en otras formas, en otros elementos para, tal vez, así alcanzar la tan anhelada libertad.

Por ello, abandonó valientemente lo conocido y la mujer tierra recorrió el mundo con pies descalzos y alma abierta. Se deslumbró con las maravillas del planeta madre y tuvo idilios varios con la vida. Sin embargo, seguía sintiendo su alma llena de un gran vacío que dolía, porque aún seguía aferrada a la tierra y encerrada por el peso de lo que había sido y lo que quería ser.

Cansada de tanto buscar, desesperar y no encontrar alivio, una tarde se sentó sobre la arena de la playa y observó el mar embravecido por la tormenta que amenazaba. Allí se sentía ínfima, perdida mientras las lágrimas le anegaban cuerpo y ánima. Se desnudó de hábitos y costumbres que aún arrastraba y se sumergió en el mar. Y allí en aquellas aguas empezó a notar que su cuerpo de arcilla, por fin, se deshacía y se fundía con el eterno líquido. Las olas, cada vez más turbulentas, la arrastraron hacia aguas profundas. Y allí, de repente, se encontró frente a frente con una ballena. La mujer tierra quiso gritar, asustada, pero no tuvo tiempo. Se miraron a los ojos y se reconocieron. Aquella gran ballena la invitó a subirse a su aleta dorsal y juntas recorrieron mares cercanos y océanos lejanos y así, por primera vez, la mujer tierra liberada del peso del cuerpo y del pensamiento encontró en el silencio del agua lo que tanto anhelaba: la paz del alma.

En el momento de la despedida, para su sorpresa, la ballena le transmitió unas palabras:

-Nunca más te sientas pequeña cual pececillo en el mar. Tú eres yo, fuerte y presente aquí y en cualquier océano. Recuérdalo siempre.

Y después de aquellas palabras, el oleaje la arrastró hacia orillas conocidas. Despertó en la arena con el alma anegada de algas y agua salada.  Nunca supo si aquel encuentro con la ballena había sido real o fruto de alguna ensoñación. Pero, lo cierto, es que desde aquel día cada vez que la tierra la consumía y quería reencontrarse con ella misma, se sumergía en el mar y allí como gran cetáceo recorría los mundos submarinos y hallaba a su alma de mujer agua.

Dicen que el día que murió la mujer tierra, algunos habitantes de su pueblo en la sierra vieron,  a lo lejos en el mar, a una ballena lamentar la perdida. Así que si algún día por esos océanos del mundo te encuentras frente a frente a una ballena, piensa que tal vez te haya venido a ver para recordarte la grandeza que habita en ti, como habitó en la mujer agua, como habita en cada uno de nosotros. Porque a veces al cambiar de estado, descubrimos nuestra verdadera esencia.

Tu primera vuelta al sol

Hoy, mi pequeña, cumples tu primera vuelta al sol. Tus primeros 365 días en este mundo nuestro, tus primeros 365 días en esta vida que estás creando a cada paso, a cada descubrimiento, a cada aprendizaje, a cada sonrisa, pero de la que aún no eres consciente.

Hace un año mi ya no pequeña desconocida te escribí una carta. Una carta con una propuesta de pacto en el que te proponía enseñarnos mutuamente en esa nueva vida que íbamos a estrenar. Tengo que confesarte que no sé si estamos cumpliendo ese pacto, pero creo que al menos lo intentamos. Ahora que cumples tu primer año de vida, tu primera vuelta al sol,  te vuelvo a escribir… Una carta por año como en una especie de promesa.

Este año he experimentado la auténtica montaña rusa de la vida. Desde que llegaste aquel seis de febrero bajo tu signo de acuario marcando el camino, tal vez, tu carácter, hemos vivido momentos de todo cariz. Nos subimos a un vagón juntas y en este devenir hemos pasado por momentos de intensidad y felicidad extrema a otros de caída en vacío. Hemos gritado de euforia y también de miedo al llegar a túneles oscuros -túneles que, seguramente, estaba destinada a pisar para conocerme y conocernos más. A veces me pregunto qué habrás sentido y pensando tú… Y es que, no voy a engañarte, esto de la maternidad es de una intensidad increíble. Digamos que todo se multiplica por cien, por mil, por un número que no soy capaz de calcular –pero es que ya sabes que yo soy más de letras. Y por ello, todos los sentimientos se engrandecen, todos los pensamientos se amplían, todo se vive de manera intensa e irracional. Como intensa e irracional eres tú aún, mi pequeña.

