Hagamos historia. Cambiemos la historia.

Hace un par de días estaba pensando en cómo podría recordar desde este pequeño rincón que es mi blog el próximo día 8 de marzo. Enseguida pensé en Griselda y Bella, porque, en cierta manera, me enseñaron a ver el mundo desde un prisma feminista. Entonces se me ocurrió imaginar que, tras tiempo sin saber la una de la otra, Bella decide contactar con Griselda porque todo el movimiento del 8 de marzo, inevitablemente, le ha recordado a la propia historia que compartieron. Escribí esta carta que ahora leeréis como homenaje a esos dos personajes que creo que tienen mucho de todas. Acto seguido pensé que era una tontería publicarla en el blog. Tal vez, nadie recordaría ya a estas dos exprincesas o ni siquiera sabrían de su existencia. Entonces, ayer, de repente, vi un vídeo de Karol Conti la librera de El gato de Chesire (Zaragoza) que aún hoy recomendaba “El despertar”. Fue como ese toque de atención, ese pequeño empuje que necesitaba, para decidir publicarla. Por eso, os la dejo, para quien lo tenga a bien, pueda leerla, recordar a estas dos muchachas y, tal vez, contagiarse de ese espíritu de libertad, cambio y revolución que transmitieron con su historia. Porque todas podemos escribir nuestra propia historia. Porque todas podemos hacer historia y cambiar la historia.

“Querida Griselda,

Seguramente, recibir esta carta te produzca sorpresa. Después de tanto tiempo sin hablar, sin apenas mantener el contacto más allá de cuatro palabras escritas y un par de llamadas, aquí estoy, amiga. Sí, espero que sigas considerándome tu amiga a pesar de mis idas y venidas –bueno, sobre todo, mis idas.

Estos días atrás pensaba mucho en ti. En la aventura que compartimos para lograr escapar del cuento que nos habían impuesto y buscarnos a nosotras mismas y nuestra propia historia.

Desde entonces yo  he seguido buscándome… Y de tanto buscarme, a veces, pienso que aún me he perdido más.  ¡Qué exagerada soy, amiga! Lo que sí es cierto, es que me he hallado un centenar de veces, y un centenar de veces me he vuelto a perder. ¿Pero no es acaso eso la vida? Sin embargo, hoy voy a elucubrar más sobre esto… Como te decía, pensaba estos días en nuestra aventura por el mundo real ahora que tanto se habla de patriarcado y feminismo. No dejo de pensar en nuestro escritor y en cómo logramos superar el poder que ejercía sobre nosotras, cómo fuimos capaces de cambiar la historia/vida que quería imponernos.

También recuerdo nuestros deseos ardientes de ser nosotras mismas y de no tener que ejercer el papel que habían escrito para nosotras. Ahora que encuentras princesas que no quieren serlo y se rebelan en casi cada esquina y librería, no dejo de pensar que, en cierto modo, hace años, fuimos un poco pioneras. Entonces no existía la moda de las princesas rebeldes, solo había un par, una que se tiraba pedos y otra que no quería comerse las perdices del final de su cuento. ¡Es genial que, al fin, no seamos las únicas en pensar de un modo más libre!

También recuerdo el despertar hacia mi nueva identidad sexual. Aquello que despertó cierto revuelo y que hoy ya aparece en muchas historias, en decenas de páginas de la literatura infantil y juvenil y en manifestaciones y pancartas que crispan a las mentes más opacas y reaccionarias.

Por supuesto, también viene a mi memoria nuestra amistad, sincera y respetuosa, donde cada una siendo diferentes, nos entendíamos y nos ayudábamos. No había espacio para suspicacias, celos o rivalidades. En la calle, codo a codo, éramos mucho más que dos, ¿recuerdas? ¿Acaso no era eso lo que hoy llaman sororidad?

