Un ángel en la octava planta

Si los ángeles existen, yo he tenido la fortuna de que uno de ellos me visitara. Justo cuando más lo necesitaba, en aquel preciso instante en que la esperanza escaseaba… Qué curioso, esperanza, como la que traes Nadia incorporada en el significado de tu propio nombre.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos me acogiera entre sus brazos-alas y me acompañara en aquella noche oscura. A su manera, me guareció y no me soltó en ningún instante.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos me bendijera con un beso y un “todo saldrá bien”. Y en solo esas tres palabras, deposité  toda mi confianza, mi fuerza y mi creer.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos cuidara de mi pequeña superheroína y de mí como si su vida fuera en ello. Con tu “gracias por confiar en mí” diste broche final a aquella noche, que recuerdo entre nebulosas de pensamientos y sentimientos.

Si los ángeles existen, uno de ellos se esconde bajo un traje rosa –creo rememorar-, con mirada dulce y gesto afable, entre medicamentos, termómetros y curas en la octava planta de Vall d’Hebron.

Gracias infinitas, ángel de carne y hueso y espíritu mágico, por desvivirte y ejercer tu trabajo con una humanidad que aun resuella en mis sentires. No creo que me leas, pero gracias Jeny, por ser luz en noche oscura, por ser esperanza en momentos opacos, por ser ternura en situaciones difíciles.

Y a los “afortunados” que nos encontremos con estos seres alados, démosle las gracias lo mejor que sepamos. Porque, en el fondo, muchos más ángeles necesitamos en este mundo que impregnen de buenas obras nuestra cotidianidad. Ojalá yo también sea ángel algún día para devolver y reconfortar con mis palabras a quien lo necesite igual que hicieron conmigo.

Estreno nuevo proyecto con Leónidas: vídeo-cuentos para los más pequeños.

Por fin puedo volver por estos lares míos para explicaros que tengo mano a mano un pequeño gran proyecto con mi amiga Elia (la persona que se esconde bajo la marca handmade Maripili).

Pero  vamos paso por paso. Elia es una crafter en toda regla, lo que diríamos en castellano una artesana como la copa de un pino. Tanto te dibuja, te cose, te pinta y así un largo etc. Una de las pequeñas maravillas que hace son unos muñecos de fieltro que cose puntada a puntada y que transforma en broches u otros complementos.

No creáis que me estoy yendo por las ramas –aunque sé que tengo tendencia a ello-. Todo esto que os explico me lleva a una idea que tuvo Elia y que consistía en darle vida a sus muñecos de fieltro en forma de vídeo-cuento. Y aquí entra una servidora. Elia, como buena amiga y siempre dispuesta a animarme en mi escritura, me sugirió que le creara un cuento.

Y de aquí surgió  Leónidas, este cuento protagonizado por un león que no sabe cómo demostrar su cariño. Escribí el cuento en plena cuarenta –ese temido periodo tras el parto- y en él, indefectiblemente, se colaron algunas de las vivencias que yo estaba experimentando. Por aquel entonces, estaba descubriendo que era eso de los cólicos, de los despertares nocturnos, de las dificultades para entender lo que le ocurre a tu pequeño cuando llora o está inquieto… Y de esa, a veces, frustrante sensación de no saber qué hacer surgió Leónidas, ese rey león que no es capaz de dormir a su cría. Después vino el resto del cuento y los muñecos de Elia me ayudaron a crear la historia y darle un mensaje positivo a aquel cuento. Así vuelvo a mi camino de la literatura infantil que inauguré con las adaptaciones de Los colores olvidados.

A Elia le gustó el relato y se puso manos a la obra.Primero, creó los personajes, cosiéndolos poquito a poco, y luego adaptó el cuento y montó el vídeo.

Y aquí lo tenéis. ¡Tachán, tachán! Todo un placer enseñaros a este Leónidas.

El cuento está pensando para niños pequeños (de entre 2-5 años) –y es que por lo que he podido observar en lo que llevo de mi corta vida como madre, es poderoso el atractivo de una pantalla para un bebé/niñ@-. Pero, sin duda, yo aconsejo que puedan verlo los peques con algún adulto. De esta manera, aunque sea a través de una pantalla se mantiene el vínculo del momento del cuento entre adulto y niñ@ y después del visionado podéis comentar los personajes y sus actitudes, la historia, etc.

