La mujer agua

A mi hermana Sandra, mujer tierra-mujer agua.

“La única constante es el cambio”

Hubo una vez una muchacha hecha de arena, brea y hierba que creció aferrada a la tierra, en un pequeño pueblo de la sierra. Ella, que se sentía enraizada al suelo que pisaba, era capaz de crear con sus manos preciosas vasijas y cuencos que llenaba de experiencias, amor y ternura y que vendía en su pequeño puesto callejero. Disfrutaba al ensuciarse las manos y dar forma a la suave argila bajo el sol de secano. De ahí que todo el mundo la conociera como la mujer tierra. Y así como creaba las piezas, se creaba a sí misma entre las sinuosidades de su torno en un intento de convertirse en pieza perfecta, bella y única a ojos ajenos. Al hacerlo, la tierra con sus aromas y tactos se transmutaba en la piel morena, los ojos verde canela y la cabellera oscura de la mujer. Sin embargo, con el tiempo, aquella vasija-cuerpo que contenía su alma empezó a resquebrajarse. Al principio, apenas fueron perceptibles algunas pequeñas grietas, más tarde algunas muescas en la superficie para, finalmente, acabar rota y desbordando todos los sentimientos y pensamientos que contenía. Porque, en el fondo, tras sus paredes de cuerpo-vasija se sentía vacía y encerrada en una vida que no era la que quería.

Aquella muchacha ansiaba salir de sus propias fronteras físicas de arcilla y montes para seguir buscándose en otras formas, en otros elementos para, tal vez, así alcanzar la tan anhelada libertad.

Por ello, abandonó valientemente lo conocido y la mujer tierra recorrió el mundo con pies descalzos y alma abierta. Se deslumbró con las maravillas del planeta madre y tuvo idilios varios con la vida. Sin embargo, seguía sintiendo su alma llena de un gran vacío que dolía, porque aún seguía aferrada a la tierra y encerrada por el peso de lo que había sido y lo que quería ser.

Cansada de tanto buscar, desesperar y no encontrar alivio, una tarde se sentó sobre la arena de la playa y observó el mar embravecido por la tormenta que amenazaba. Allí se sentía ínfima, perdida mientras las lágrimas le anegaban cuerpo y ánima. Se desnudó de hábitos y costumbres que aún arrastraba y se sumergió en el mar. Y allí en aquellas aguas empezó a notar que su cuerpo de arcilla, por fin, se deshacía y se fundía con el eterno líquido. Las olas, cada vez más turbulentas, la arrastraron hacia aguas profundas. Y allí, de repente, se encontró frente a frente con una ballena. La mujer tierra quiso gritar, asustada, pero no tuvo tiempo. Se miraron a los ojos y se reconocieron. Aquella gran ballena la invitó a subirse a su aleta dorsal y juntas recorrieron mares cercanos y océanos lejanos y así, por primera vez, la mujer tierra liberada del peso del cuerpo y del pensamiento encontró en el silencio del agua lo que tanto anhelaba: la paz del alma.

En el momento de la despedida, para su sorpresa, la ballena le transmitió unas palabras:

-Nunca más te sientas pequeña cual pececillo en el mar. Tú eres yo, fuerte y presente aquí y en cualquier océano. Recuérdalo siempre.

Y después de aquellas palabras, el oleaje la arrastró hacia orillas conocidas. Despertó en la arena con el alma anegada de algas y agua salada.  Nunca supo si aquel encuentro con la ballena había sido real o fruto de alguna ensoñación. Pero, lo cierto, es que desde aquel día cada vez que la tierra la consumía y quería reencontrarse con ella misma, se sumergía en el mar y allí como gran cetáceo recorría los mundos submarinos y hallaba a su alma de mujer agua.

