Tu tercera vuelta al sol

Como ya es tradición, llega tu cumpleaños y nuevamente te celebro como yo mejor sé, escribiéndote. Empecé la primera carta como una bienvenida, entre la incógnita y las promesas y luego fueron llegando otras hasta esta en que celebramos tu tercera vuelta al sol. Ojalá algún día, releeas estas cartas y te guste reencontrarte con esa Nadia, que, inevitablemente, olvidarás con el paso de los años. Si de algo sirve la escritura, entre muchas otras cosas, es fijar en el tiempo aquello que ni la memoria podrá retener.

Y eso es lo que yo trato de hacer, capturar esos instantes, esos momentos que pasan rápidos para legártelos como el mejor de los recuerdos de tu primera infancia.

Debo confesarte que tu tránsito de los dos a los tres años ha sido de una intensidad abrumadora en todos los sentidos. Ha habido tanto de todo, tal explosión de sentimientos, vivencias, experiencias que una carta se me queda brevísima para explicártelo. 

En estos meses, creo que la oxitocina que quedaba en mi cuerpo aún de puérpera -porque sí, que no te engañen, el puerperio no dura cuatro meses- se fue perdiendo y la idealización de la díada mamá-bebé se ha ido transformando en lo que ha de ser: una relación de a dos. Una relación con sus momentos buenos, otros regulares y algunos malos. No te quiero engañar, criar creo que es el reto más difícil que he tenido en la vida.Y durante este tiempo he estado haciendo equilibrios constantemente por este desfiladero de las emociones y las frustraciones, capeando rabietas, confusiones y extrañezas -tuyas y mías-, cargando una mochila de culpa que no la quiero, pero que a veces no sé quitarme. Y así, intentando ser indulgente contigo, he olvidado serlo conmigo. Intentando poner límites, he llegado a los míos. Intentando ser buena madre, a veces he sido la peor. Dicen que hay que practicar el autocuidado. En ello estoy. De hecho, redactar esta carta es un regalo para ti y un ejercicio de autocuidado para mí, puedo hacer lo que más me gusta, escribir, para la mejor lectora que pueda tener, tú.

En este paso de tus dos a los tres, has dejado de ser un bebé para convertirte en una niña tímida e independiente que quiere ser mayor y hacerlo todo sola, excepto dormir y dejar el pecho. 

En este tiempo has dejado de ser el bebé tranquilo para ser una niña con carácter, para mostrarnos que tú también tienes mucho qué hacer, decir y decidir. ¡Y qué nadie te diga lo contrario!

En este tiempo te has lanzado a hablar de lleno y aunque empezaste tarde has cogido carrerilla y ahora no hay quien te pare. Supongo que como mujer de letras, tu adquisición del lenguaje me tiene fascinada. Que sepas conjugar tiempos verbales correctamente, que sepas que una bandera se iza o me expliques que es una escayola, me dejan sin palabras, sí a mí, ¡resulta curioso! Con el habla también han llegado las canciones -esas que no dejas que cante nadie más que tú. Y con las canciones los bailes y tu tutú de bailarina, tus ganas de disfrazarte y de descubrirte con cariño ante el espejo -ojalá nunca dejes de mirarte con tanta curiosidad y amor a ti misma.

En este tiempo también tu pensamiento ha dejado de ser tan abstracto para pasar a ser más concreto y reflexivo. Que sepas diferenciar emociones, sentimientos y hasta te des el lujo de jugar con ellos es tremendamente curioso.

En este tiempo has seguido explotando el juego simbólico y que no te quiten de ahí. Las construcciones, los puzzles y las mesas de experimentación están muy bien, pero donde haya una cocinita y unos cacharritos que se quite lo demás. Tu carácter recolector aún permanece, aunque ahora recolectas con el fin de jugar, no solo de admirar lo que recoges. También te encanta dibujar y en las últimas semanas has pasado de hacer trazos sin sentido -para los ojos adultos- a hacer formas que representan caras, lugares, situaciones. Con los cuentos has descubierto a nuevas amigas como Olivia, aunque también te tiene enamorada otra cerdita más televisiva.