Además, ya podéis ver también la versión en inglés y catalán.

Anunciaros que dentro de poco encontraréis el vídeo-cuento en otros idiomas. Y esperemos que no sea el último… Quién sabe, tal vez, algún día podáis leer el cuento en papel o jugar con estos muñecos hechos marionetas. Cada cosa a su tiempo. Por el momento, ya estamos pensando en el siguiente y el protagonista no puede ser más chulo y astuto. ¿Adivináis cuál es?

Lo que me has enseñado (… por el momento)

Que tenerte iba a ser una aventura, de eso no tenía duda. Una aventura que no ha hecho más que empezar… Hoy que cumples tu cuarto mes de vida, me detengo un momento, el que tú me permites, para escribirte estas palabras sobre lo que me has enseñado y he aprendido en este tiempo.

He aprendido a que me llamen mami y todo lo que eso significa, como que a veces supone estar a la sombra de la nueva vida, darle protagonismo a ella, porque ahora es su turno. Y lo haces con el cansancio transmutado en ilusión y satisfacción.

He aprendido que el tiempo no es mío, que ahora es completamente tuyo –o al menos lo ha sido hasta que la escasa y ridícula baja maternal nos lo ha permitido-. Mi tiempo ya no se suma por segundos, minutos y horas. Ahora transcurre por tomas, siestas tuyas –breves- y sonrisas.

He aprendido que no hay mejor obligación o responsabilidad que cuidarte, a veces con más ánimo que otras, pues el cansancio aunque por una buena causa, a veces pasa factura. Yo tan yonqui del trabajo ni me he acordado de él ni lo he echado de menos.

He aprendido que dormir está sobrevalorado, pues con unas pocas horas y a trompicones también puedes funcionar el resto del día, aunque sea con ojeras y sin cafeína.

He aprendido a disfrutar de la pausa y de la vida en calma, excepto cuando lloras o remugas, que aunque no es habitualmente, me sigue poniendo nerviosa (he de reconocerlo, no soy una madre para nada perfecta). Yo que siempre he ido medio acelerada por la vida, he valorado parar y dedicarme a lo bonito de la vida.

He aprendido que el corazón se amplía con cada sonrisa tuya, que los mejores abrazos son aquellos en que tú me tiras del pelo o me aprietas la cara. En esto no lo has tenido difícil, siempre he sido de contacto y carantoñas fáciles.

He aprendido que quiero seguir siendo yo, aunque ahora tenga otra faceta que experimentar. Pero un yo mejor que el de antes, un yo del que sentirme orgullosa, y, del que ojalá también tú puedas sentirlo algún día.

He aprendido que sin ayuda muchos momentos no hubieran sido iguales. Que está muy bien ser independiente y fuerte, pero que compartir esta aventura con tu compañero de vida, tus padres, las amistades, la familia es imprescindible para “sobrevivirlo” en determinados momentos y disfrutarlo plenamente.

He aprendido a luchar y a recuperar la fe en mi misma, a hacer tándem contigo, y a lograr que mi pecho fuera tu alimento. Yo que no las tenía todas conmigo, una vez más he comprobado que buscar y explorar puede traer aquello que deseas. Tomo nota para otros menesteres de mi vida.

He aprendido tantas cosas y tanto de ti que esta lista podría ser infinita…  Pero, por encima de todo, he aprendido a valorar cada instante. Y ahora solo me queda aprender a asumir la contradicción del tiempo. Aquel tiempo que  se debate entre los momentos que me gustaría que se detuvieran en cada sonrisa que me das, en cada mirada inocente, en cada gesto y avance que haces, pero que a la vez, es un tiempo que deseo que vaya pasando por la curiosidad de verte crecer, verte avanzar y hacerte persona, y para qué negarlo, para dormir más de 3 horas seguidas y tener un poco más de tiempo para mí (a la vista está lo que he tardado en volver al blog). ¡La contradicción del tiempo entre congelar estos momentos que no volveran y los que están por llegar!