Dicen que el día que murió la mujer tierra, algunos habitantes de su pueblo en la sierra vieron,  a lo lejos en el mar, a una ballena lamentar la perdida. Así que si algún día por esos océanos del mundo te encuentras frente a frente a una ballena, piensa que tal vez te haya venido a ver para recordarte la grandeza que habita en ti, como habitó en la mujer agua, como habita en cada uno de nosotros. Porque a veces al cambiar de estado, descubrimos nuestra verdadera esencia.

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El elixir de vida, un breve relato sobre la lactancia materna

Escribí este breve relato y artículo hace unos meses para compartir mi experiencia con la lactancia materna. Por suerte, tuve la oportunidad de asistir a un grupo que nos ayudó a Nadia y a mí a salir victoriosas de una lactancia que al principio se nos complicó. Sin duda, vivir esta experiencia sirvió para empoderarme en un momento importante de mi existencia, pero sobre todo me recordó cuán importante es buscar ayuda, compartir vivencias, hacer tribu. Aquí os dejo este texto sin más pretensión que dejar constancia de una situación, de un momento importante en este diario de vida que es el blog.

Cuentan que, cuando una mujer se transforma en madre, desarrolla unos superpoderes únicos: vivir y sonreír sin apenas dormir, desarrollar la paciencia infinita, interpretar los gestos del bebé hasta entender qué necesita, y entre ellos, uno espectacular, ser capaz de alimentarlo. Eso es la teoría, pero a veces no siempre se cumple, al menos, al principio. Eso le pasó a la protagonista de este breve cuento… Cuando nació su pequeña, intentó ejercitar ese superpoder que se le presuponía. Sin embargo, nada fue como había esperado y no era capaz de amamantar a su cría. ¿Tal vez ella no había sido bendecida con aquel superpoder? Lo buscó por todas partes, pero era incapaz de hallarlo y eso la sumió en una cierta tristeza. Sabía que en el mundo en el que vivía no era necesario aquel poder para que su hija viviera; existían alternativas para verla crecer, no como en sociedades ancestrales u otras actuales. Sin embargo, ella sentía que no debía desfallecer en la búsqueda de ese poder, no porque quisiera convertirse en una heroína −todas las madres lo son independientemente de cómo alimenten a sus hijos−, sino porque simplemente quería regalarle ese elixir de vida a su pequeña. Y después de mucho buscar, cuando ya casi se daba por vencida, encontró, por casualidad, un cónclave de mujeres sabias e inteligentes. Ellas le recordaron que su poder seguía intacto en algún lugar de su interior y decidieron ayudarla en ese camino hasta hallar de nuevo la fe perdida en sus pechos como dadores de vida. El camino no fue fácil, pues muchas pruebas tuvieron que superar tanto el bebé como la madre, pero así fue como en el nonagésimo día del nacimiento de la pequeña, aquella mujer recuperó completamente su poder y, lo más importante, su capacidad de creer en sí misma y en los procesos naturales de la vida.

Este pequeño cuento es la realidad de algunas mujeres que se enfrentan al hecho de dar el pecho a sus hijos. La lactancia materna se presupone como algo natural e innato, pero no siempre es fácil de establecer, o pueden surgir pequeños baches una vez establecida. Esto es lo que nos ocurrió a mi pequeña y a mí. Por razones varias, tuvimos que iniciar una lactancia mixta aun con todo el dolor de mi corazón. Sin embargo, contando con la ayuda y asesoramiento necesarios, logramos recuperar la tan anhelada lactancia materna exclusiva.

Y es que esa ayuda y asesoramiento existe. A veces, solo es cuestión de buscarla e intentarlo. Nosotras lo hemos logrado –como otros muchos casos que he tenido la oportunidad de compartir− en el maravilloso grupo de lactancia del CAP de San Rafael. Me siento muy afortunada por haber encontrar un espacio, un cónclave de mujeres sabias e inteligentes, donde me han aconsejado con cariño y respeto hasta lograr aquello que deseaba. El primer día que entré en el grupo de lactancia lo hice con lágrimas en los ojos por la tristeza y desorientación que me embargaba. El último día que asistí, también lo hice con lágrimas, pero de agradecimiento por todo lo vivido y compartido.