Y cuando veo que se acerca el 8 de marzo y que se suceden acto, huelgas y manifestaciones, también pienso en nuestros sueños y deseos, pizarra en mano, de construir una sociedad mejor donde no hubiera necesidad de  princesas, ni de príncipes –y si me apuras de unicornios. Donde lo que prevaleciera fuera la búsqueda de uno mismo, de su esencia. ¿No es, en cierta manera, Gris, lo que está ocurriendo, esta revolución feminista, aquello que soñamos e imaginamos?

Amiga, compañera de batallas emocionales y cambios sociales, gracias por haber estado y haber formado parte de mi propia evolución.  Me encantaría que pudiéramos encontrarnos este próximo día ocho y celebrar y celebrarnos como amigas y compañera y reivindicar nuestro lugar en el mundo. Y quién sabe, tal vez, seguir soñando con ese mundo que un día imaginamos y al que aún le queda mucho por cambiar y alcanzar. Si te apetece, nos vemos entre esa marea de mujeres –y ojalá también de hombres- este próximo día ocho. Me reconocerás porque sigo sin llevar tacones, solo bambas, que ya sabes que siempre me ha podido la comodidad  en el calzado. La otra, la comodidad personal, la perdí cuando me encontré.

Siempre tuya, siempre nuestra.

Bella”

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Tu segunda vuelta al sol

Otra vez aquí estoy con mis palabras para cumplir la promesa de escribirte una carta en cada uno de tus cumpleaños. Empezó como una bienvenida y hoy ya celebramos tu segunda vuelta al sol. ¡Menudo y trepidante año, ¿verdad, pequeña mía?!

Ha sido el año de las primeras veces: de aprender a andar y echar a correr –y si te he visto no me acuerdo-; de tus primeras palabras –aun algo escasas, pero ya te lanzarás de pleno-; de tu primera “escoleta” con sus pros y sus contras –y mis debates internos-; de explotar con el juego simbólico y disfrutar con los cuentos; de convertirte en recolectora y admirar cada flor, cada piedra, cada fruto a tu paso.

Ha sido el año de no dormir ni una noche seguida –y no veas lo que agota-; de seguir con la lactancia materna; de descubrir la arena, el mar y correr tras las olas; de volar en avión y viajar a los mares del Norte;  de probar experiencias nuevas y establecer rutinas.

Ha sido el año en el que el destino nos trajo una mala noticia. Lo que siempre decimos, tú propones , pero la vida dispone. Y durante el tiempo de la incertidumbre, del miedo, de las sesiones de quimio, tú has sido la mejor medicina para él, para todos. Tú has sido luz y faro en los días oscuros, tú has sido aliento para dejar pasar el tiempo y que la vida fuera eso, precisamente, vida.

Ha sido el año donde has dejado de ser definitivamente una bebé para erigirte en cuerpecillo de niña a medio hacer; de crecerte los rizos y la risa contagiosa; de practicar juegos de miradas; de ir poniendo nombre al mundo aunque sea a base de onomatopeyas.

Y yo te he ido acompañando en toda esta evolución de tus uno a tus dos, a días mejor, a días peor –sobre todo, a noches peor-. No he sido perfecta, eso lo sabemos las dos. He intentado ser la mejor versión de mi misma para mí, para ti. Pero aún me queda recorrido. Al final, simplemente, he estado lo mejor que he sabido, que no es poco ni es mucho. Es lo que sé y lo que intento aprender por el camino -voluntad no me falta-. Y, entre días largos y años cortos, los dos ya están aquí, así que tenemos otra nueva oportunidad de ser y estar de forma más plena, consciente y paciente… No para ser perfecta, sino para ser lo que tú necesitas. Porque esto es un intercambio mutuo, más o menos justo.

Tú me quitas horas de sueño, pero me regalas ganas de vida.

Tú me has dibujado ojeras, pero me has borrado penas.

Tú me has restado tiempo personal, pero me has sumado momentos únicos en familia.