Carta a mi pequeña desconocida

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Jueves, 2 de Febrero de 2017

Quedan pocos días para conocernos, para vernos –cada una a su manera, yo a través de la mirada, tú a través de la piel- y una sensación extraña me embarga, una especie de mezcla de júbilo e incertidumbre.

Nos iremos dos al hospital y volveremos tres a este rincón de mundo que llamamos hogar. Y ahí, definitivamente, empezaremos un nuevo capítulo de nuestra vida.

Ante la hoja en blanco, uno puede sentir dos cosas: ilusión por llenarla o dudas por si la inspiración no llega… Algo así ocurre en este capítulo nuevo y es que mis sentires, pequeña desconocida, se agitan entre dos mares. Entre el conocerte y el hacerlo bien. Así que, mi pequeña desconocida –con ese “mi” que trataremos que no sea muy posesivo- no puedo prometerte que vaya a ser la mejor madre, porque ni siquiera yo sé cómo voy a ser. Puedo tener la mejor voluntad, unas determinadas expectativas, pero prefiero que la experiencia nos vaya pautando el camino. Que la rigidez mental no pueda con el dejarse fluir, que lo innato no se pierda por el raciocinio.

Seguramente, me equivocaré mil veces y mil veces habrás de perdonarme. Te pido que tengas paciencia conmigo por si en algún momento me pierdo, por si a veces no se entender tus gimoteos, por si tengo mil dudas o no sé explicar cuentos –escribirlos es otra historia.

Y es que conocerte será una aventura que también me servirá para conocer una parte de mi misma. Por eso te propongo que en lugar de promesas, hagamos un pacto: ayudarnos a crecer mutuamente. Para que así seamos capaces de querernos, perdonarnos, acompañarnos, comprendernos… Porque si de algo estoy segura, es que a partir de ahora, serás mi maestra, porque ya desde aquel 11 de junio viniste a recordarme lecciones de vida: todo llega, todo ocurre. Y, desde entonces, sin tú saberlo –o tal vez, sí, de alguna forma en tu propio mar- me has enseñado fortaleza, calma, esperanza, a seguir creyendo…

Gracias por el camino que hemos construido hasta ahora. ¡No lo hemos hecho tan mal, pequeña desconocida! Empezaremos en breve un nuevo capítulo, dejaremos que las palabras vayan creando nuestra historia común y propia. Permitamos que la inspiración nos acompañe a cada paso. Que la imaginación nos ayude a construir momentos y sueños. Que la voluntad nos guie siempre y que la alegría sea nuestro adn particular. Y, sobre todo, que no nos falte el amor y la esperanza, como tu propio nombre indica.

La vida empezó a gestarse hace nueves meses y  ahora prosigue la gran aventura. Pequeña desconocida, ¿estás preparada para el viaje?

 

La vida mágica de las historias cotidianas

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Ya estamos a punto de acabar el año y nada mejor que finalizarlo poniendo el punto final (…o aparte) a una nueva historia de Carmesina.

Después de mucho tiempo –de años− detrás de Carmesina para que me contara su nueva historia, por fin, puedo decir que he conseguido aquello que  me parecía imposible: darle de nuevo vida.

Han pasado muchas cosas desde que escribí La inspiración dormida hace cinco años. De algunas no fue fácil recuperarse, pero con paciencia y búsqueda, una va saliendo de todo. A veces me hubiera gustado que todo hubiera pasado más rápido, sin embargo, las cosas suceden cuando han de suceder y, tal vez, si el punto final (…o aparte) no había llegado a esta historia es porque no tenía que ser.

He luchado muchos días por darle voz a Carmesina, me he peleado con ella y he llorado porque me parecía perdida y lejana. ¡Qué tonta fui! Eso no puede ocurrir, más que nada porque Carmesina no estaba ni perdida ni lejana, estaba en mí. Siempre lo ha estado. La que estaba perdida y lejana era yo y, por ende, también lo estaba ella. Tal vez, penséis exagerado que hable de ella de esta manera, pero supongo que quienes habéis dado vida a algo  podréis entenderme.