Por ello, si estás en una situación crítica ante tu lactancia materna –o simplemente, quieres compartir tu experiencia con otras madres−, busca, investiga y encuentra tu propio cónclave de mujeres sabias e inteligentes. Porque es posible, porque gracias a ellas este cuento ha tenido un final feliz y, tal vez, el tuyo también pueda tenerlo. El camino no siempre será fácil, pero si sabes rodearte, recuperarás tu superpoder.

Nadia y yo agradecemos infinitamente a nuestras hadas madrinas particulares de este cuento, la doctora Hortensia y la enfermera Romina, y al equipo médico de pediatría del CAP de San Rafael, por apoyar la lactancia materna desde el respeto y a todas esas maravillosas madres con las que he coincidido en el grupo que nos han acompañado y apoyado en todo momento y de las que he aprendido tanto.

Si quieres leer el relato en catalán, aquí lo encontrarás.

Estreno nuevo proyecto con Leónidas: vídeo-cuentos para los más pequeños.

Por fin puedo volver por estos lares míos para explicaros que tengo mano a mano un pequeño gran proyecto con mi amiga Elia (la persona que se esconde bajo la marca handmade Maripili).

Pero  vamos paso por paso. Elia es una crafter en toda regla, lo que diríamos en castellano una artesana como la copa de un pino. Tanto te dibuja, te cose, te pinta y así un largo etc. Una de las pequeñas maravillas que hace son unos muñecos de fieltro que cose puntada a puntada y que transforma en broches u otros complementos.

No creáis que me estoy yendo por las ramas –aunque sé que tengo tendencia a ello-. Todo esto que os explico me lleva a una idea que tuvo Elia y que consistía en darle vida a sus muñecos de fieltro en forma de vídeo-cuento. Y aquí entra una servidora. Elia, como buena amiga y siempre dispuesta a animarme en mi escritura, me sugirió que le creara un cuento.

Y de aquí surgió  Leónidas, este cuento protagonizado por un león que no sabe cómo demostrar su cariño. Escribí el cuento en plena cuarenta –ese temido periodo tras el parto- y en él, indefectiblemente, se colaron algunas de las vivencias que yo estaba experimentando. Por aquel entonces, estaba descubriendo que era eso de los cólicos, de los despertares nocturnos, de las dificultades para entender lo que le ocurre a tu pequeño cuando llora o está inquieto… Y de esa, a veces, frustrante sensación de no saber qué hacer surgió Leónidas, ese rey león que no es capaz de dormir a su cría. Después vino el resto del cuento y los muñecos de Elia me ayudaron a crear la historia y darle un mensaje positivo a aquel cuento. Así vuelvo a mi camino de la literatura infantil que inauguré con las adaptaciones de Los colores olvidados.

A Elia le gustó el relato y se puso manos a la obra.Primero, creó los personajes, cosiéndolos poquito a poco, y luego adaptó el cuento y montó el vídeo.

Y aquí lo tenéis. ¡Tachán, tachán! Todo un placer enseñaros a este Leónidas.

El cuento está pensando para niños pequeños (de entre 2-5 años) –y es que por lo que he podido observar en lo que llevo de mi corta vida como madre, es poderoso el atractivo de una pantalla para un bebé/niñ@-. Pero, sin duda, yo aconsejo que puedan verlo los peques con algún adulto. De esta manera, aunque sea a través de una pantalla se mantiene el vínculo del momento del cuento entre adulto y niñ@ y después del visionado podéis comentar los personajes y sus actitudes, la historia, etc.

Además, ya podéis ver también la versión en inglés y catalán.

Anunciaros que dentro de poco encontraréis el vídeo-cuento en otros idiomas. Y esperemos que no sea el último… Quién sabe, tal vez, algún día podáis leer el cuento en papel o jugar con estos muñecos hechos marionetas. Cada cosa a su tiempo. Por el momento, ya estamos pensando en el siguiente y el protagonista no puede ser más chulo y astuto. ¿Adivináis cuál es?