Es la contradicción de siempre. Mis contradicciones, porque, recuérdalo, son mías, no tuyas. Tú eres aún sin condicionantes, ni peros. Tú eres esencia pura. Esa esencia que se intuye tras tus ojos vivos, tu sonrisa socarrona y tu actitud pícara. Conserva siempre esa luz que irradias, valquiria. No la pierdas en la medida de lo posible ni ahora en tus dos, ni nunca. Recuérdalo, eres luz, eres faro. Sigue siéndolo para ti y para los que te rodean en tu segunda vuelta al sol y siempre. Olvídate de los demás, de la sociedad y de lo que te quieran imponer –con más o menos buena voluntad-. Esa luz tuya es más fuerte, consérvala, mantén tu esencia contigo y ve a tus bosques reales e imaginados a seguir descubriendo(me) maravillas en cada piedra, en cada flor, en cada sol y, de paso, a iluminar el mundo. Será un placer acompañarte.

¿Hacemos un trato?

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A Malka.

Queridas creaciones mías aún no nacidas, hagamos un trato como decía Don Mario. Notaréis en mi petición una cierta premura, pero es que os escribo entre despertares nocturnos de esa niña mía que aún no sabe lo que es dormir una noche seguida. Por ello, sin más rodeos, me gustaría que pactáramos una tregua para volver a vosotros algún día y daros, entonces, vida. Me gustaría que me esperaseis a la otra vuelta de la página en blanco hasta que el tiempo me permita daros palabra. Solo ruego no perderme en este plazo que os solicito y que podamos reencontrarnos cuando el momento sea el adecuado.

Lo siento por esta distancia que ha surgido entre nosotros y os pido de antemano disculpas. Mi vida no me permite dedicaros el tiempo que merecéis para llegar a “ser” y traspasar la “simple” idea que sois hoy. Pensaros y no haceros me causa un desasosiego que tengo que aprender a sobrellevar.

A días, a momentos, me siento diluida en el mar de obligaciones y rutinas cotidianas y vosotros parecéis mi última prioridad de esa lista interminable. Nunca llego a vosotros, por mucho que lo intente, entre trabajo, crianza, estudios, casa.

Silvia, ¿dónde estás?, Silvia, ¿andas ahí?, me pregunto en ocasiones. Y a veces no obtengo respuesta, solo silencio que molesta, que estorba. Otras, surgen señales en forma de gatos negros que me recuerdan que ahí estoy,  intermitente, extraña, en algún lugar entre capas y capas de pensamientos, acciones e intenciones.

A días, a momentos,  criar y crear me parecen totalmente incompatibles, como dos opuestos que se gustan, que vienen del mismo lugar, que se tocan, que se anhelan, pero que nunca llegan a nada más que a un desearse en silencio y a echarse de menos.

Por eso, criaturas que habitáis mi mente: futuras “Carmesinas” y “Gatos Negros”, niñas descubriendo mundo, bailarinas y jóvenes que despiertan, dadme tiempo y espacio para encontrar la senda que me lleve a vosotros. Aunque no pueda ser ahora, aunque no pueda responderos y actuar en este presente efímero que vivimos. Sed indulgentes conmigo, no me abandonéis, no me juzguéis –de esa parte, ya me encargo yo solita. Sabed que os echo de menos, pero la vida me reclama en otros quehaceres. Quisiera estar presente en todos los lugares, en todos los frentes, arrullaros a vosotros también, como hago a mi niña, pero lo cierto –y asumirlo forma parte del proceso- es que ahora no puedo atenderos como merecéis. Esperadme, por favor, y, mientras, dadme alas sin culpa para crear recuerdos en mi pequeña, para criar con imaginación  y paciencia, para seguir trabajando –por fin- en algo que me motiva, porque mi corazón también me pide estar ahí y aún no he descubierto el don de duplicarme.

Nadie dijo que criar y crear fuera fácil –eso ya lo sabía-. Hoy se me antoja una utopía, una falsa expectativa, a la que igualmente me aferro como a las palabras escritas que me dan vida.

Todo pasa, todo llega… Hagamos el trato que os propongo y yo prometo dejaros a buen recaudo entre mis notas mentales y textuales hasta que los astros tengan a bien darnos la oportunidad de crearnos y de querernos mutuamente. Porque esto es cosa de dos: yo os doy palabra y vosotros me las devolvéis en forma de esencia de lo que soy.

