Una educación

Si tuviera que resumir esta reseña en una frase sería: ¡Tenéis que leer este libro! Así, tal cual, entre exclamaciones y sin titubeos. Pero como esto solo da para un tweet y a mí me gusta escribir más, voy a tratar de explicaros porque “Una educación” debe formar parte de vuestras próximas lecturas. Y voy a redactar esta reseña entorno al número dos: las dos circunstancias vitales que me han acompañado durante la lectura, las dos vidas de Tara Westover, la autora del libro, y las dos cosas que más destaco de la obra. Todo para llegar a la conclusión de antes: ¡Tenéis que leer este libro!

Para empezar debo decir que hace tiempo que iba leyendo elogio tras elogio dedicados a este libro. Así que le eché un ojo, me quedé con su nombre, pero acabé olvidándolo en mi lista de pendientes. Sin embargo, y ahí va la primera circunstancia o casualidad, y es que cuando ya lo tenía medio olvidado justo aparece en mi biblioteca. Les acaba de llegar, lo estaban catalogando y yo estaba en ese preciso instante allí. Pedí que me lo reservaran –gracias Candi- y tres días después ya estaba en mis manos.  Inicié la lectura con tremenda curiosidad y, en seguida, me percaté que en mis manos no tenía solo un libro, sino algo más valioso, la vida de su autora. Porque “Una educación” no es una novela de ficción, es la autobiografía de una mujer que de apenas 32 años.

Podría parecer poca vida para escribir una autobiografía, ¡pero qué existencia! No os adelanto nada –se explica en la contraportada- que Tara vivió una infancia reprimida por una familia mormona, donde el padre, un paranoico-conspirador, le hizo vivir dentro de una pesadilla, donde no tenía cabida ni ir a la escuela ni visitar al médico. En plena adolescencia, Tara quiso empezar a estudiar y haciendo frente a toda su familia, a sí misma y a todas las creencias que le habían inculcado, empezó su propia educación. Una educación que la llevó de descubrir con diecisiete años que era el holocausto a graduarse en Cambridge diez años después. Una historia de resiliencia y superación constante.

Me han gustado muchísimas cosas de la obra de Tara, pero hay dos que me han impactado: la curiosidad innata como motor vital y educacional y la reflexión entorno a la necesidad de renunciar a una parte de uno mismo y de la familia para volar alto.

En estos días –y aquí va la segunda coincidencia o casualidad que ha rodeado mi lectura además de encontrar el ejemplar en la biblioteca-, he empezado a buscar escuela para Nadia y me he preguntado mil veces en el periplo de jornadas de puertas abiertas de los colegios, cual es la educación “perfecta”. Tara con su libro me ha dado la respuesta: aquella que incentive la curiosidad por aprender, por crecer, por superarse, por pensar en libertad. Porque precisamente eso fue lo que hizo Tara, escuchar esa curiosidad innata que sentía y dejarla brotar. Solo con esas ganas de aprender, uno es capaz de superar lo que la protagonista vivió en su propia familia con la violencia, el miedo, el desconocimiento, la paranoia, la falta de libertad y el dolor físico y moral.

Y aquí entra el segundo punto que me ha gustado especialmente, la reflexión que se traspua de cómo, a veces, para crecer necesitamos abandonar lo que fuimos, abandonar a nuestra familia por mucho que duela –a Tara esto le dolía a veces tanto o más que las palizas a las que le sometía su hermano, las palabras castrantes de su padre o la ausencia de la protección materna. Porque, en definitiva, para metamorfosearnos y ser lo que deseamos ser, muchas veces, necesitamos romper con los condicionantes impuestos, con el pasado, con lo que nos lastra.

Toda esta infancia y lucha por una educación es explicada por Tara con un tono sereno, como si hubiera sido capaz de tomar distancia de su propia vida, pero al mismo tiempo, ahondando en sus pensamientos y alma de una manera descarnada. Tara hace un ejercicio de memoria equilibrado entre hechos y sentimientos que nos regala entereza y fuerza a nosotros como lectores.

Leed a Tara, leed “Una educación”, porque de alguna manera, vosotros también viviréis una pequeña transformación tras hacerlo. Parafraseándola: «Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación.»