La niña de las máscaras

mascaras

Siempre había sido una muchacha solitaria, que al crecer y hacerse adulta, se dedicó a mendigar cariño, seguramente el que le había faltado siendo niña. Ante los demás, se dibujaba la mejor de sus sonrisas con la que intentaba encandilar a quien la rodeaba. Extendía en su entorno cercano una cálida telaraña de atenciones y aprecios con los que atrapar a sus presas-amigos y así, en esa telaraña, sentirse acompañada.

Pero la mayoría de las veces aquella telaraña era débil y se acababa rompiendo de tanto estirarla en falsa amistad y emoción inventada.

¡Pobre niña solitaria exiliada de sí misma!

Entonces aquella muchacha buscó y rebuscó hasta dar con la forma de recuperar aquel cariño que tanto anhelaba. Por ello, abandonó los finos hilos con los que enredaba a los demás y empezó a crearse con arcilla y pintura varias mascaras para ponérselas en cada situación y contentar a los demás. De esta manera, recreó una máscara, la más dulce que pudiera imaginarse y se la colocaba, aunque por dentro la amargura la comiera a pedazos. Más tarde modeló una máscara de comprensión, para entender y apoyar a los demás lo que no era capaz de hacer consigo misma. Tampoco olvidó inventar la máscara de niña obediente, que al ponérsela la convertía en la más complaciente. Y así decenas y decenas de caretas creadas al gusto de lo demás.

Cada día la pobre niña se iba intercambiando esas máscaras para conseguir su fin: que la quisieran y sentirse amada, de manera, que con el tiempo, esas máscaras pasaron a formar parte de su rutina cotidiana. Así en su engaño de no ser ella misma, sino lo que los demás esperaban de ella, fue feliz a su manera.

Sin embargo, como suele ocurrir con las cosas impostadas, una de aquellas mascaras empezó a resquebrajarse. Fue una pequeña fisura, a la que la pobre niña hizo caso omiso. Pero una noche mientras celebraba aquella falsa vida, la máscara se partió en dos. Sin que nadie la viera, huyó a la soledad de su hogar y se miró en el espejo. La mitad de su rostro lo ocupaba la máscara de la dulce sonrisa, la otra parte, desnuda de mentiras, mostraba una parte de sí misma que hacía mucho tiempo que no veía. Y entonces ocurrió lo más terrible: se quitó el resto de la máscara, miró su rostro completo y despojado y no se reconoció. No sabía quién la miraba desde el espejo, no recordaba ya que había sido una niña solitaria, ni una adulta exiliada de sí misma.  Ya no quedaba nada que le recordara quien era en realidad, anulada por propia voluntad con tal de que la amaran como ella deseaba.

¡Pobre niña solitaria exiliada de sí misma que de tanto buscar que la quisieran se había perdido en vida!

Lo que no sabía aquella pobre niña solitaria es que aún no estaba todo perdido. Aún estaba a tiempo de destruir el resto de máscaras. Aún estaba a tiempo de descubrirse ante la vida y ante los demás tal como era, sin complacencias, ni risas forzas, ni abrazos inventados. Aún estaba a tiempo de que la quisieran por lo que ella era en realidad, no por lo que aparentaba. Pero solo lo conseguiría si antes era capaz de quererse suficientemente a sí misma.

¡Pobre niña solitaria exiliada de ti misma, despierta, no está todo perdido, aún tienes todo por ganar si te atreves a ser, simple y grandemente, tú!

Foto @Afraa_mf

La ventana

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Aquel día se prometió a si misma hablar. Había pasado todo el verano silenciando la verdad, pero ahora que este llegaba a su apogeo, con los días acortándose y el sol disminuyendo de intensidad, había llegado el momento de confesarse.

