¿Hacemos un trato?

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A Malka.

Queridas creaciones mías aún no nacidas, hagamos un trato como decía Don Mario. Notaréis en mi petición una cierta premura, pero es que os escribo entre despertares nocturnos de esa niña mía que aún no sabe lo que es dormir una noche seguida. Por ello, sin más rodeos, me gustaría que pactáramos una tregua para volver a vosotros algún día y daros, entonces, vida. Me gustaría que me esperaseis a la otra vuelta de la página en blanco hasta que el tiempo me permita daros palabra. Solo ruego no perderme en este plazo que os solicito y que podamos reencontrarnos cuando el momento sea el adecuado.

Lo siento por esta distancia que ha surgido entre nosotros y os pido de antemano disculpas. Mi vida no me permite dedicaros el tiempo que merecéis para llegar a “ser” y traspasar la “simple” idea que sois hoy. Pensaros y no haceros me causa un desasosiego que tengo que aprender a sobrellevar.

A días, a momentos, me siento diluida en el mar de obligaciones y rutinas cotidianas y vosotros parecéis mi última prioridad de esa lista interminable. Nunca llego a vosotros, por mucho que lo intente, entre trabajo, crianza, estudios, casa.

Silvia, ¿dónde estás?, Silvia, ¿andas ahí?, me pregunto en ocasiones. Y a veces no obtengo respuesta, solo silencio que molesta, que estorba. Otras, surgen señales en forma de gatos negros que me recuerdan que ahí estoy,  intermitente, extraña, en algún lugar entre capas y capas de pensamientos, acciones e intenciones.

A días, a momentos,  criar y crear me parecen totalmente incompatibles, como dos opuestos que se gustan, que vienen del mismo lugar, que se tocan, que se anhelan, pero que nunca llegan a nada más que a un desearse en silencio y a echarse de menos.

Por eso, criaturas que habitáis mi mente: futuras “Carmesinas” y “Gatos Negros”, niñas descubriendo mundo, bailarinas y jóvenes que despiertan, dadme tiempo y espacio para encontrar la senda que me lleve a vosotros. Aunque no pueda ser ahora, aunque no pueda responderos y actuar en este presente efímero que vivimos. Sed indulgentes conmigo, no me abandonéis, no me juzguéis –de esa parte, ya me encargo yo solita. Sabed que os echo de menos, pero la vida me reclama en otros quehaceres. Quisiera estar presente en todos los lugares, en todos los frentes, arrullaros a vosotros también, como hago a mi niña, pero lo cierto –y asumirlo forma parte del proceso- es que ahora no puedo atenderos como merecéis. Esperadme, por favor, y, mientras, dadme alas sin culpa para crear recuerdos en mi pequeña, para criar con imaginación  y paciencia, para seguir trabajando –por fin- en algo que me motiva, porque mi corazón también me pide estar ahí y aún no he descubierto el don de duplicarme.

Nadie dijo que criar y crear fuera fácil –eso ya lo sabía-. Hoy se me antoja una utopía, una falsa expectativa, a la que igualmente me aferro como a las palabras escritas que me dan vida.

Todo pasa, todo llega… Hagamos el trato que os propongo y yo prometo dejaros a buen recaudo entre mis notas mentales y textuales hasta que los astros tengan a bien darnos la oportunidad de crearnos y de querernos mutuamente. Porque esto es cosa de dos: yo os doy palabra y vosotros me las devolvéis en forma de esencia de lo que soy.

¿Hacemos el trato?

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De fotos y madres perfectamente imperfectas

 

Sería bonito tener una foto de las dos sonriendo a la cámara,

posando en este preciso instante del día de la madre

–ese que se han inventado, pero al cual no renuncio-.

Una foto perfecta en su forma, en sus colores, como esas que

inundan las redes sociales en un día como hoy.

Pero esta foto es como la vida misma, perfectamente imperfecta.

Como nuestra cotidianidad hecha de carne y hueso.

De saliva, orina  y leche materna.