¿Hacemos el trato?

De fotos y madres perfectamente imperfectas

 

Sería bonito tener una foto de las dos sonriendo a la cámara,

posando en este preciso instante del día de la madre

–ese que se han inventado, pero al cual no renuncio-.

Una foto perfecta en su forma, en sus colores, como esas que

inundan las redes sociales en un día como hoy.

Pero esta foto es como la vida misma, perfectamente imperfecta.

Como nuestra cotidianidad hecha de carne y hueso.

De saliva, orina  y leche materna.

De ojeras y orejas para “escucharte mejor” como en los cuentos.

De sonrisas y cosquillas, sobre todo, los fines de semana por la mañana.

De motes inventados a partir de tu nombre

-siempre serás también un poco Marina a pesar de lo que diga tu partida de nacimiento-.

De cansancio y frustración, a dosis leves o mayores, por no llegar a todo.

De duermevelas y despertares nocturnos -¡y ya van quince meses!-.

De buscarme creativamente y de reencontrarme mientras juegas a las piezas.

De primeras veces, de dudas, de alegría, de paciencia –que a veces escasea-.

Mi linda niña, mi pequeña valquiria, gracias por tu compañía y por traerme alegría infinita.

Mi mami bonita, gracias por cuidar de Nadia y de mí con amor único y desmedido.

Vida, gracias porque a veces eres rotundamente bonita… Supongo que es tu manera de equilibrarte a ti misma cuando otras veces nos embistes, indómita y salvaje, mientras estamos desprevenidos. Tú, vida, como las madres y las fotos, también eres perfectamente imperfecta.

La mujer agua

A mi hermana Sandra, mujer tierra-mujer agua.

“La única constante es el cambio”

Hubo una vez una muchacha hecha de arena, brea y hierba que creció aferrada a la tierra, en un pequeño pueblo de la sierra. Ella, que se sentía enraizada al suelo que pisaba, era capaz de crear con sus manos preciosas vasijas y cuencos que llenaba de experiencias, amor y ternura y que vendía en su pequeño puesto callejero. Disfrutaba al ensuciarse las manos y dar forma a la suave argila bajo el sol de secano. De ahí que todo el mundo la conociera como la mujer tierra. Y así como creaba las piezas, se creaba a sí misma entre las sinuosidades de su torno en un intento de convertirse en pieza perfecta, bella y única a ojos ajenos. Al hacerlo, la tierra con sus aromas y tactos se transmutaba en la piel morena, los ojos verde canela y la cabellera oscura de la mujer. Sin embargo, con el tiempo, aquella vasija-cuerpo que contenía su alma empezó a resquebrajarse. Al principio, apenas fueron perceptibles algunas pequeñas grietas, más tarde algunas muescas en la superficie para, finalmente, acabar rota y desbordando todos los sentimientos y pensamientos que contenía. Porque, en el fondo, tras sus paredes de cuerpo-vasija se sentía vacía y encerrada en una vida que no era la que quería.

Aquella muchacha ansiaba salir de sus propias fronteras físicas de arcilla y montes para seguir buscándose en otras formas, en otros elementos para, tal vez, así alcanzar la tan anhelada libertad.

Por ello, abandonó valientemente lo conocido y la mujer tierra recorrió el mundo con pies descalzos y alma abierta. Se deslumbró con las maravillas del planeta madre y tuvo idilios varios con la vida. Sin embargo, seguía sintiendo su alma llena de un gran vacío que dolía, porque aún seguía aferrada a la tierra y encerrada por el peso de lo que había sido y lo que quería ser.