En este tiempo has descubierto las rutinas de la escoleta y vas contenta y feliz, aunque luego allí la timidez te pueda. Eso sí, que no te quiten a Candela, que como tú siempre afirmas es tu “amiga” y eso la primera vez que te oí decirlo me pareció muy divertido. También disfrutas mucho de la piscina y aunque eres signo de Aire, el agua te entusiasma incluso ahora que ya vas sola, sin papá o mamá. 

Son tantas las cosas que me gustaría seguir recordando para ti… Pero esta carta ya ha de llegar a su fin. Dicen que a los tres años llega la fase definitiva de separación entre el bebé y la madre. Que a partir de aquí, el bebé ya niño/-a se siente un ser independiente más allá del cuerpo que lo gestó durante nueve meses. Y cuando pienso en ello, por una parte me alegro. ¿Qué mejor que tener el privilegio de verte crecer? Pero al mismo tiempo siento una cierta lástima porque esto supone perderte un poco de mí. Los hijos son de la vida, que decía Khalil Gibran. Y es cierto, tú eres de ti misma, perteneces a la vida, al mundo, a todo lo que te espera. Pero, recuerda que siempre tendrás en estos brazos, abrigo; en este pecho, refugio; en estos labios, besos y en estos oídos, escucha.

Con o sin oxitocina, te quiero. A pesar de todos los peros, te debo la ilusión, la energía y la oportunidad de disfrutar(te), de aprender(te) y de vivir(te). Por todo ello, te celebro hoy y cada día, en presente, que es como mejor se ama. ¡Felices tres, pequeña mía!

Las flores perdidas de Alice Hart / Holly Ringland

Siempre digo que hay libros que te escogen, que son ellos los que deciden ponerse en tu camino por una razón u otra. Con este libro me ha ocurrido algo similar. Lo había ojeado en librerías, lo había visto por redes -y me había parecido un argumento maravilloso e inspirador- y finalmente, llegó a mis manos gracias a mi “hermanita” para nuestro club de lectura por Whatssap.  ¡Sí, habéis leído bien! ¡Club de lectura por Whatssap! Nunca será como uno presencial, pero cuando la vida da para lo que da, ¿por qué no comentar lectura por otros medios? Hemos hecho ya un par de lecturas conjuntas y creo que esta es en la que más nos hemos puesto de acuerdo.

Así que con estas premisas era fácil caer rendida a sus pies.Y caí, vamos si caí… Esta ha sido una historia de amor, en toda regla, y también de desamor y desencuentro. 

Las flores perdidas de Alice Hart de Holly Ringland es de esos libros que te producen un flechazo inmediato. Lees sus primeras páginas y te enamoras. Así, tal cual. La protagonista te encanta, la historia es potente, el uso del paisaje es mágico, el estilo narrativo tiene encanto… Y te dejas llevar por ese enamoramiento. Pero, entonces, cuando menos te lo esperas -bueno, en realidad, sí que lo intuyes,pero quieres hacer como que no has notado nada-, ¡zasca! Todo el amor, la idealización y la magia que habías recreado entorno al libro se queda en agua de borrajas.

Las flores perdidas de Alice Hart arranca con una niña que vive en la costa australiana junto a sus padres. Una madre enamorada de las flores que sufre un constante maltrato por parte de su marido. Un maltrato del que la niña, Alice, es plenamente consciente y también sufre las consecuencias. Un hecho fortuito hará que la vida de Alice cambie radicalmente. Se verá arrastrada tierra adentro con una abuela a la que no conoce para sobrevivir a su propia historia y a la historia familiar, llena de secretos, pasiones y sobre todo, de flores y sus significados. Hasta aquí, esa parte de la historia que, como decía antes, enamora y atrapa. La manera que tiene de dibujar con palabras el paisaje australiano, de narrar las desgarradoras vivencias de los primeros capítulos, la introducción de los libros como lugares para soñar, el maravilloso significado de las flores que aparece capítulo tras capítulo…. Todo ello recrea un ambiente único para una historia con un gran potencial.