Cada día de aquel verano ella había pasado junto a su ventana. Jornada sí, jornada también, miraba desde la acera de enfrente esperando encontrarlo. Había pasado de la curiosidad al saludo y del saludo al intercambio de palabras, pero siempre enmarcados por aquella ventana. Él, en su habitación, ella en su mundo. Y el alfeizar de la ventana era la única frontera que les separaba… Al menos, eso es lo que le gustaba pensar a ella, aunque en realidad, apenas se conocieran más allá de esas cuatro palabras que esbozaban en cada encuentro. Sin embargo, ella, en ese recorrido diario hacia aquel altar personal, le había inventado toda una historia a aquel joven que se pasaba el tiempo escribiendo en un cuaderno. Fantaseaba e imaginaba y, entre fantasía y realidad, se fue enamorando de él. Sabía que siempre había pecado de poca sensatez y que dejaba volar con excesiva facilidad su imaginación. Y esta vez no había sido diferente. Así, a cada momento que pasaba y pensaba en él, la curiosidad primera se había ido transformando en un peso en su corazón, en unas mariposas que le dibujaban la sonrisa y le pellizcaban su yo más íntimo… Sensaciones que le acompañaban aquel día, aquella última jornada de las vacaciones.

Y con la ilusión primera, empezó a subir la calle. Al final de ella, se encontraba esa ventana, se encontraba él. Pero el pudor y el temor pesaban y no hacían ligera la subida. Para contrarrestar ese efecto, ella centraba su pensamiento en la mirada de él y todo cambiaba. Jamás olvidaría aquel día que había levantado su rostro de la tierra para encontrarse con su mirada tras la ventana. En ese instante, su corazón había dado un vuelco de 180 grados y había quedado poca abajo para no recuperarse el resto del verano.

A mitad de camino, aquella presión se agarró a sus entrañas y parecía que la respiración se le entrecortaba. Como era costumbre cuando se ponía nerviosa, se mordisqueaba los labios y enredaba sus dedos en algún mechón de pelo. ¿Qué le diría? ¿Cómo empezaría aquella conversación? No lo sabía. Y las dudas surgieron. Tal vez, no fuera buena idea hablar. Y se paró en seco y empezó a retroceder unos pasos, negándose a sí misma la oportunidad. Pero entonces dirigió sus ojos hacia la ventana, inmensamente azul, que estaba a unos pocos metros y se vio arrastrada hacia ella, olvidándose de todos los nos y los peros. Corazón acelerado, respiración entrecortada, deseo sentido… Y ya solo estaba a unos pasos. Torbellino de sensaciones. Un paso, dos, tres… y, de repente, la sonrisa se congeló en su rostro. La ventana estaba cerrada con sus portones azules y su persiana medio echada.

La vida parecía jugarle una mala pasada. Cada mañana de aquel verano, la ventana abierta y él tras ella con sus palabras y sus sonrisas y ahora no había nada de todo aquello. Compungida siguió su camino, sin apenas detenerse, mientras se lamentaba por no haber actuado antes. Siguió el paseo hasta la playa mirando tan solo sus pies que se arrastraban. Bajó los peldaños desde el paseo hasta la arena y se acercó a la orilla, aún cabizbaja. Necesitaba volver a la tierra, tocarla, sentirla y dejar de fantasear… El oleaje cubría sus pies y la espuma quedaba esparcida entre sus dedos hasta ser absorbida por la tierra deseando que, del mismo modo, absorbiera sus penas. Y se dejó llevar por el mar, meciendo sus sentimientos en aquel ritmo incesante de las olas que vienen y van… Al cabo de unos instantes, ese mismo oleaje trajo unos pasos y junto a los pies de ella aparecieron otros. Instintivamente, ella subió su rostro y allí estaba él. Todo volvía a tener sentido. Una mano se aferraba a la suya y la sonrisa volvía a florecer en sus labios. Ya no había fronteras, ni alfeizares ni ventanas. Y aquella mirada… Aquella mirada la desarmaba.