De ojeras y orejas para “escucharte mejor” como en los cuentos.

De sonrisas y cosquillas, sobre todo, los fines de semana por la mañana.

De motes inventados a partir de tu nombre

-siempre serás también un poco Marina a pesar de lo que diga tu partida de nacimiento-.

De cansancio y frustración, a dosis leves o mayores, por no llegar a todo.

De duermevelas y despertares nocturnos -¡y ya van quince meses!-.

De buscarme creativamente y de reencontrarme mientras juegas a las piezas.

De primeras veces, de dudas, de alegría, de paciencia –que a veces escasea-.

Mi linda niña, mi pequeña valquiria, gracias por tu compañía y por traerme alegría infinita.

Mi mami bonita, gracias por cuidar de Nadia y de mí con amor único y desmedido.

Vida, gracias porque a veces eres rotundamente bonita… Supongo que es tu manera de equilibrarte a ti misma cuando otras veces nos embistes, indómita y salvaje, mientras estamos desprevenidos. Tú, vida, como las madres y las fotos, también eres perfectamente imperfecta.

La mujer agua

A mi hermana Sandra, mujer tierra-mujer agua.

“La única constante es el cambio”

Hubo una vez una muchacha hecha de arena, brea y hierba que creció aferrada a la tierra, en un pequeño pueblo de la sierra. Ella, que se sentía enraizada al suelo que pisaba, era capaz de crear con sus manos preciosas vasijas y cuencos que llenaba de experiencias, amor y ternura y que vendía en su pequeño puesto callejero. Disfrutaba al ensuciarse las manos y dar forma a la suave argila bajo el sol de secano. De ahí que todo el mundo la conociera como la mujer tierra. Y así como creaba las piezas, se creaba a sí misma entre las sinuosidades de su torno en un intento de convertirse en pieza perfecta, bella y única a ojos ajenos. Al hacerlo, la tierra con sus aromas y tactos se transmutaba en la piel morena, los ojos verde canela y la cabellera oscura de la mujer. Sin embargo, con el tiempo, aquella vasija-cuerpo que contenía su alma empezó a resquebrajarse. Al principio, apenas fueron perceptibles algunas pequeñas grietas, más tarde algunas muescas en la superficie para, finalmente, acabar rota y desbordando todos los sentimientos y pensamientos que contenía. Porque, en el fondo, tras sus paredes de cuerpo-vasija se sentía vacía y encerrada en una vida que no era la que quería.

Aquella muchacha ansiaba salir de sus propias fronteras físicas de arcilla y montes para seguir buscándose en otras formas, en otros elementos para, tal vez, así alcanzar la tan anhelada libertad.

Por ello, abandonó valientemente lo conocido y la mujer tierra recorrió el mundo con pies descalzos y alma abierta. Se deslumbró con las maravillas del planeta madre y tuvo idilios varios con la vida. Sin embargo, seguía sintiendo su alma llena de un gran vacío que dolía, porque aún seguía aferrada a la tierra y encerrada por el peso de lo que había sido y lo que quería ser.

Cansada de tanto buscar, desesperar y no encontrar alivio, una tarde se sentó sobre la arena de la playa y observó el mar embravecido por la tormenta que amenazaba. Allí se sentía ínfima, perdida mientras las lágrimas le anegaban cuerpo y ánima. Se desnudó de hábitos y costumbres que aún arrastraba y se sumergió en el mar. Y allí en aquellas aguas empezó a notar que su cuerpo de arcilla, por fin, se deshacía y se fundía con el eterno líquido. Las olas, cada vez más turbulentas, la arrastraron hacia aguas profundas. Y allí, de repente, se encontró frente a frente con una ballena. La mujer tierra quiso gritar, asustada, pero no tuvo tiempo. Se miraron a los ojos y se reconocieron. Aquella gran ballena la invitó a subirse a su aleta dorsal y juntas recorrieron mares cercanos y océanos lejanos y así, por primera vez, la mujer tierra liberada del peso del cuerpo y del pensamiento encontró en el silencio del agua lo que tanto anhelaba: la paz del alma.