Pero, de repente, llega la tercera parte de la historia con una Alice ya más adulta que huye hacia el desierto -no cuento más para no spoilear- y aquí, en mi opinión, la magia se diluye. La autora vuelve tan terrenal la historia, desdibuja a su protagonista e introduce situaciones demasiado obvias, que uno se desencanta -y os puedo asegurar que da mucha rabia-. Para mí fue un coitus interruptus lector en toda regla. Con tal imagen, ya entenderéis mi frustración. Hacia el final, la historia remonta y acaba sin dejarte mal sabor de boca, pero sí con una sensación de que al libro le sobra la parte del desierto -aunque pueda entender el objetivo que tenía la autora- y con ganas de haber sabido más la parte de la plantación de flores.  

A pesar de ello es una novela que recomiendo. A mi parecer la historia no es redonda, la protagonista se diluye, el estilo narrativo a momentos es algo precario (la comparaba con Maggie O’Farrell y no hay color), pero a pesar de esto es una novela que se deja leer y se disfruta la mayor parte del tiempo. Tiene algo mágico y especial en sus primeras páginas que transmiten mucho dolor e inocencia a través de un paisaje que es también protagonista. Y es una historia de superación y evolución personal de las que gustan. Así que tiene mucho a favor para que pueda triunfar. De hecho, he leído muy buenas opiniones, la están editando en un montón de países, está en marcha una serie televisiva y su autora ha triunfado como la espuma con su primera novela. ¡Vamos, que ya quisiera yo! Pero mi “pero”también lo tenía que dejar por escrito.

Mención aparte merece el diseño del libro.Cada capítulo se abre con la ilustración y explicación de una flor, siguiendo esa estela del lenguaje perdido de las flores. Es un detalle que da cohesión y magia a la historia, un guiño muy bien logrado hacia el lector.

En definitiva, no es O’Farrell; seguramente, no será la lectura más significativa de tu vida, pero te hará pasar un buen rato. Y, a veces, en la vida solo necesitamos eso, pasar un buen rato, que las complicaciones y dificultades ya vienen solas. Y, que al fin y al cabo, esto es solo mi opinión y todas son bienvenidas y válidas si están bien rebatidas.

Sigo aquí / Maggie O’Farrell

Hace unos minutos que he acabado de leer Sigo aquí de Maggie O’Farrell y yo sigo aquí, también, intentando digerir lo que he leído, pero sobre todo, lo que me ha hecho sentir. Vaya viaje se ha marcado O’Farrell  en esta obra narrando momentos cercanos a la muerte (¡nada menos que diecisiete!) y que a mí me ha llevado por una montaña rusa de emociones que ni en el mejor parque de atracciones. Sigo tan impactada, tan removida, tan consternada, tan viva y tan aquí que creo que me costará escribir esta reseña. Pero quiero hacerlo, quiero dejar constancia de este libro de memorias, recordarlo siempre para, como diría Thoreau, no darme cuenta, en el momento de morir, de que no he vivido. Porque leer también es vivir. Y, precisamente, en este verano algo extraño donde la vida parece prender de finos hilos, la lectura también me ha recordado el tan manido Carpe diem (no sé qué diría Horacio si levantara la cabeza y viera lo mucho que usamos esta expresión hoy en día).

Sigo aquí es la última novela traducida al español de Maggie O’Farrell, a la que desde ahora adoro y pongo en un pedestal. Ya me encandilé de ella en La primera mano que sostuvo la mía, pero ahora con este libro autobiográfico, con este ejercicio de nudismo literario, ya me he rendido a sus pies. Creo que hasta ahora no tenía una autora preferida. ¡Bienvenida, O’Farrell a esta categoría que aún tenía por estrenar! 

En esta obra narra en relatos más o menos breves, los diecisiete momentos en que se ha enfrentado y ha esquivado a la muerte. Uno puede pensar que diecisiete son muchas veces y, efectivamente, lo son. Pero con una vida vivida al máximo, todo tiene una explicación. O’Farrell sufrió una enfermedad muy grave durante su infancia y, como ella misma explica, aquello la cambió para siempre. A partir de aquel momento podía haber vivido resignada y asustada, pero al contrario, sintió que aquel cruce con la muerte la espoleaba a vivir con osadía. Así se explica que se lanzara al océano de jovencita, que viajara sin temor por todo el mundo aún a riesgo de ser atracada en las montañas de Chile o de que una ameba estomacal acabará con su vida. Luego llegó la maternidad y como ella misma cuenta, la responsabilidad le pudo, pero entonces la vida le siguió poniendo a prueba con un parto donde casi se deja la vida, un aborto a superar o la enfermedad de su hija mayor. Todas estas historias que podría parecer que salen de un folletín son verídicas y O’Farrell las cuenta con maestría. Su literatura es literatura en mayúsculas. Solo hace falta leer algún fragmento para darse cuenta de ello.