Ciertamente el tiempo ha pasado rápido, demasiado fugaz –tal como todo el mundo me aventuraba- y, al mismo tiempo, lento. Los primeros meses me dejé llevar por la cadencia de tu ritmo presente, por la burbuja del puerperio, rodeada de los míos, de mi tribu, aprendiendo a ejercer el nuevo papel que tenía. Después, poco a poco, ha tocado ir volviendo a la normalidad, pero, ay, amiga, es una normalidad diferente, poco tiene que ver con la de antes. Es una nueva realidad bonita y cansada a partes iguales. Ya ves, mi ya no pequeña desconocida, todo se mueve entre pares contradictorios, pero es que creo que de esto va la maternidad. De días de euforia a días de estupor; de días de yo puedo con todo a días de querer huir un rato; de noches de no dormir a noches de dormir algo más (dos noches enteras me has regalado, que ni tan mal, oye –léase mi ironía).

También ha sido momento de (re)descubrir las propias sombras que habitan en mí. Sorprenderme pensando cosas que nunca me había planteado. Cayendo en aquello que me prometí no hacer nunca. Y ante eso solo queda perdonarse, pero que difícil es a veces. Por fortuna, todos los malestares del alma se curan al verte. No dejo de maravillarme de lo que llega a palpitar el corazón con el sonido de tu risa. Lo iluminada que se ve la vida a través de tus ojos. Lo apasionante que se vive todo con cada aprendizaje tuyo. Ya, ves, lo que te digo. La maternidad es la contradicción hecha carne y sentimiento.

Este tiempo también ha servido para ver todo el amor que desborda la llegada de una vida nueva. Espero que, a tu manera inconsciente, hayas podido notar todo el cariño que te han dado. Hemos sido afortunadas porque nos hemos sentido tremendamente arropadas y acompañadas. Bien es cierto que en esto también existe la contradicción y algunas personas no aparecieron ni se las espera. Está bien. No pasa nada. Seguramente, no forman parte de nuestro camino, aunque a veces haya dolido un poquito.

Y aquí estamos en tu primera vuelta al sol y ¡fíjate lo que has cambiado! Naciste pequeñita, ya me lo habían aventurado, y te costó aferrarte a la fuente de vida que era el pecho, pero ¡ay, amiga, ahora es tu mejor aliado! Dejaste de ser pequeñita para pasar a ser una bebé comestible, de muslos y mejillas gorditas y tiernas. Ahora ya te estás estirando y poco a poco abandonando aquel estado primigenio en el que llegaste. Has dejado de ser la bebé estoica que lo aceptaba todo a mostrar tu carácter –eso es bueno, me dicen-. El pelo te ha ido creciendo, aunque aún escasea, y se te forman unos caracolillos muy graciosos que intuyo te harán el pelo algo rizado. Sigues manteniendo los ojos claros y tus pestañas larguísimas hacen sombra al sol –que sí, que los ojos son míos, aunque el resto sea de tu padre-. Te gusta especialmente la música y mueves los brazos al son de Vivaldi, Sia o Bollywood, sin miramientos. Te gusta el contacto, pero tampoco que te achuchen en demasía. Has pasado de escrutar con seriedad a los extraños a darte vergüenza cuando te dicen cosas. Eres tremendamente observadora y de risa contagiosa entre los tuyos. Como contagiosa es la vida contigo, pequeña…

Mi ya no pequeña desconocida, voy cerrando esta carta, dándote las gracias. Porque si algo me has traído, además de tu ser bonito, ha sido un profundo sentimiento de vida. Yo que anduve perdida durante cierto tiempo, he “vuelto” contigo con el firme deseo de ser la mejor versión de mí misma. Y eso te lo debo todo a ti. Solo espero no defraudarte y saber estar a la altura de tu ser íntimo. Un ser que tengo ganas de ir descubriendo y, sobre todo, respetando para que tú también puedas ser la mejor versión de ti misma, la que brille en todas las vueltas al sol que te esperan. ¿Lo intentamos, pequeña mía?

 

Ser. Tener. Triunfar.

El otro día tuve el placer de introducirme en una historia ajena –en  forma de película-, de esas que, de alguna manera, se te prenden en el interior y te las llevas, las incorporas a tu acervo personal como un pequeño tesoro. Era una historia íntima, de libros, sueños, luchas y pérdidas. Y como las buenas historias que te dejan poso, esta también lo hizo, especialmente, a raíz de una de las frases finales en el clímax dramático de la película (la transcribo tal como la recuerden, perdonen que la cita no sea exacta):

Ella logró su sueño, pero se lo arrebataron. Sin embargo, hay algo que no pudieron quitarle, algo que emanaba de su interior: su coraje.