En el momento de la despedida, para su sorpresa, la ballena le transmitió unas palabras:

-Nunca más te sientas pequeña cual pececillo en el mar. Tú eres yo, fuerte y presente aquí y en cualquier océano. Recuérdalo siempre.

Y después de aquellas palabras, el oleaje la arrastró hacia orillas conocidas. Despertó en la arena con el alma anegada de algas y agua salada.  Nunca supo si aquel encuentro con la ballena había sido real o fruto de alguna ensoñación. Pero, lo cierto, es que desde aquel día cada vez que la tierra la consumía y quería reencontrarse con ella misma, se sumergía en el mar y allí como gran cetáceo recorría los mundos submarinos y hallaba a su alma de mujer agua.

Dicen que el día que murió la mujer tierra, algunos habitantes de su pueblo en la sierra vieron,  a lo lejos en el mar, a una ballena lamentar la perdida. Así que si algún día por esos océanos del mundo te encuentras frente a frente a una ballena, piensa que tal vez te haya venido a ver para recordarte la grandeza que habita en ti, como habitó en la mujer agua, como habita en cada uno de nosotros. Porque a veces al cambiar de estado, descubrimos nuestra verdadera esencia.

Tu primera vuelta al sol

Hoy, mi pequeña, cumples tu primera vuelta al sol. Tus primeros 365 días en este mundo nuestro, tus primeros 365 días en esta vida que estás creando a cada paso, a cada descubrimiento, a cada aprendizaje, a cada sonrisa, pero de la que aún no eres consciente.

Hace un año mi ya no pequeña desconocida te escribí una carta. Una carta con una propuesta de pacto en el que te proponía enseñarnos mutuamente en esa nueva vida que íbamos a estrenar. Tengo que confesarte que no sé si estamos cumpliendo ese pacto, pero creo que al menos lo intentamos. Ahora que cumples tu primer año de vida, tu primera vuelta al sol,  te vuelvo a escribir… Una carta por año como en una especie de promesa.

Este año he experimentado la auténtica montaña rusa de la vida. Desde que llegaste aquel seis de febrero bajo tu signo de acuario marcando el camino, tal vez, tu carácter, hemos vivido momentos de todo cariz. Nos subimos a un vagón juntas y en este devenir hemos pasado por momentos de intensidad y felicidad extrema a otros de caída en vacío. Hemos gritado de euforia y también de miedo al llegar a túneles oscuros -túneles que, seguramente, estaba destinada a pisar para conocerme y conocernos más. A veces me pregunto qué habrás sentido y pensando tú… Y es que, no voy a engañarte, esto de la maternidad es de una intensidad increíble. Digamos que todo se multiplica por cien, por mil, por un número que no soy capaz de calcular –pero es que ya sabes que yo soy más de letras. Y por ello, todos los sentimientos se engrandecen, todos los pensamientos se amplían, todo se vive de manera intensa e irracional. Como intensa e irracional eres tú aún, mi pequeña.

Ciertamente el tiempo ha pasado rápido, demasiado fugaz –tal como todo el mundo me aventuraba- y, al mismo tiempo, lento. Los primeros meses me dejé llevar por la cadencia de tu ritmo presente, por la burbuja del puerperio, rodeada de los míos, de mi tribu, aprendiendo a ejercer el nuevo papel que tenía. Después, poco a poco, ha tocado ir volviendo a la normalidad, pero, ay, amiga, es una normalidad diferente, poco tiene que ver con la de antes. Es una nueva realidad bonita y cansada a partes iguales. Ya ves, mi ya no pequeña desconocida, todo se mueve entre pares contradictorios, pero es que creo que de esto va la maternidad. De días de euforia a días de estupor; de días de yo puedo con todo a días de querer huir un rato; de noches de no dormir a noches de dormir algo más (dos noches enteras me has regalado, que ni tan mal, oye –léase mi ironía).