Después de tener abandonados estos papeles, debatiéndome en qué hacer con ellos, si abandonarlos o creer en ellos, decidí apostar por lo segundo. Y cuando digo apostar es, simplemente, darle ese punto final (…o aparte).

Hace unas semanas desempolvé el proyecto y lo volví a leer y yo tan crítica conmigo misma, me dije: esto no está tan mal… Puede que no sea la misma Carmesina de La inspiración dormida, pero es lógico, yo tampoco lo soy. Esta historia es más real y, sin embargo, como su título indica, llena de magia. Esta historia es más adulta y, sin embargo, nos sigue recordando que el mundo de los cuentos está más cerca de lo que parece. Esta historia es más cotidiana, pero se revela como mítica para la chica del parche.

Es increíble la satisfacción que sentí al tener estas hojas impresas. Ha sido un reto personal y una promesa cumplida y eso me da esperanza en muchos otros asuntos.

No sé si estos papeles algún día se convertirán en un libro, si está historia será leída por otros. La verdad tampoco es ahora lo que más me importa. Evidentemente, me gustaría que todo aquello que he imaginado e impreso con palabras lo pudierais leer y disfrutar. ¡Me haría muy feliz! Pero también he aprendido en este tiempo –y nunca mejor dicho- que todo tiene su espacio y su tiempo, como diría Chew Wang, y que las mejores cosas de mi vida nunca han llegado de la lucha y del esfuerzo banal y inútil, sino de la magia de la vida, del seguir creyendo, del permanecer imaginando, del estar abierto a posibilidades. Sí, ojalá, algún día lo podáis leer. De momento, dejaremos que vuele y emprenda su rumbo. Mientras tanto, me quedo con esta satisfacción de haberle puesto el punto final (…o aparte) a esta historia y, sobre todo, de haberme reencontrado con Carmesina, de haberme reencontrado conmigo misma.

Eso no significa que no quede camino por recorrer… En absoluto. Pero a veces es necesario, poner punto final (… o aparte) para poderse abrir a nuevas posibilidades, aventuras y vivencias.

La vida mágica de las historias cotidianas rescata a Carmesina después de su viaje al mundo de los cuentos en La inspiración dormida. Ha pasado un tiempo y en su intención de creer en su poder para pintar, está determinada a mostrar su arte y no ocultarse. Sin embargo, no parece fácil lograrlo y para ello recurrirá a un viejo librero que se convirtió en amigo en momentos de tristeza. Sin embargo, lo que no puede imaginar Carmesina es que está vez va a ser ella la que tenga que llevar de la mano a este librero en la búsqueda más increíble que uno pueda tener: la búsqueda de un recuerdo…

Y, a estas alturas, si habéis aguantado la lectura de este post, tal vez, os estéis preguntando si en esta historia estará también Gato Negro. Y yo os contestaría: “Ay, lectores, hay muchas cosas que no sabéis”. Solo os puedo avanzar, que si Carmesina siempre está conmigo, de alguna manera, Gato Negro también lo está con ella… Y hasta aquí puedo leer.

Gracias a todos los que me habéis leído en este 2016 aunque haya sido ciertamente inconstante en mis escritos. Os deseo lo mejor para este 2017. ¡Y qué descubráis la vida mágica de vuestras propias historias!

Érase una vez Carmesina en el Amazonas…

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El título de este post puede sonar a principio de un nuevo relato de la muchacha del parche. Siento decepcionaros, pero no es el caso… Aunque todo llegará, porque Carmesina ha decidido darme el último empujón con una nueva historia suya, pero de eso os hablaré otro día.

Volvamos al título del post. Érase una vez Carmesina en el Amazonas… Puede parecer obvio que cuando uno escribe o crea algo esto puede llegar a cualquier rincón del mundo y, más hoy en día, que todos estamos intercomunicados. Sin embargo, no deja de ser curioso cuando de repente te enteras que hay un artista del Amazonas, -sí, sí, del Amazonas- que es un gran apasionado de este personaje. Y que además tiene un familiar, una niña de 7 años superfan del personaje y a la que llaman cariñosamente “la Carmesina del Amazonas”. Pero mucho más curioso es cuando te explican que este artista está en Barcelona y quiere conocer a quién está detrás de la muchacha del parche.