He de admitir que salí tocada por esa historia personal, como si yo misma la hubiera vivido. En el camino de regreso a casa, donde me esperaba una pequeña que me hace vivir el presente y no me da tiempo a elucubraciones mentales, me dejé llevar por unos minutos por mis pensamientos, tal vez, como hacía tiempo. Y rememoré mis propios sueños, mis triunfos y caídas y no pude por menos que preguntarme: ¿qué significa triunfar?

Seguramente, si le hiciera esta pregunta a la Silvia de hace unos años, la respuesta hubiera sido diferente a la que ahora daría. Porque, en realidad, triunfar que es: ¿tener títulos académicos, tener el trabajo mejor remunerado,  tener la vivienda más bonita, tener pareja, tener familia, tener muchos seguidores, tener muchas ventas, tener…?  Siempre el verbo tener. Hace tiempo que ese verbo y yo no somos muy amigos, porque sé que ese no es mi camino.

Pero sigamos con lo que preguntaba: ¿qué es triunfar? Ahora que vuelven a estar de moda las operaciones triunfo y el valgo por lo que tengo, me enarbolo con la bandera del ser. Porque el tener pasa, el ser queda. Así que, aunque obviamente, uno prefiere tener un trabajo que le guste, a poder ser bien pagado –algo extraño en los tiempos que corren-, tener un lugar bonito en el que vivir, tener una vida compartida con alguien a quien quieres, yo ensalzo el ser. El ser buena persona en el sentido profundo -aunque a veces no esté de moda y sea mejor ser un poco hijo de puta-, el ser transparente, el ser coherente, el ser sensible, el ser amigo, el ser atento, el ser educado, el ser amable, en definitiva, el ser. Ser de presente. Ser y mirarte al espejo sin miedo a que las sombras te puedan. Ser y mirar de frente a los demás sin cuentas pendientes. Ser y mirar tu interior para descubrir que los valores que quieres para ti se están cultivando ahí adentro. Y entonces percibo que eso es triunfar: ese momento, aunque sea ínfimo, en que sientes paz contigo mismo, porque estás en el lugar que debes, haciendo lo que sientes –lo que te dicta ese ser tuyo y único. Ese es el verdadero triunfo. A veces, es un triunfo escurridizo; otras veces, lo puedes casi casi palpar. A veces, perdura en el tiempo, otras es imperceptible.

Tal vez, nos arrebaten sueños, tal vez, a ojos de los demás podamos ser perdedores. Nada de eso importa, porque siempre permanecerá lo que hay ahí dentro: ya sea tu coraje, tu valentía, tu ser y todo lo que eso conlleva. Porque todo eso es lo que transmitimos y, de alguna manera, lo que deja huella en la vida, en los demás, en el mundo. Y entonces da igual los triunfos y las caídas. Tú y tu historia también habrán prendido en la vida de otra persona y le harás pensar y reflexionar, tal vez, en sus propios sueños, en sus triunfos, en sus anhelos, en sus caídas, en su ser. Tal como hizo la Sra. Green conmigo un sábado a través de la pantalla de un cine. Como antes, había hecho en palabras Penelope Figtezarld, la escritora de la novela en la que se basa la película que vi.

Si hiciéramos un símil, siguiendo el tema libros, que preferirías ser: ¿libro leído y vivido, desgastado de las manos que lo han tocado, o un bestseller temporal? Y retomo la pregunta para finalizar: ¿qué es triunfar para ti?

Por cierto, por si aún os lo estáis preguntando, la película es “La librería” de Isabel Coixet. Os la recomiendo encarecidamente.

El elixir de vida, un breve relato sobre la lactancia materna

Escribí este breve relato y artículo hace unos meses para compartir mi experiencia con la lactancia materna. Por suerte, tuve la oportunidad de asistir a un grupo que nos ayudó a Nadia y a mí a salir victoriosas de una lactancia que al principio se nos complicó. Sin duda, vivir esta experiencia sirvió para empoderarme en un momento importante de mi existencia, pero sobre todo me recordó cuán importante es buscar ayuda, compartir vivencias, hacer tribu. Aquí os dejo este texto sin más pretensión que dejar constancia de una situación, de un momento importante en este diario de vida que es el blog.