También ha sido momento de (re)descubrir las propias sombras que habitan en mí. Sorprenderme pensando cosas que nunca me había planteado. Cayendo en aquello que me prometí no hacer nunca. Y ante eso solo queda perdonarse, pero que difícil es a veces. Por fortuna, todos los malestares del alma se curan al verte. No dejo de maravillarme de lo que llega a palpitar el corazón con el sonido de tu risa. Lo iluminada que se ve la vida a través de tus ojos. Lo apasionante que se vive todo con cada aprendizaje tuyo. Ya, ves, lo que te digo. La maternidad es la contradicción hecha carne y sentimiento.

Este tiempo también ha servido para ver todo el amor que desborda la llegada de una vida nueva. Espero que, a tu manera inconsciente, hayas podido notar todo el cariño que te han dado. Hemos sido afortunadas porque nos hemos sentido tremendamente arropadas y acompañadas. Bien es cierto que en esto también existe la contradicción y algunas personas no aparecieron ni se las espera. Está bien. No pasa nada. Seguramente, no forman parte de nuestro camino, aunque a veces haya dolido un poquito.

Y aquí estamos en tu primera vuelta al sol y ¡fíjate lo que has cambiado! Naciste pequeñita, ya me lo habían aventurado, y te costó aferrarte a la fuente de vida que era el pecho, pero ¡ay, amiga, ahora es tu mejor aliado! Dejaste de ser pequeñita para pasar a ser una bebé comestible, de muslos y mejillas gorditas y tiernas. Ahora ya te estás estirando y poco a poco abandonando aquel estado primigenio en el que llegaste. Has dejado de ser la bebé estoica que lo aceptaba todo a mostrar tu carácter –eso es bueno, me dicen-. El pelo te ha ido creciendo, aunque aún escasea, y se te forman unos caracolillos muy graciosos que intuyo te harán el pelo algo rizado. Sigues manteniendo los ojos claros y tus pestañas larguísimas hacen sombra al sol –que sí, que los ojos son míos, aunque el resto sea de tu padre-. Te gusta especialmente la música y mueves los brazos al son de Vivaldi, Sia o Bollywood, sin miramientos. Te gusta el contacto, pero tampoco que te achuchen en demasía. Has pasado de escrutar con seriedad a los extraños a darte vergüenza cuando te dicen cosas. Eres tremendamente observadora y de risa contagiosa entre los tuyos. Como contagiosa es la vida contigo, pequeña…

Mi ya no pequeña desconocida, voy cerrando esta carta, dándote las gracias. Porque si algo me has traído, además de tu ser bonito, ha sido un profundo sentimiento de vida. Yo que anduve perdida durante cierto tiempo, he “vuelto” contigo con el firme deseo de ser la mejor versión de mí misma. Y eso te lo debo todo a ti. Solo espero no defraudarte y saber estar a la altura de tu ser íntimo. Un ser que tengo ganas de ir descubriendo y, sobre todo, respetando para que tú también puedas ser la mejor versión de ti misma, la que brille en todas las vueltas al sol que te esperan. ¿Lo intentamos, pequeña mía?

 

Ser. Tener. Triunfar.

El otro día tuve el placer de introducirme en una historia ajena –en  forma de película-, de esas que, de alguna manera, se te prenden en el interior y te las llevas, las incorporas a tu acervo personal como un pequeño tesoro. Era una historia íntima, de libros, sueños, luchas y pérdidas. Y como las buenas historias que te dejan poso, esta también lo hizo, especialmente, a raíz de una de las frases finales en el clímax dramático de la película (la transcribo tal como la recuerden, perdonen que la cita no sea exacta):

Ella logró su sueño, pero se lo arrebataron. Sin embargo, hay algo que no pudieron quitarle, algo que emanaba de su interior: su coraje.