Y con las manos entrelazadas continuaron caminando por la orilla, entre susurros y complicidades… Y a cada paso que daban, solo dos huellas quedaban sobre la arena. A veces era mejor vivir entre fantasías, se decía a sí misma, mientras el rumor del mar la acompañaba.

Silvia G. Guirado

*Fotografía de Cristina Álvarez.

Entre las sabanas

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Hace ya algunos minutos que el despertador ha sonado y, como suele ocurrir en los últimos meses, ella lo apaga con desgana y se gira sobre sí misma para seguir dormitando. En estos meses, levantarse le está resultando difícil; seguramente, una de las tareas más complejas del día a día. Eso, y sonreírle a la vida.

Liada entre las sábanas, notando la calidez del lecho en este gélido invierno, se queda hecha un ovillo, pensando en lo que fue y ya no es. Le entra nostalgia y luego, espontáneamente, llegan las lágrimas que empañan la almohada. No quiere pensar, no quiere sentir. Así que se vuelve a girar y busca otra posición en la cama. Como si eso le permitiera olvidar. Sabe que debería levantarse, tomarle de nuevo el pulso a la vida y tratar de que esta siguiera igual. Pero qué complicado resulta hacerlo cuando el mundo se mueve bajo tus pies y no sabes a qué aferrarte.

El despertador suena de nuevo y vuelve a apagarlo, esta vez con un manotazo. No puede levantarse, no quiere levantarse, porque ya nadie la espera ni la necesita. Algunos meses atrás, en cuanto sonaba ese maldito ruido, se ponía en pie y si hacía falta, porque el sueño podía con ella, nunca faltaba un buen café para despertarla. No le importaba madrugar –los lunes sí, para qué vamos a engañarnos- porque sabía que le esperaba una jornada repleta de acontecimientos y vivencias.

Entre esos pensamientos, unos pasos ligeros y delicados sobre el suelo blanco logran distraerla. Parece ser que alguien más ha oído el despertador y viene a recordarle que hay vida más allá de las sábanas. De un salto, sube a la cama y empieza a pasearse entre sus piernas. Ella saca la mano del lecho y, con los ojos cerrados, lo busca, lo palpa. Ahí está, junto a ella, con su pelo suave. Lo acaricia y ronronea. Y, por un momento, sonríe. A cambio, él, con su áspera lengua, la besa. Es su forma de llamar la atención. Ella sabe que quiere que se levante y le ponga su comida. Pero hasta eso le resulta complicado. Definitivamente, aunque no quiera reconocerlo, aunque quiera seguir avanzando y superarlo, echa en falta su cotidianidad y lo que antes tenía. Y ante esa ausencia solo parece encontrar un relativo consuelo en el cariño que le brinda su gato.

El gato, cansado de pedirle comida y hacer caso omiso a su reclamo, decide echarse junto a ella y hacerle compañía entre las sabanas… La inapetencia de ella y el hambre de él, juntas, hacen buenas migas en esta fría mañana. Y poco a poco, ambos caen en las redes del sueño… ¡Qué bien se está cuando uno es capaz de evadirse de la realidad!

De repente, otra vez, un ruido los desvela. Esta vez no es el despertador; es el móvil. Ligeramente, ella se incorpora sobre la cama, con la ilusión de que sea una llamada que hace tiempo espera. Con expectación, lo coge y mira la pantalla. Es el número de su madre el que aparece. Lo siento, mamá, se dice a sí misma y lanza el móvil sobre los almohadones y la ropa que restan desordenadas en el suelo. No quiere que su madre perciba su desánimo. Sabe que está preocupada. Sabe que querría que las cosas fueran de otra manera. Nadie se esperaba aquel final tras una relación de tanto tiempo. Tanto era lo dado, tanto lo ofrecido, que nadie hubiera imaginado que llegara ese fin.