Cuentan que, cuando una mujer se transforma en madre, desarrolla unos superpoderes únicos: vivir y sonreír sin apenas dormir, desarrollar la paciencia infinita, interpretar los gestos del bebé hasta entender qué necesita, y entre ellos, uno espectacular, ser capaz de alimentarlo. Eso es la teoría, pero a veces no siempre se cumple, al menos, al principio. Eso le pasó a la protagonista de este breve cuento… Cuando nació su pequeña, intentó ejercitar ese superpoder que se le presuponía. Sin embargo, nada fue como había esperado y no era capaz de amamantar a su cría. ¿Tal vez ella no había sido bendecida con aquel superpoder? Lo buscó por todas partes, pero era incapaz de hallarlo y eso la sumió en una cierta tristeza. Sabía que en el mundo en el que vivía no era necesario aquel poder para que su hija viviera; existían alternativas para verla crecer, no como en sociedades ancestrales u otras actuales. Sin embargo, ella sentía que no debía desfallecer en la búsqueda de ese poder, no porque quisiera convertirse en una heroína −todas las madres lo son independientemente de cómo alimenten a sus hijos−, sino porque simplemente quería regalarle ese elixir de vida a su pequeña. Y después de mucho buscar, cuando ya casi se daba por vencida, encontró, por casualidad, un cónclave de mujeres sabias e inteligentes. Ellas le recordaron que su poder seguía intacto en algún lugar de su interior y decidieron ayudarla en ese camino hasta hallar de nuevo la fe perdida en sus pechos como dadores de vida. El camino no fue fácil, pues muchas pruebas tuvieron que superar tanto el bebé como la madre, pero así fue como en el nonagésimo día del nacimiento de la pequeña, aquella mujer recuperó completamente su poder y, lo más importante, su capacidad de creer en sí misma y en los procesos naturales de la vida.

Este pequeño cuento es la realidad de algunas mujeres que se enfrentan al hecho de dar el pecho a sus hijos. La lactancia materna se presupone como algo natural e innato, pero no siempre es fácil de establecer, o pueden surgir pequeños baches una vez establecida. Esto es lo que nos ocurrió a mi pequeña y a mí. Por razones varias, tuvimos que iniciar una lactancia mixta aun con todo el dolor de mi corazón. Sin embargo, contando con la ayuda y asesoramiento necesarios, logramos recuperar la tan anhelada lactancia materna exclusiva.

Y es que esa ayuda y asesoramiento existe. A veces, solo es cuestión de buscarla e intentarlo. Nosotras lo hemos logrado –como otros muchos casos que he tenido la oportunidad de compartir− en el maravilloso grupo de lactancia del CAP de San Rafael. Me siento muy afortunada por haber encontrar un espacio, un cónclave de mujeres sabias e inteligentes, donde me han aconsejado con cariño y respeto hasta lograr aquello que deseaba. El primer día que entré en el grupo de lactancia lo hice con lágrimas en los ojos por la tristeza y desorientación que me embargaba. El último día que asistí, también lo hice con lágrimas, pero de agradecimiento por todo lo vivido y compartido.

Por ello, si estás en una situación crítica ante tu lactancia materna –o simplemente, quieres compartir tu experiencia con otras madres−, busca, investiga y encuentra tu propio cónclave de mujeres sabias e inteligentes. Porque es posible, porque gracias a ellas este cuento ha tenido un final feliz y, tal vez, el tuyo también pueda tenerlo. El camino no siempre será fácil, pero si sabes rodearte, recuperarás tu superpoder.

Nadia y yo agradecemos infinitamente a nuestras hadas madrinas particulares de este cuento, la doctora Hortensia y la enfermera Romina, y al equipo médico de pediatría del CAP de San Rafael, por apoyar la lactancia materna desde el respeto y a todas esas maravillosas madres con las que he coincidido en el grupo que nos han acompañado y apoyado en todo momento y de las que he aprendido tanto.

Si quieres leer el relato en catalán, aquí lo encontrarás.

Carta de un hasta siempre, por el gato Play

Seguramente, esta será la última vez que le dé palabra a Play –a mi Playete-. Hubo un tiempo en que hasta tuvo un blog en el que yo escribía las anécdotas que vivía y experimentaba Play en su vida entre humanos. Fue un divertimento que me permitió acercarme y aprender aún más de los gatos y creo que en ello hubo la simiente del personaje de Gato Negro. Hoy me tomo la libertad, Playete, de darte voz y palabra una vez más, espero que no te moleste. Es mi homenaje para despedirme de ti de una manera sosegada, de la mejor manera que yo sé, la de escribirte.