Ciertamente, hay relatos que gustan más que otros, seguramente, porque por motivos personales, uno siente más cercanos. En cierto modo, es como leerse a una misma y empezar a recordar… Recordar esos momentos en que yo también he jugado con la muerte. Como cuando tuve un accidente de coche con 15 años, tres meses de hospital, un año de rehabilitación, cinco operaciones, pero aquí sigo. Como cuando con 21 años, un día en la ducha matinal tosí y empecé a notar un silbido extraño en cada respiración. No quise darle importancia, quise ir a clase, pero supe que algo no iba bien,estaba realmente fatigada. Llegué al hospital y con cara de poker te dicen que tienes un neumotorax. ¿Es grave? ¿Tengo que preocuparme?, pregunté ante mi ignorancia. Y el silencio que guardó aquel doctor me empañó de miedo el alma. Con el tiempo supe que no aquello no era tan grave ni tan infrecuente, pero en aquel momento, aquel doctor parecía llevar la guadaña escondida en algún sitio.

También O’Farrell describe con precisión sentimientos y pensamientos que despiertan con la maternidad, que no deja de ser pura vida, pero también responsabilidad, dolor por el sufrimiento ajeno, dudas, incertidumbre… Y es que como dice la autora en una entrevista “La maternidad te vuelve una persona más cauta, porque ya no temes por ti, temes por lo que dejarías atrás de no estar”(1).

Y, por supuesto habla, de su deseo de escribir y de viajar. Escribir no como “una vía de escape, sino una alternativa a la vida real”(2) y viajar como alimento para la imaginación. Creo que nunca había leído una descripción que pudiera suscribir al cien por cien. 

“Conocer cosas nuevas, sonidos, lenguas, sabores, olores, estimula la formación de nuevas sinapsis en el cerebro, rutas distintas, circuitos nerviosos diferentes, que aumentan la plasticidad neuronal (…) Lo supe instintivamente a los diecisiete años. Esa corriente incontestable de novedades, el estímulo de un territorio ignoto, la sobrecarga de lo desconocido, todas las sinapsis disparando, conectando, enviando señales, abriendo vías nuevas. Nunca olvidaré aquel trayecto entre el aeropuerto y el centro de Roma, la primera impresión de la ciudad. Y nunca perderé la emoción que suscita el viaje. Sigo deseando el impacto físico y mental de estar en un sitio nuevo, de bajar las escalerillas del avión y encontrarme con otro clima, caras diferentes, lenguas distintas”. 

Porque, precisamente, si hay un libro lleno de vida es esta autobiografía repleta de encontronazos con la muerte. Como he dicho antes, O’Farrell me pongo a sus pies. Nada más que decir. Bueno, sí, que si leer da vida, leer a esta autora debe dar vidas extras.

(1) Entrevista a Maggie O’Farrell, El País (julio 2019)

(2) Entrevista a Maggie O’Farrell, El Periodico (febrero 2019)

Una educación

Si tuviera que resumir esta reseña en una frase sería: ¡Tenéis que leer este libro! Así, tal cual, entre exclamaciones y sin titubeos. Pero como esto solo da para un tweet y a mí me gusta escribir más, voy a tratar de explicaros porque “Una educación” debe formar parte de vuestras próximas lecturas. Y voy a redactar esta reseña entorno al número dos: las dos circunstancias vitales que me han acompañado durante la lectura, las dos vidas de Tara Westover, la autora del libro, y las dos cosas que más destaco de la obra. Todo para llegar a la conclusión de antes: ¡Tenéis que leer este libro!