En aquellos meses desde la despedida, ella había pasado de la tristeza primera a la consternación segunda, de la rabia al rechazo, del enfado a la resignación y lo único que deseaba en aquellos instantes era aprender a aceptar y seguir adelante. Quería escapar de aquel momento que parecía detenido en el ciclo de su vida y volver a sonreír. Se había cansado de escuchar aquella frase que rezaba que cuando una puerta se cierra otra se abre, porque lo que nadie le había explicado es lo que se llega a sentir en el tiempo que transcurre entre una cosa y la otra. Y ese tiempo se estaba alargando más de lo imaginado.

De repente, el móvil vuelve a sonar. Intuye que debe de ser su madre, que vuelve a insistir en saber de ella. De nada sirve ocultar la verdad. Le contará cómo se siente, hablará con ella, se desahogará y, seguramente, su madre, con la sabiduría de los años, la ayudará a sentirse más protegida y acompañada, aunque esa sensación solo durará un rato. Con gesto desganado, se sacude las sábanas al mismo tiempo que el gato se levanta y se estira. Con paso rápido, ella se acerca al suelo y rebusca entre la ropa y las almohadas el móvil. Este sigue sonando, mientras la llamada va expirando. Y así sucede… El móvil deja de sonar en el momento en que ella lo encuentra entre aquel caos.

Entre suspiros, mira las llamadas perdidas. Aparece la de su madre de unos minutos antes y también otra, desconocida. Su corazón se agita. Mira la cama y, por un momento, está tentada de volver a ella para dejarse llevar por la desidia, perderse entre sus pensamientos y sus pocas ganas. Pero con el móvil en la mano, se acerca a la ventana y sube la persiana. A pesar de ser un día de invierno, el sol brilla tras los cristales. Respira hondo y teclea el botón de rellamada. Se oye el primer tono. Ella piensa que tal vez sea la nueva oportunidad que tanto anhela. Segundo tono. Tal vez, imagina, sea el cambio que necesita. Tal vez, por fin, surja la oportunidad de volver a empezar… Tercer tono.

Hoy se cumplen seis meses de la despedida… De ser despedida de su trabajo, después de años y dedicación. Hoy se cumplen seis meses desde que dejó de formar parte de un equipo para ser un número más en una de las listas más largas del país que habita.

Cuarto tono. Ojalá sea el trabajo que tanto anhela.

Y mirando los rayos de sol que se cuelan entre los edificios, siente un poco de sosiego en mucho tiempo. Cada día ese astro sigue saliendo, cada día puede empezar de nuevo, cada día existe una oportunidad. Y puede que vuelva a caer, pero se levantará y se desperezará para salir de entre las sábanas. Como ahora que está ahí, en pie, mirando hacia fuera desde dentro, sintiendo que puede de nuevo encarar los retos.

Quinto tono. Y, al fin, al otro lado de la línea, alguien descuelga y se escucha una voz desconocida.

Silvia G. Guirado

Marzo 2014

 

Para todos aquellos que forman parte de esa lista de casi 5 millones. Porque detrás de cada número hay una persona con un nombre y apellidos, con una familia, con unas circunstancias, unos sueños y unos anhelos…  Para que en esta espera, no nos perdamos ni nosotros ni nuestros sueños. Para que, aunque cada mañana sea díficil salir de entre las sábanas, sigamos adelante, porque la vida prosigue y nosotros, con ella.

historiaS.

Hoy 23 de Abril, día lleno de emociones, día especial para los amantes de los libros y la escritura, día de celebración, os dejo este relato que habla del valor de las palabras.

Gracias por leerme y feliz jornada.