Cansada de tanto buscar, desesperar y no encontrar alivio, una tarde se sentó sobre la arena de la playa y observó el mar embravecido por la tormenta que amenazaba. Allí se sentía ínfima, perdida mientras las lágrimas le anegaban cuerpo y ánima. Se desnudó de hábitos y costumbres que aún arrastraba y se sumergió en el mar. Y allí en aquellas aguas empezó a notar que su cuerpo de arcilla, por fin, se deshacía y se fundía con el eterno líquido. Las olas, cada vez más turbulentas, la arrastraron hacia aguas profundas. Y allí, de repente, se encontró frente a frente con una ballena. La mujer tierra quiso gritar, asustada, pero no tuvo tiempo. Se miraron a los ojos y se reconocieron. Aquella gran ballena la invitó a subirse a su aleta dorsal y juntas recorrieron mares cercanos y océanos lejanos y así, por primera vez, la mujer tierra liberada del peso del cuerpo y del pensamiento encontró en el silencio del agua lo que tanto anhelaba: la paz del alma.

En el momento de la despedida, para su sorpresa, la ballena le transmitió unas palabras:

-Nunca más te sientas pequeña cual pececillo en el mar. Tú eres yo, fuerte y presente aquí y en cualquier océano. Recuérdalo siempre.

Y después de aquellas palabras, el oleaje la arrastró hacia orillas conocidas. Despertó en la arena con el alma anegada de algas y agua salada.  Nunca supo si aquel encuentro con la ballena había sido real o fruto de alguna ensoñación. Pero, lo cierto, es que desde aquel día cada vez que la tierra la consumía y quería reencontrarse con ella misma, se sumergía en el mar y allí como gran cetáceo recorría los mundos submarinos y hallaba a su alma de mujer agua.

Dicen que el día que murió la mujer tierra, algunos habitantes de su pueblo en la sierra vieron,  a lo lejos en el mar, a una ballena lamentar la perdida. Así que si algún día por esos océanos del mundo te encuentras frente a frente a una ballena, piensa que tal vez te haya venido a ver para recordarte la grandeza que habita en ti, como habitó en la mujer agua, como habita en cada uno de nosotros. Porque a veces al cambiar de estado, descubrimos nuestra verdadera esencia.

Tu primera vuelta al sol

Hoy, mi pequeña, cumples tu primera vuelta al sol. Tus primeros 365 días en este mundo nuestro, tus primeros 365 días en esta vida que estás creando a cada paso, a cada descubrimiento, a cada aprendizaje, a cada sonrisa, pero de la que aún no eres consciente.

Hace un año mi ya no pequeña desconocida te escribí una carta. Una carta con una propuesta de pacto en el que te proponía enseñarnos mutuamente en esa nueva vida que íbamos a estrenar. Tengo que confesarte que no sé si estamos cumpliendo ese pacto, pero creo que al menos lo intentamos. Ahora que cumples tu primer año de vida, tu primera vuelta al sol,  te vuelvo a escribir… Una carta por año como en una especie de promesa.

Este año he experimentado la auténtica montaña rusa de la vida. Desde que llegaste aquel seis de febrero bajo tu signo de acuario marcando el camino, tal vez, tu carácter, hemos vivido momentos de todo cariz. Nos subimos a un vagón juntas y en este devenir hemos pasado por momentos de intensidad y felicidad extrema a otros de caída en vacío. Hemos gritado de euforia y también de miedo al llegar a túneles oscuros -túneles que, seguramente, estaba destinada a pisar para conocerme y conocernos más. A veces me pregunto qué habrás sentido y pensando tú… Y es que, no voy a engañarte, esto de la maternidad es de una intensidad increíble. Digamos que todo se multiplica por cien, por mil, por un número que no soy capaz de calcular –pero es que ya sabes que yo soy más de letras. Y por ello, todos los sentimientos se engrandecen, todos los pensamientos se amplían, todo se vive de manera intensa e irracional. Como intensa e irracional eres tú aún, mi pequeña.