Para empezar debo decir que hace tiempo que iba leyendo elogio tras elogio dedicados a este libro. Así que le eché un ojo, me quedé con su nombre, pero acabé olvidándolo en mi lista de pendientes. Sin embargo, y ahí va la primera circunstancia o casualidad, y es que cuando ya lo tenía medio olvidado justo aparece en mi biblioteca. Les acaba de llegar, lo estaban catalogando y yo estaba en ese preciso instante allí. Pedí que me lo reservaran –gracias Candi- y tres días después ya estaba en mis manos.  Inicié la lectura con tremenda curiosidad y, en seguida, me percaté que en mis manos no tenía solo un libro, sino algo más valioso, la vida de su autora. Porque “Una educación” no es una novela de ficción, es la autobiografía de una mujer que de apenas 32 años.

Podría parecer poca vida para escribir una autobiografía, ¡pero qué existencia! No os adelanto nada –se explica en la contraportada- que Tara vivió una infancia reprimida por una familia mormona, donde el padre, un paranoico-conspirador, le hizo vivir dentro de una pesadilla, donde no tenía cabida ni ir a la escuela ni visitar al médico. En plena adolescencia, Tara quiso empezar a estudiar y haciendo frente a toda su familia, a sí misma y a todas las creencias que le habían inculcado, empezó su propia educación. Una educación que la llevó de descubrir con diecisiete años que era el holocausto a graduarse en Cambridge diez años después. Una historia de resiliencia y superación constante.

Me han gustado muchísimas cosas de la obra de Tara, pero hay dos que me han impactado: la curiosidad innata como motor vital y educacional y la reflexión entorno a la necesidad de renunciar a una parte de uno mismo y de la familia para volar alto.

En estos días –y aquí va la segunda coincidencia o casualidad que ha rodeado mi lectura además de encontrar el ejemplar en la biblioteca-, he empezado a buscar escuela para Nadia y me he preguntado mil veces en el periplo de jornadas de puertas abiertas de los colegios, cual es la educación “perfecta”. Tara con su libro me ha dado la respuesta: aquella que incentive la curiosidad por aprender, por crecer, por superarse, por pensar en libertad. Porque precisamente eso fue lo que hizo Tara, escuchar esa curiosidad innata que sentía y dejarla brotar. Solo con esas ganas de aprender, uno es capaz de superar lo que la protagonista vivió en su propia familia con la violencia, el miedo, el desconocimiento, la paranoia, la falta de libertad y el dolor físico y moral.

Y aquí entra el segundo punto que me ha gustado especialmente, la reflexión que se traspua de cómo, a veces, para crecer necesitamos abandonar lo que fuimos, abandonar a nuestra familia por mucho que duela –a Tara esto le dolía a veces tanto o más que las palizas a las que le sometía su hermano, las palabras castrantes de su padre o la ausencia de la protección materna. Porque, en definitiva, para metamorfosearnos y ser lo que deseamos ser, muchas veces, necesitamos romper con los condicionantes impuestos, con el pasado, con lo que nos lastra.

Toda esta infancia y lucha por una educación es explicada por Tara con un tono sereno, como si hubiera sido capaz de tomar distancia de su propia vida, pero al mismo tiempo, ahondando en sus pensamientos y alma de una manera descarnada. Tara hace un ejercicio de memoria equilibrado entre hechos y sentimientos que nos regala entereza y fuerza a nosotros como lectores.

Leed a Tara, leed “Una educación”, porque de alguna manera, vosotros también viviréis una pequeña transformación tras hacerlo. Parafraseándola: «Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación.»

Os dejo con una entrevista que tuvo lugar en la gira de presentación del libro, por si os ha picado la curiosidad saber más de la historia de Tara.

Hagamos historia. Cambiemos la historia.