He de admitir que salí tocada por esa historia personal, como si yo misma la hubiera vivido. En el camino de regreso a casa, donde me esperaba una pequeña que me hace vivir el presente y no me da tiempo a elucubraciones mentales, me dejé llevar por unos minutos por mis pensamientos, tal vez, como hacía tiempo. Y rememoré mis propios sueños, mis triunfos y caídas y no pude por menos que preguntarme: ¿qué significa triunfar?

Seguramente, si le hiciera esta pregunta a la Silvia de hace unos años, la respuesta hubiera sido diferente a la que ahora daría. Porque, en realidad, triunfar que es: ¿tener títulos académicos, tener el trabajo mejor remunerado,  tener la vivienda más bonita, tener pareja, tener familia, tener muchos seguidores, tener muchas ventas, tener…?  Siempre el verbo tener. Hace tiempo que ese verbo y yo no somos muy amigos, porque sé que ese no es mi camino.

Pero sigamos con lo que preguntaba: ¿qué es triunfar? Ahora que vuelven a estar de moda las operaciones triunfo y el valgo por lo que tengo, me enarbolo con la bandera del ser. Porque el tener pasa, el ser queda. Así que, aunque obviamente, uno prefiere tener un trabajo que le guste, a poder ser bien pagado –algo extraño en los tiempos que corren-, tener un lugar bonito en el que vivir, tener una vida compartida con alguien a quien quieres, yo ensalzo el ser. El ser buena persona en el sentido profundo -aunque a veces no esté de moda y sea mejor ser un poco hijo de puta-, el ser transparente, el ser coherente, el ser sensible, el ser amigo, el ser atento, el ser educado, el ser amable, en definitiva, el ser. Ser de presente. Ser y mirarte al espejo sin miedo a que las sombras te puedan. Ser y mirar de frente a los demás sin cuentas pendientes. Ser y mirar tu interior para descubrir que los valores que quieres para ti se están cultivando ahí adentro. Y entonces percibo que eso es triunfar: ese momento, aunque sea ínfimo, en que sientes paz contigo mismo, porque estás en el lugar que debes, haciendo lo que sientes –lo que te dicta ese ser tuyo y único. Ese es el verdadero triunfo. A veces, es un triunfo escurridizo; otras veces, lo puedes casi casi palpar. A veces, perdura en el tiempo, otras es imperceptible.

Tal vez, nos arrebaten sueños, tal vez, a ojos de los demás podamos ser perdedores. Nada de eso importa, porque siempre permanecerá lo que hay ahí dentro: ya sea tu coraje, tu valentía, tu ser y todo lo que eso conlleva. Porque todo eso es lo que transmitimos y, de alguna manera, lo que deja huella en la vida, en los demás, en el mundo. Y entonces da igual los triunfos y las caídas. Tú y tu historia también habrán prendido en la vida de otra persona y le harás pensar y reflexionar, tal vez, en sus propios sueños, en sus triunfos, en sus anhelos, en sus caídas, en su ser. Tal como hizo la Sra. Green conmigo un sábado a través de la pantalla de un cine. Como antes, había hecho en palabras Penelope Figtezarld, la escritora de la novela en la que se basa la película que vi.

Si hiciéramos un símil, siguiendo el tema libros, que preferirías ser: ¿libro leído y vivido, desgastado de las manos que lo han tocado, o un bestseller temporal? Y retomo la pregunta para finalizar: ¿qué es triunfar para ti?

Por cierto, por si aún os lo estáis preguntando, la película es “La librería” de Isabel Coixet. Os la recomiendo encarecidamente.

Carta de un hasta siempre, por el gato Play

Seguramente, esta será la última vez que le dé palabra a Play –a mi Playete-. Hubo un tiempo en que hasta tuvo un blog en el que yo escribía las anécdotas que vivía y experimentaba Play en su vida entre humanos. Fue un divertimento que me permitió acercarme y aprender aún más de los gatos y creo que en ello hubo la simiente del personaje de Gato Negro. Hoy me tomo la libertad, Playete, de darte voz y palabra una vez más, espero que no te moleste. Es mi homenaje para despedirme de ti de una manera sosegada, de la mejor manera que yo sé, la de escribirte.