Ciertamente el tiempo ha pasado rápido, demasiado fugaz –tal como todo el mundo me aventuraba- y, al mismo tiempo, lento. Los primeros meses me dejé llevar por la cadencia de tu ritmo presente, por la burbuja del puerperio, rodeada de los míos, de mi tribu, aprendiendo a ejercer el nuevo papel que tenía. Después, poco a poco, ha tocado ir volviendo a la normalidad, pero, ay, amiga, es una normalidad diferente, poco tiene que ver con la de antes. Es una nueva realidad bonita y cansada a partes iguales. Ya ves, mi ya no pequeña desconocida, todo se mueve entre pares contradictorios, pero es que creo que de esto va la maternidad. De días de euforia a días de estupor; de días de yo puedo con todo a días de querer huir un rato; de noches de no dormir a noches de dormir algo más (dos noches enteras me has regalado, que ni tan mal, oye –léase mi ironía).

También ha sido momento de (re)descubrir las propias sombras que habitan en mí. Sorprenderme pensando cosas que nunca me había planteado. Cayendo en aquello que me prometí no hacer nunca. Y ante eso solo queda perdonarse, pero que difícil es a veces. Por fortuna, todos los malestares del alma se curan al verte. No dejo de maravillarme de lo que llega a palpitar el corazón con el sonido de tu risa. Lo iluminada que se ve la vida a través de tus ojos. Lo apasionante que se vive todo con cada aprendizaje tuyo. Ya, ves, lo que te digo. La maternidad es la contradicción hecha carne y sentimiento.

Este tiempo también ha servido para ver todo el amor que desborda la llegada de una vida nueva. Espero que, a tu manera inconsciente, hayas podido notar todo el cariño que te han dado. Hemos sido afortunadas porque nos hemos sentido tremendamente arropadas y acompañadas. Bien es cierto que en esto también existe la contradicción y algunas personas no aparecieron ni se las espera. Está bien. No pasa nada. Seguramente, no forman parte de nuestro camino, aunque a veces haya dolido un poquito.

Y aquí estamos en tu primera vuelta al sol y ¡fíjate lo que has cambiado! Naciste pequeñita, ya me lo habían aventurado, y te costó aferrarte a la fuente de vida que era el pecho, pero ¡ay, amiga, ahora es tu mejor aliado! Dejaste de ser pequeñita para pasar a ser una bebé comestible, de muslos y mejillas gorditas y tiernas. Ahora ya te estás estirando y poco a poco abandonando aquel estado primigenio en el que llegaste. Has dejado de ser la bebé estoica que lo aceptaba todo a mostrar tu carácter –eso es bueno, me dicen-. El pelo te ha ido creciendo, aunque aún escasea, y se te forman unos caracolillos muy graciosos que intuyo te harán el pelo algo rizado. Sigues manteniendo los ojos claros y tus pestañas larguísimas hacen sombra al sol –que sí, que los ojos son míos, aunque el resto sea de tu padre-. Te gusta especialmente la música y mueves los brazos al son de Vivaldi, Sia o Bollywood, sin miramientos. Te gusta el contacto, pero tampoco que te achuchen en demasía. Has pasado de escrutar con seriedad a los extraños a darte vergüenza cuando te dicen cosas. Eres tremendamente observadora y de risa contagiosa entre los tuyos. Como contagiosa es la vida contigo, pequeña…

Mi ya no pequeña desconocida, voy cerrando esta carta, dándote las gracias. Porque si algo me has traído, además de tu ser bonito, ha sido un profundo sentimiento de vida. Yo que anduve perdida durante cierto tiempo, he “vuelto” contigo con el firme deseo de ser la mejor versión de mí misma. Y eso te lo debo todo a ti. Solo espero no defraudarte y saber estar a la altura de tu ser íntimo. Un ser que tengo ganas de ir descubriendo y, sobre todo, respetando para que tú también puedas ser la mejor versión de ti misma, la que brille en todas las vueltas al sol que te esperan. ¿Lo intentamos, pequeña mía?

 

Ser. Tener. Triunfar.