Hace un par de días estaba pensando en cómo podría recordar desde este pequeño rincón que es mi blog el próximo día 8 de marzo. Enseguida pensé en Griselda y Bella, porque, en cierta manera, me enseñaron a ver el mundo desde un prisma feminista. Entonces se me ocurrió imaginar que, tras tiempo sin saber la una de la otra, Bella decide contactar con Griselda porque todo el movimiento del 8 de marzo, inevitablemente, le ha recordado a la propia historia que compartieron. Escribí esta carta que ahora leeréis como homenaje a esos dos personajes que creo que tienen mucho de todas. Acto seguido pensé que era una tontería publicarla en el blog. Tal vez, nadie recordaría ya a estas dos exprincesas o ni siquiera sabrían de su existencia. Entonces, ayer, de repente, vi un vídeo de Karol Conti la librera de El gato de Chesire (Zaragoza) que aún hoy recomendaba “El despertar”. Fue como ese toque de atención, ese pequeño empuje que necesitaba, para decidir publicarla. Por eso, os la dejo, para quien lo tenga a bien, pueda leerla, recordar a estas dos muchachas y, tal vez, contagiarse de ese espíritu de libertad, cambio y revolución que transmitieron con su historia. Porque todas podemos escribir nuestra propia historia. Porque todas podemos hacer historia y cambiar la historia.

“Querida Griselda,

Seguramente, recibir esta carta te produzca sorpresa. Después de tanto tiempo sin hablar, sin apenas mantener el contacto más allá de cuatro palabras escritas y un par de llamadas, aquí estoy, amiga. Sí, espero que sigas considerándome tu amiga a pesar de mis idas y venidas –bueno, sobre todo, mis idas.

Estos días atrás pensaba mucho en ti. En la aventura que compartimos para lograr escapar del cuento que nos habían impuesto y buscarnos a nosotras mismas y nuestra propia historia.

Desde entonces yo  he seguido buscándome… Y de tanto buscarme, a veces, pienso que aún me he perdido más.  ¡Qué exagerada soy, amiga! Lo que sí es cierto, es que me he hallado un centenar de veces, y un centenar de veces me he vuelto a perder. ¿Pero no es acaso eso la vida? Sin embargo, hoy voy a elucubrar más sobre esto… Como te decía, pensaba estos días en nuestra aventura por el mundo real ahora que tanto se habla de patriarcado y feminismo. No dejo de pensar en nuestro escritor y en cómo logramos superar el poder que ejercía sobre nosotras, cómo fuimos capaces de cambiar la historia/vida que quería imponernos.

También recuerdo nuestros deseos ardientes de ser nosotras mismas y de no tener que ejercer el papel que habían escrito para nosotras. Ahora que encuentras princesas que no quieren serlo y se rebelan en casi cada esquina y librería, no dejo de pensar que, en cierto modo, hace años, fuimos un poco pioneras. Entonces no existía la moda de las princesas rebeldes, solo había un par, una que se tiraba pedos y otra que no quería comerse las perdices del final de su cuento. ¡Es genial que, al fin, no seamos las únicas en pensar de un modo más libre!

También recuerdo el despertar hacia mi nueva identidad sexual. Aquello que despertó cierto revuelo y que hoy ya aparece en muchas historias, en decenas de páginas de la literatura infantil y juvenil y en manifestaciones y pancartas que crispan a las mentes más opacas y reaccionarias.

Por supuesto, también viene a mi memoria nuestra amistad, sincera y respetuosa, donde cada una siendo diferentes, nos entendíamos y nos ayudábamos. No había espacio para suspicacias, celos o rivalidades. En la calle, codo a codo, éramos mucho más que dos, ¿recuerdas? ¿Acaso no era eso lo que hoy llaman sororidad?

Y cuando veo que se acerca el 8 de marzo y que se suceden acto, huelgas y manifestaciones, también pienso en nuestros sueños y deseos, pizarra en mano, de construir una sociedad mejor donde no hubiera necesidad de  princesas, ni de príncipes –y si me apuras de unicornios. Donde lo que prevaleciera fuera la búsqueda de uno mismo, de su esencia. ¿No es, en cierta manera, Gris, lo que está ocurriendo, esta revolución feminista, aquello que soñamos e imaginamos?