Os dejo con una entrevista que tuvo lugar en la gira de presentación del libro, por si os ha picado la curiosidad saber más de la historia de Tara.

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Hagamos historia. Cambiemos la historia.

Hace un par de días estaba pensando en cómo podría recordar desde este pequeño rincón que es mi blog el próximo día 8 de marzo. Enseguida pensé en Griselda y Bella, porque, en cierta manera, me enseñaron a ver el mundo desde un prisma feminista. Entonces se me ocurrió imaginar que, tras tiempo sin saber la una de la otra, Bella decide contactar con Griselda porque todo el movimiento del 8 de marzo, inevitablemente, le ha recordado a la propia historia que compartieron. Escribí esta carta que ahora leeréis como homenaje a esos dos personajes que creo que tienen mucho de todas. Acto seguido pensé que era una tontería publicarla en el blog. Tal vez, nadie recordaría ya a estas dos exprincesas o ni siquiera sabrían de su existencia. Entonces, ayer, de repente, vi un vídeo de Karol Conti la librera de El gato de Chesire (Zaragoza) que aún hoy recomendaba “El despertar”. Fue como ese toque de atención, ese pequeño empuje que necesitaba, para decidir publicarla. Por eso, os la dejo, para quien lo tenga a bien, pueda leerla, recordar a estas dos muchachas y, tal vez, contagiarse de ese espíritu de libertad, cambio y revolución que transmitieron con su historia. Porque todas podemos escribir nuestra propia historia. Porque todas podemos hacer historia y cambiar la historia.

“Querida Griselda,

Seguramente, recibir esta carta te produzca sorpresa. Después de tanto tiempo sin hablar, sin apenas mantener el contacto más allá de cuatro palabras escritas y un par de llamadas, aquí estoy, amiga. Sí, espero que sigas considerándome tu amiga a pesar de mis idas y venidas –bueno, sobre todo, mis idas.

Estos días atrás pensaba mucho en ti. En la aventura que compartimos para lograr escapar del cuento que nos habían impuesto y buscarnos a nosotras mismas y nuestra propia historia.

Desde entonces yo  he seguido buscándome… Y de tanto buscarme, a veces, pienso que aún me he perdido más.  ¡Qué exagerada soy, amiga! Lo que sí es cierto, es que me he hallado un centenar de veces, y un centenar de veces me he vuelto a perder. ¿Pero no es acaso eso la vida? Sin embargo, hoy voy a elucubrar más sobre esto… Como te decía, pensaba estos días en nuestra aventura por el mundo real ahora que tanto se habla de patriarcado y feminismo. No dejo de pensar en nuestro escritor y en cómo logramos superar el poder que ejercía sobre nosotras, cómo fuimos capaces de cambiar la historia/vida que quería imponernos.

También recuerdo nuestros deseos ardientes de ser nosotras mismas y de no tener que ejercer el papel que habían escrito para nosotras. Ahora que encuentras princesas que no quieren serlo y se rebelan en casi cada esquina y librería, no dejo de pensar que, en cierto modo, hace años, fuimos un poco pioneras. Entonces no existía la moda de las princesas rebeldes, solo había un par, una que se tiraba pedos y otra que no quería comerse las perdices del final de su cuento. ¡Es genial que, al fin, no seamos las únicas en pensar de un modo más libre!

También recuerdo el despertar hacia mi nueva identidad sexual. Aquello que despertó cierto revuelo y que hoy ya aparece en muchas historias, en decenas de páginas de la literatura infantil y juvenil y en manifestaciones y pancartas que crispan a las mentes más opacas y reaccionarias.

Por supuesto, también viene a mi memoria nuestra amistad, sincera y respetuosa, donde cada una siendo diferentes, nos entendíamos y nos ayudábamos. No había espacio para suspicacias, celos o rivalidades. En la calle, codo a codo, éramos mucho más que dos, ¿recuerdas? ¿Acaso no era eso lo que hoy llaman sororidad?

Y cuando veo que se acerca el 8 de marzo y que se suceden acto, huelgas y manifestaciones, también pienso en nuestros sueños y deseos, pizarra en mano, de construir una sociedad mejor donde no hubiera necesidad de  princesas, ni de príncipes –y si me apuras de unicornios. Donde lo que prevaleciera fuera la búsqueda de uno mismo, de su esencia. ¿No es, en cierta manera, Gris, lo que está ocurriendo, esta revolución feminista, aquello que soñamos e imaginamos?