Sfoto

Para Isa

S. nació y creció cuando no había tiempo para las letras y las palabras, solo para el sobrevivir. Sus compañeros de infancia fueron el hambre y la penuria y no los cuentos o los juguetes, como se presupone actualmente. Se hizo mayor a base de golpes de la vida, dejando atrás una adolescencia breve de ausencias e inapetencias y trabajó desde joven para sacar a su propia familia adelante. Se enamoró de un muchacho durante el verano más caluroso de la historia de su pueblo, pero él, que estaba solo de paso, se marchó, y aquella relación quedó a medias. Para no perderla en el tiempo, él le escribió cartas cada semana. Cartas que ella no pudo contestar. A S. nadie le había enseñado a leer, ni mucho menos a escribir. Avergonzada por el hecho y por pudor, no se atrevió a pedirle a nadie que se las leyera. Tras tiempo sin saber nada, él, en la distancia, al no recibir noticias, pensó que lo había olvidado. Así pasaron los años… Y durante aquel tiempo, de vez en cuando, S. se descubría echando de menos los besos no dados, el deseo no entregado, los sueños no realizados.

S. se casó, fue feliz a días y a otros le podía la melancolía. Tuvo tres hijos y otros tantos nietos -que la entretuvieron cuando ya no tenía que trabajar.

En aquellas tardes ligeras en que cuidaba de su nieta pequeña, ocurrió lo inesperado: al tratar de leerle cuentos a la niña, esta le enseñó las letras. Luego, más tarde, esas letras se hilvanaron en palabras y finalmente las encadenó en frases que adquirían pleno sentido.

S. empezó leyendo cuentos infantiles para luego asumir lecturas más adultas. Leía todo lo que caía en sus manos o le recomendaban y entre esas páginas encontró las palabras para expresar lo que ella muchas veces sentía y no identificaba.

Con la misma paciencia infinita que había tenido para aprender a leer, se propuso escribir a la par que su nieta también se iniciaba. S. vivía una segunda juventud hecha de libros e ilusión. Y, gracias a ello, aunque no había salido más allá de los confines de su pueblo, a través de otros conoció lugares inexplorados, viajó hasta el centro de la tierra y después a la luna, vivió el amor y lo padeció cual dama rusa y notó la soledad de los cien años compartidos con la familia Buendía.

Hasta que llegó un día que sintió que debía leer aquello que estaba pendiente. Así que tomó el fajo de cartas que guardaba de su antiguo amor y las leyó con la pena anclada a sus entrañas. Tras ello, cogió lápiz y papel y una mañana soleada, cuando estaba en el pequeño jardín de su casa, le escribió una misiva tardía de largas siete hojas a doble cara. Una carta que debía haber escrito cincuenta años atrás. Una carta que ahora contenía toda una vida.

Durante semanas miraba cada día el buzón con ansia, pero allí no encontraba nada. Hasta que un día llegó la carta, pero la respuesta no fue la esperada. Quien le escribía no era él, sino una muchacha, la nieta del hombre del que había estado enamorada. El abuelo, su amor, había fallecido años atrás. En aquel instante, S. sintió que sus fuerzas flaquearon y su corazón por unos segundos dejó de palpitar. Tal vez también hubiera llegado su momento. Sin embargo, continuó leyendo y, en aquellas palabras escritas, la muchacha le agradecía la carta que le había enviado. A ella nunca le había gustado leer, pero aquellas siete páginas estaban tan llenas de sentimiento que le habían hecho descubrir sensaciones que a ella también le asolaban, recordándole cuán importante es el valor de las palabras.

Y es que suele ocurrir así. Lees un libro o alguien te cuenta una historia y te transmite exactamente lo que tú sientes o te toca el alma llevándote a experimentar nuevos terrenos físicos o emocionales. Ese día te das cuenta que los libros transmiten lo que somos y lo que sentimos y que renunciar a ellos es renunciar u olvidarnos de nosotros mismos.

Dejemos que los libros sigan escribiéndose, que las historias sigan fluyendo como lo hace la propia vida. Porque libros y vida van de la mano.

Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para disfrutar de ellos, al igual que de la vida. S. lo había aprendido y me lo transmitió para que recordara que en cada uno de nosotros está poder descubrirlo… a través de las historias y las palabras. Tal vez, ojalá, a través de este pequeño cuento.

Silvia G. Guirado

Foto tomada en Sigulda (Letonia), 2012