Amiga, compañera de batallas emocionales y cambios sociales, gracias por haber estado y haber formado parte de mi propia evolución.  Me encantaría que pudiéramos encontrarnos este próximo día ocho y celebrar y celebrarnos como amigas y compañera y reivindicar nuestro lugar en el mundo. Y quién sabe, tal vez, seguir soñando con ese mundo que un día imaginamos y al que aún le queda mucho por cambiar y alcanzar. Si te apetece, nos vemos entre esa marea de mujeres –y ojalá también de hombres- este próximo día ocho. Me reconocerás porque sigo sin llevar tacones, solo bambas, que ya sabes que siempre me ha podido la comodidad  en el calzado. La otra, la comodidad personal, la perdí cuando me encontré.

Siempre tuya, siempre nuestra.

Bella”

Nadie me dijo: crear y criar

Hace días que tengo ganas de presentaros este libro, pero entre niña y trabajo, a veces me queda muy poco tiempo para sentarme y escribir cuatro líneas. Y, precisamente, de criar y crear va este libro tan especial: Nadie me dijo, de Hollie McNish, editado por La señora Dalloway.

No quisiera cansaros con el tema de la maternidad, pero es obvio que ser madre supone una gran revolución, un gran tsunami emocional para las mujeres. Y, obviamente, yo no escapo a ello. Es curioso porque recuerdo que cuando yo estaba embarazada me juré y perjuré que no leería libros de maternidad, ni crianza ni educación, porque ¿cómo iba a leer esos libros teniendo una lista interminable de obras de ficción pendientes de ser leídas?  Ah, pero, la maternidad es así, contradictoria, ambivalente, y aquí estoy yo devorando libros de pedagogía y ahora de maternidad y crianza desde el punto de vista de la mujer y de lo que ocurre en su pensamiento, cuerpo y alma durante esa etapa.  

Por eso, me acerqué a Nadie me djio de la poeta Hollie McNish, ya que se trata de un diario salpicado de poemas que escribió, durante su embarazo y los tres primeros años de su hija, con el objetivo de hablar de la realidad de la maternidad y explicarnos todo aquello que nadie nos cuenta –o nos cuentan poco.  De hecho, pensándolo bien, yo que renegaba de este tipo de libros ¿no es en el fondo la maternidad una gran historia en si misma? Quien necesita historias ficcionadas, cuando este tema es una de las historia más grandes jamás contada y que poco se refleja en la literatura… Pero de eso ya hablaremos otro día.

Así que en esta fase de intentar entenderme en mi nuevo papel y buscando libros sobre maternidad, hallé a Hollie y fue como hallar a una amiga con la que te sientes acompañada, comprendida y, que en las largas noches de no dormir, te abraza suavemente con sus palabras y sus versos. En definitiva, fue como encontrarme un poco a mí misma. 

Valoro en esta obra tan sincera la franqueza de sus palabras y sus pensamientos tan cercanos a cualquier madre que esté criando. Aquí no hay medias tintas y el diario de Hollie –que podría ser el diario de cualquier madre en cuanto a sentimientos explorados  y experiencias compartidas- está lleno de realidad y de humor, de dolor y de alegría, en un juego de contradictorios propios de la maternidad y la crianza.

Sus poemas desmitifican tópicos y reflejan inquietudes del día a día de las madres primerizas–y creo que no solo de esas-: la burbuja del puerperio, la fascinación hacia la lactancia, la búsqueda (frustrante) de tiempo personal, la realización creativa como mujer/madre, la responsabilidad de la crianza en esta sociedad dominada por los machismos, el marketing y la publicidad, la conquista del espacio personal con el tiempo, los prejuicios sociales, el sexo postbebés y así un largo etcétera.

Los elementos que más me han gustado de esta obra han sido la visión y el tono que ha planteado McNish, ni edulcorado ni dramático, sino de un frágil equilibrio –pero equilibrio posible, al fin y al cabo- entre las luces y las sombras, que supone la revolución personal de la maternidad.  Y, por supuesto, me ha alentado profundamente ver como la autora siguió su periplo creativo, poco a poco, mientras criaba los primeros años, a pesar de dormir poco y del cansancio permanente. Criar y crear es posible. Nadie dijo que fuera fácil, ninguna de las dos cosas lo es por separado, y menos, cuando van de la mano. Pero, sin duda, la experiencia de la maternidad también da impulso y energía para recordar nuestros propios deseos. Solo necesitamos algo de ese escaso tiempo que a veces se nos niega los primeros años de crianza.