Carta de un hasta siempre

“Hoy miércoles 13 sería mi cumpleaños. ¡Seguro que si hubiera sido un martes 13, la buena suerte me hubiera acompañado! Hubiera sido una gran celebración. Hay quién dice que cumpliría 17 años, pero creo recordar que en mi cartilla del veterinario, aquella que me dieron al nacer y adoptarme ponía que había nacido en el 2001. Poco importa, año más o año menos. En definitiva, hoy sería mi día y, aunque no lo será tal como esperabais, no quiero que estéis tristes y, por eso, os escribo esta carta. He visto en estos días muchos mensajes de ánimo y recuerdo y algunas lágrimas de mis más allegados. Tranquilos, no sufráis, estoy muy bien acompañado. Carmesina está conmigo. Me ha dicho que ahora más que nunca ya seré Gato Negro y que permaneceré inmortal en los libros y cuentos. A veces no la entiendo del todo, pues yo solo fui y seré un simple gato negro, pero ella me ha dicho “que hay muchas cosas que yo no sé” –una frase que no sé de qué me suena- y que para nada fui un simple gato negro. Dice que fui la simiente de muchas cosas.

El caso es que yo de simientes poco sé, vamos, que no tengo dotes de jardinería y de mí no ha crecido ningún árbol ni ninguna flor. Sin embargo, ella dice que de mí nació todo un mundo de colores, repleto de personajes fantásticos, pero muy humanos y con unas historias que han emocionado a muchísimas personas. ¡Uau, le oigo decir eso y se me ponen mis pelos negros de punta y ronroneo de gusto! ¿Será verdad?

Yo solo sé que nací en una camada sin mucho futuro, pero que me adoptaron una pareja de chicos, uno rubio y otro moreno, y que, a partir de ese momento, mi destino cambió. He vivido en un estudio de diseño y eso ha hecho que las haya visto pasar de muchas formas y colores. Ha habido épocas inocentes, otras felices, otras más complicadas y algún que otro día de tragedia también por septiembre –que lloré por dentro para no preocupar a nadie. He visto pasar a muchas personas y, por tanto, he repartido mucho amor, igual que el que me han dado. Eso sí, unos más que otros, porque no a todo el mundo le puedo caer igual de bien. Y sí, también los hubo, que me tenían alergia, que le vamos a hacer.

Los años han pasado rápido y lento, con la extraña sensación de entender a veces a los humanos y de reafirmarme cada vez más que me encantaba ser gato. Ciertamente, a veces os he envidiado ciertas cosas, como, por ejemplo, que pudierais esbozar sonrisas–a los gatos no se nos han concedido ese placer-, pero, en general, me he sentido cómodo en mi pellejo y pelo. Pero, sobre todo, me he sentido muy querido, quiero insistir en este punto. He tenido muchas y muchos enamorados, he camelado a más de una con mis ronroneos y mis paseos por los regazos, he hecho enfadar alguna vez bebiendo de vasos ajenos y pisando teclados de trabajo, pero también he provocado sonrisas con mis colocones con el pegamento de las tiras de los sobres, mis maullidos por la lata de los viernes o mis cabezazos de amor cuando alguien estaba triste. He sido un gato feliz y he cumplido con mi misión: dar cariño a quién se cruzara por mi camino. No pretendía nada más.

Pero Carmesina dice que he trascendido y que queréis que os diga, yo sigo sin entenderla. Pero ella dice que ya lo entenderé. Que he sido inspiración –esto ya me lo dijo varias veces una de mis mayores enamoradas- y que gracias a mí muchas personas han aprendido a ver de otra manera a los gatos negros. ¡Vaya honor me han concedido! Así que si me echáis de menos o, simplemente, me queréis recordar, viajad al mundo de los colores olvidados que habita en sus libros y allí estaré. De hecho, aquí ando, en este mundo de cuentos y no sé está tan mal, aunque no sé si aquí habrá latita los viernes. Tendré que averiguarlo… Supongo que igual que le cogí el punto a los humanos, ahora me toca hacerlo con los personajes de cuento.