El otro día tuve el placer de introducirme en una historia ajena –en  forma de película-, de esas que, de alguna manera, se te prenden en el interior y te las llevas, las incorporas a tu acervo personal como un pequeño tesoro. Era una historia íntima, de libros, sueños, luchas y pérdidas. Y como las buenas historias que te dejan poso, esta también lo hizo, especialmente, a raíz de una de las frases finales en el clímax dramático de la película (la transcribo tal como la recuerden, perdonen que la cita no sea exacta):

Ella logró su sueño, pero se lo arrebataron. Sin embargo, hay algo que no pudieron quitarle, algo que emanaba de su interior: su coraje.

He de admitir que salí tocada por esa historia personal, como si yo misma la hubiera vivido. En el camino de regreso a casa, donde me esperaba una pequeña que me hace vivir el presente y no me da tiempo a elucubraciones mentales, me dejé llevar por unos minutos por mis pensamientos, tal vez, como hacía tiempo. Y rememoré mis propios sueños, mis triunfos y caídas y no pude por menos que preguntarme: ¿qué significa triunfar?

Seguramente, si le hiciera esta pregunta a la Silvia de hace unos años, la respuesta hubiera sido diferente a la que ahora daría. Porque, en realidad, triunfar que es: ¿tener títulos académicos, tener el trabajo mejor remunerado,  tener la vivienda más bonita, tener pareja, tener familia, tener muchos seguidores, tener muchas ventas, tener…?  Siempre el verbo tener. Hace tiempo que ese verbo y yo no somos muy amigos, porque sé que ese no es mi camino.

Pero sigamos con lo que preguntaba: ¿qué es triunfar? Ahora que vuelven a estar de moda las operaciones triunfo y el valgo por lo que tengo, me enarbolo con la bandera del ser. Porque el tener pasa, el ser queda. Así que, aunque obviamente, uno prefiere tener un trabajo que le guste, a poder ser bien pagado –algo extraño en los tiempos que corren-, tener un lugar bonito en el que vivir, tener una vida compartida con alguien a quien quieres, yo ensalzo el ser. El ser buena persona en el sentido profundo -aunque a veces no esté de moda y sea mejor ser un poco hijo de puta-, el ser transparente, el ser coherente, el ser sensible, el ser amigo, el ser atento, el ser educado, el ser amable, en definitiva, el ser. Ser de presente. Ser y mirarte al espejo sin miedo a que las sombras te puedan. Ser y mirar de frente a los demás sin cuentas pendientes. Ser y mirar tu interior para descubrir que los valores que quieres para ti se están cultivando ahí adentro. Y entonces percibo que eso es triunfar: ese momento, aunque sea ínfimo, en que sientes paz contigo mismo, porque estás en el lugar que debes, haciendo lo que sientes –lo que te dicta ese ser tuyo y único. Ese es el verdadero triunfo. A veces, es un triunfo escurridizo; otras veces, lo puedes casi casi palpar. A veces, perdura en el tiempo, otras es imperceptible.

Tal vez, nos arrebaten sueños, tal vez, a ojos de los demás podamos ser perdedores. Nada de eso importa, porque siempre permanecerá lo que hay ahí dentro: ya sea tu coraje, tu valentía, tu ser y todo lo que eso conlleva. Porque todo eso es lo que transmitimos y, de alguna manera, lo que deja huella en la vida, en los demás, en el mundo. Y entonces da igual los triunfos y las caídas. Tú y tu historia también habrán prendido en la vida de otra persona y le harás pensar y reflexionar, tal vez, en sus propios sueños, en sus triunfos, en sus anhelos, en sus caídas, en su ser. Tal como hizo la Sra. Green conmigo un sábado a través de la pantalla de un cine. Como antes, había hecho en palabras Penelope Figtezarld, la escritora de la novela en la que se basa la película que vi.

Si hiciéramos un símil, siguiendo el tema libros, que preferirías ser: ¿libro leído y vivido, desgastado de las manos que lo han tocado, o un bestseller temporal? Y retomo la pregunta para finalizar: ¿qué es triunfar para ti?

Por cierto, por si aún os lo estáis preguntando, la película es “La librería” de Isabel Coixet. Os la recomiendo encarecidamente.