Sí, además del título del post, toda esta historia puede parecer fruto de la imaginación irracional de una escritora, pero nada más lejos de la verdad. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción. Y este es uno de esos casos.

Freyzer Andrade es el nombre de este artista, un joven polifacético y apasionado de la pintura, pero que también escribe y esculpe. ¡Vamos un hombre renacentista total! Tuve la suerte de conocerle junto a David G. Forés y Desiree Arancibia, en su periplo por Europa en busca de galerías donde exponer su arte.

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Acompañado de su marchante de arte, y entre su brasileño, nuestro inglés y el castellano de su acompañante pudimos hacernos una idea de cómo es el lugar donde nació, Boca de Valeria, y cómo es su vida allí.

 

 

Cómo, a falta de recursos para tener pinturas acrílicas o acuarelas, pinta tomando pigmentos de la propia naturaleza. También nos habló de la “Carmesina del Amazonas”, Lanae, su sobrina, a la que pintó una camiseta de la muchacha del parche y  de cómo, desgraciadamente, estamos destruyendo ese paraíso natural que es un pulmón para la tierra.

 

Después tuvimos la oportunidad de verlo trabajar en una ilustración de Carmesina, inspirado, tal vez, por nuestro muso particular, Gato Negro –al que yo también me alegré muchísimo de ver−. Y después de un intercambio de fotos, nos despedimos deseándonos mutuamente la mejor de las suertes.

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Esto solo podría parecer una anécdota más, pero es que a veces la vida está hecha de estas anécdotas y momentos. Sigo sorprendiéndome –y que así continúe siendo- de que mi querida Carmesina vuele sola tan lejos y sea capaz de enamorar a otras personas, incluso de otras culturas y que están a miles de kilométros. Supongo que esto es la magia de la vida. Y con esa magia me quedo. ¡Obrigado, Freyzer!

La poesía de la vida

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A veces dicen que la poesía está pasada de moda, que ya no va con los tiempos que corren -y viendo cómo está el mundo podría parecerlo. Sin embargo, pienso que la poesía seguirá con vida mientras haya sentimientos que expresar, ideas que mostrar, pensamientos que abordar. Seguirá viva mientras haya poetisas o poetas que sean capaces de definir s(t)u yo más intimo en cuatro versos. Seguirá viva mientras haya quien quiera maravillarse con lo que rodea, quien quiera extraer el meollo de la vida, quien quiera ir más allá de lo superficial para entrar en las sombras oscuras.

Hay quien teme a la poesía, le da miedo o respeto acercarse a ella por pavor a no entenderla. La buena poesía no necesita de explicaciones, solo de dejarse sentir. La poesía no te va a morder ni te va arañar, o sí, tal vez, lo haga, en tu alma. Permíteselo, déjala entrar en ti,  sin allanamiento de morada, para que su efecto sea más profundo. Recuerda que la poesía es en sí misma como la vida, solo hay que experimentarla.

Así que experimenta la vida, busca la poesía en las cosas que te rodean. De eso se trata. La puedes encontrar en los grandes clásicos, pero yo casi que prefiero a los poetas cotidianos, aquellos que en la sencillez de sus versos se esconde la verdad.

Eso es lo que he encontrado en la poesía de Mi amor de invierno, de Cristina Ruiz, editado por maLuma. Un recorrido por diferentes estados del amor en el que todos nos podemos sentir identificados. Seguramente, algunos de sus versos dejarán impronta en ti y te devolverán a amores pasados, a lágrimas desvaídas por el tiempo, a besos semiolvidados.

Si quieres experimentar la poesía, así como la vida, Mi amor de invierno puedes ser el billete para un viaje de ida hacia este género. Y digo solo de ida, porque una vez emprendas la ruta, querrás seguir la senda de los versos. Recuerda que la poesía es como la vida, solo hay que experimentarla sin miedo.