Y ahora me he despedir con un hasta siempre, que los adioses son demasiado contundentes. Carmesina me llama. Dice que como Gato Negro tengo aún muchas aventuras por vivir y eso que yo ya he quemado mis siete vidas. Vamos a ver qué es lo que nos espera. Simplemente, quería daros las gracias a los más cercanos por cuidarme y quererme tanto. Con alguno de vosotros nos volveremos a ver en vidas futuras, tenedlo claro. Y a todos los que me habéis conocido en la distancia, gracias por hacerme vuestro. Vuestro siempre, Playete, ahora por siempre, Gato Negro”.

 

Ilustración David G. Forés

Estreno nuevo proyecto con Leónidas: vídeo-cuentos para los más pequeños.

Por fin puedo volver por estos lares míos para explicaros que tengo mano a mano un pequeño gran proyecto con mi amiga Elia (la persona que se esconde bajo la marca handmade Maripili).

Pero  vamos paso por paso. Elia es una crafter en toda regla, lo que diríamos en castellano una artesana como la copa de un pino. Tanto te dibuja, te cose, te pinta y así un largo etc. Una de las pequeñas maravillas que hace son unos muñecos de fieltro que cose puntada a puntada y que transforma en broches u otros complementos.

No creáis que me estoy yendo por las ramas –aunque sé que tengo tendencia a ello-. Todo esto que os explico me lleva a una idea que tuvo Elia y que consistía en darle vida a sus muñecos de fieltro en forma de vídeo-cuento. Y aquí entra una servidora. Elia, como buena amiga y siempre dispuesta a animarme en mi escritura, me sugirió que le creara un cuento.

Y de aquí surgió  Leónidas, este cuento protagonizado por un león que no sabe cómo demostrar su cariño. Escribí el cuento en plena cuarenta –ese temido periodo tras el parto- y en él, indefectiblemente, se colaron algunas de las vivencias que yo estaba experimentando. Por aquel entonces, estaba descubriendo que era eso de los cólicos, de los despertares nocturnos, de las dificultades para entender lo que le ocurre a tu pequeño cuando llora o está inquieto… Y de esa, a veces, frustrante sensación de no saber qué hacer surgió Leónidas, ese rey león que no es capaz de dormir a su cría. Después vino el resto del cuento y los muñecos de Elia me ayudaron a crear la historia y darle un mensaje positivo a aquel cuento. Así vuelvo a mi camino de la literatura infantil que inauguré con las adaptaciones de Los colores olvidados.

A Elia le gustó el relato y se puso manos a la obra.Primero, creó los personajes, cosiéndolos poquito a poco, y luego adaptó el cuento y montó el vídeo.

Y aquí lo tenéis. ¡Tachán, tachán! Todo un placer enseñaros a este Leónidas.

El cuento está pensando para niños pequeños (de entre 2-5 años) –y es que por lo que he podido observar en lo que llevo de mi corta vida como madre, es poderoso el atractivo de una pantalla para un bebé/niñ@-. Pero, sin duda, yo aconsejo que puedan verlo los peques con algún adulto. De esta manera, aunque sea a través de una pantalla se mantiene el vínculo del momento del cuento entre adulto y niñ@ y después del visionado podéis comentar los personajes y sus actitudes, la historia, etc.

Además, ya podéis ver también la versión en inglés y catalán.

Anunciaros que dentro de poco encontraréis el vídeo-cuento en otros idiomas. Y esperemos que no sea el último… Quién sabe, tal vez, algún día podáis leer el cuento en papel o jugar con estos muñecos hechos marionetas. Cada cosa a su tiempo. Por el momento, ya estamos pensando en el siguiente y el protagonista no puede ser más chulo y astuto. ¿Adivináis cuál es?