Carta de un hasta siempre

“Hoy miércoles 13 sería mi cumpleaños. ¡Seguro que si hubiera sido un martes 13, la buena suerte me hubiera acompañado! Hubiera sido una gran celebración. Hay quién dice que cumpliría 17 años, pero creo recordar que en mi cartilla del veterinario, aquella que me dieron al nacer y adoptarme ponía que había nacido en el 2001. Poco importa, año más o año menos. En definitiva, hoy sería mi día y, aunque no lo será tal como esperabais, no quiero que estéis tristes y, por eso, os escribo esta carta. He visto en estos días muchos mensajes de ánimo y recuerdo y algunas lágrimas de mis más allegados. Tranquilos, no sufráis, estoy muy bien acompañado. Carmesina está conmigo. Me ha dicho que ahora más que nunca ya seré Gato Negro y que permaneceré inmortal en los libros y cuentos. A veces no la entiendo del todo, pues yo solo fui y seré un simple gato negro, pero ella me ha dicho “que hay muchas cosas que yo no sé” –una frase que no sé de qué me suena- y que para nada fui un simple gato negro. Dice que fui la simiente de muchas cosas.

El caso es que yo de simientes poco sé, vamos, que no tengo dotes de jardinería y de mí no ha crecido ningún árbol ni ninguna flor. Sin embargo, ella dice que de mí nació todo un mundo de colores, repleto de personajes fantásticos, pero muy humanos y con unas historias que han emocionado a muchísimas personas. ¡Uau, le oigo decir eso y se me ponen mis pelos negros de punta y ronroneo de gusto! ¿Será verdad?

Yo solo sé que nací en una camada sin mucho futuro, pero que me adoptaron una pareja de chicos, uno rubio y otro moreno, y que, a partir de ese momento, mi destino cambió. He vivido en un estudio de diseño y eso ha hecho que las haya visto pasar de muchas formas y colores. Ha habido épocas inocentes, otras felices, otras más complicadas y algún que otro día de tragedia también por septiembre –que lloré por dentro para no preocupar a nadie. He visto pasar a muchas personas y, por tanto, he repartido mucho amor, igual que el que me han dado. Eso sí, unos más que otros, porque no a todo el mundo le puedo caer igual de bien. Y sí, también los hubo, que me tenían alergia, que le vamos a hacer.

Los años han pasado rápido y lento, con la extraña sensación de entender a veces a los humanos y de reafirmarme cada vez más que me encantaba ser gato. Ciertamente, a veces os he envidiado ciertas cosas, como, por ejemplo, que pudierais esbozar sonrisas–a los gatos no se nos han concedido ese placer-, pero, en general, me he sentido cómodo en mi pellejo y pelo. Pero, sobre todo, me he sentido muy querido, quiero insistir en este punto. He tenido muchas y muchos enamorados, he camelado a más de una con mis ronroneos y mis paseos por los regazos, he hecho enfadar alguna vez bebiendo de vasos ajenos y pisando teclados de trabajo, pero también he provocado sonrisas con mis colocones con el pegamento de las tiras de los sobres, mis maullidos por la lata de los viernes o mis cabezazos de amor cuando alguien estaba triste. He sido un gato feliz y he cumplido con mi misión: dar cariño a quién se cruzara por mi camino. No pretendía nada más.

Pero Carmesina dice que he trascendido y que queréis que os diga, yo sigo sin entenderla. Pero ella dice que ya lo entenderé. Que he sido inspiración –esto ya me lo dijo varias veces una de mis mayores enamoradas- y que gracias a mí muchas personas han aprendido a ver de otra manera a los gatos negros. ¡Vaya honor me han concedido! Así que si me echáis de menos o, simplemente, me queréis recordar, viajad al mundo de los colores olvidados que habita en sus libros y allí estaré. De hecho, aquí ando, en este mundo de cuentos y no sé está tan mal, aunque no sé si aquí habrá latita los viernes. Tendré que averiguarlo… Supongo que igual que le cogí el punto a los humanos, ahora me toca hacerlo con los personajes de cuento.

Y ahora me he despedir con un hasta siempre, que los adioses son demasiado contundentes. Carmesina me llama. Dice que como Gato Negro tengo aún muchas aventuras por vivir y eso que yo ya he quemado mis siete vidas. Vamos a ver qué es lo que nos espera. Simplemente, quería daros las gracias a los más cercanos por cuidarme y quererme tanto. Con alguno de vosotros nos volveremos a ver en vidas futuras, tenedlo claro. Y a todos los que me habéis conocido en la distancia, gracias por hacerme vuestro. Vuestro siempre, Playete, ahora por siempre, Gato Negro”.

 

Ilustración David G. Forés