Si tenéis a alguna amiga que próximamente vaya a ser madre, dejaros de regalarle canastillas ni libros sobre cuidados del bebé, regalarle Nadie me dijo y será el mejor compañero de viaje en los largos y fascinantes días de la crianza. Y si ya has sido madre, hace más o menos tiempo, el diario de McNish te devolverá y reconciliará con esa madre primeriza y perdida que un día fuiste.

Te dejo con uno de los poemas de Hollie McNish sobre la lactancia materna
(está en inglés).

Tu segunda vuelta al sol

Otra vez aquí estoy con mis palabras para cumplir la promesa de escribirte una carta en cada uno de tus cumpleaños. Empezó como una bienvenida y hoy ya celebramos tu segunda vuelta al sol. ¡Menudo y trepidante año, ¿verdad, pequeña mía?!

Ha sido el año de las primeras veces: de aprender a andar y echar a correr –y si te he visto no me acuerdo-; de tus primeras palabras –aun algo escasas, pero ya te lanzarás de pleno-; de tu primera “escoleta” con sus pros y sus contras –y mis debates internos-; de explotar con el juego simbólico y disfrutar con los cuentos; de convertirte en recolectora y admirar cada flor, cada piedra, cada fruto a tu paso.

Ha sido el año de no dormir ni una noche seguida –y no veas lo que agota-; de seguir con la lactancia materna; de descubrir la arena, el mar y correr tras las olas; de volar en avión y viajar a los mares del Norte;  de probar experiencias nuevas y establecer rutinas.

Ha sido el año en el que el destino nos trajo una mala noticia. Lo que siempre decimos, tú propones , pero la vida dispone. Y durante el tiempo de la incertidumbre, del miedo, de las sesiones de quimio, tú has sido la mejor medicina para él, para todos. Tú has sido luz y faro en los días oscuros, tú has sido aliento para dejar pasar el tiempo y que la vida fuera eso, precisamente, vida.

Ha sido el año donde has dejado de ser definitivamente una bebé para erigirte en cuerpecillo de niña a medio hacer; de crecerte los rizos y la risa contagiosa; de practicar juegos de miradas; de ir poniendo nombre al mundo aunque sea a base de onomatopeyas.

Y yo te he ido acompañando en toda esta evolución de tus uno a tus dos, a días mejor, a días peor –sobre todo, a noches peor-. No he sido perfecta, eso lo sabemos las dos. He intentado ser la mejor versión de mi misma para mí, para ti. Pero aún me queda recorrido. Al final, simplemente, he estado lo mejor que he sabido, que no es poco ni es mucho. Es lo que sé y lo que intento aprender por el camino -voluntad no me falta-. Y, entre días largos y años cortos, los dos ya están aquí, así que tenemos otra nueva oportunidad de ser y estar de forma más plena, consciente y paciente… No para ser perfecta, sino para ser lo que tú necesitas. Porque esto es un intercambio mutuo, más o menos justo.

Tú me quitas horas de sueño, pero me regalas ganas de vida.

Tú me has dibujado ojeras, pero me has borrado penas.

Tú me has restado tiempo personal, pero me has sumado momentos únicos en familia.

Es la contradicción de siempre. Mis contradicciones, porque, recuérdalo, son mías, no tuyas. Tú eres aún sin condicionantes, ni peros. Tú eres esencia pura. Esa esencia que se intuye tras tus ojos vivos, tu sonrisa socarrona y tu actitud pícara. Conserva siempre esa luz que irradias, valquiria. No la pierdas en la medida de lo posible ni ahora en tus dos, ni nunca. Recuérdalo, eres luz, eres faro. Sigue siéndolo para ti y para los que te rodean en tu segunda vuelta al sol y siempre. Olvídate de los demás, de la sociedad y de lo que te quieran imponer –con más o menos buena voluntad-. Esa luz tuya es más fuerte, consérvala, mantén tu esencia contigo y ve a tus bosques reales e imaginados a seguir descubriendo(me) maravillas en cada piedra, en cada flor, en cada sol y, de paso, a iluminar el mundo. Será un placer acompañarte.