Amiga, compañera de batallas emocionales y cambios sociales, gracias por haber estado y haber formado parte de mi propia evolución.  Me encantaría que pudiéramos encontrarnos este próximo día ocho y celebrar y celebrarnos como amigas y compañera y reivindicar nuestro lugar en el mundo. Y quién sabe, tal vez, seguir soñando con ese mundo que un día imaginamos y al que aún le queda mucho por cambiar y alcanzar. Si te apetece, nos vemos entre esa marea de mujeres –y ojalá también de hombres- este próximo día ocho. Me reconocerás porque sigo sin llevar tacones, solo bambas, que ya sabes que siempre me ha podido la comodidad  en el calzado. La otra, la comodidad personal, la perdí cuando me encontré.

Siempre tuya, siempre nuestra.

Bella”

Nadie me dijo: crear y criar

Hace días que tengo ganas de presentaros este libro, pero entre niña y trabajo, a veces me queda muy poco tiempo para sentarme y escribir cuatro líneas. Y, precisamente, de criar y crear va este libro tan especial: Nadie me dijo, de Hollie McNish, editado por La señora Dalloway.

No quisiera cansaros con el tema de la maternidad, pero es obvio que ser madre supone una gran revolución, un gran tsunami emocional para las mujeres. Y, obviamente, yo no escapo a ello. Es curioso porque recuerdo que cuando yo estaba embarazada me juré y perjuré que no leería libros de maternidad, ni crianza ni educación, porque ¿cómo iba a leer esos libros teniendo una lista interminable de obras de ficción pendientes de ser leídas?  Ah, pero, la maternidad es así, contradictoria, ambivalente, y aquí estoy yo devorando libros de pedagogía y ahora de maternidad y crianza desde el punto de vista de la mujer y de lo que ocurre en su pensamiento, cuerpo y alma durante esa etapa.  

Por eso, me acerqué a Nadie me djio de la poeta Hollie McNish, ya que se trata de un diario salpicado de poemas que escribió, durante su embarazo y los tres primeros años de su hija, con el objetivo de hablar de la realidad de la maternidad y explicarnos todo aquello que nadie nos cuenta –o nos cuentan poco.  De hecho, pensándolo bien, yo que renegaba de este tipo de libros ¿no es en el fondo la maternidad una gran historia en si misma? Quien necesita historias ficcionadas, cuando este tema es una de las historia más grandes jamás contada y que poco se refleja en la literatura… Pero de eso ya hablaremos otro día.

Así que en esta fase de intentar entenderme en mi nuevo papel y buscando libros sobre maternidad, hallé a Hollie y fue como hallar a una amiga con la que te sientes acompañada, comprendida y, que en las largas noches de no dormir, te abraza suavemente con sus palabras y sus versos. En definitiva, fue como encontrarme un poco a mí misma. 

Valoro en esta obra tan sincera la franqueza de sus palabras y sus pensamientos tan cercanos a cualquier madre que esté criando. Aquí no hay medias tintas y el diario de Hollie –que podría ser el diario de cualquier madre en cuanto a sentimientos explorados  y experiencias compartidas- está lleno de realidad y de humor, de dolor y de alegría, en un juego de contradictorios propios de la maternidad y la crianza.

Sus poemas desmitifican tópicos y reflejan inquietudes del día a día de las madres primerizas–y creo que no solo de esas-: la burbuja del puerperio, la fascinación hacia la lactancia, la búsqueda (frustrante) de tiempo personal, la realización creativa como mujer/madre, la responsabilidad de la crianza en esta sociedad dominada por los machismos, el marketing y la publicidad, la conquista del espacio personal con el tiempo, los prejuicios sociales, el sexo postbebés y así un largo etcétera.

Los elementos que más me han gustado de esta obra han sido la visión y el tono que ha planteado McNish, ni edulcorado ni dramático, sino de un frágil equilibrio –pero equilibrio posible, al fin y al cabo- entre las luces y las sombras, que supone la revolución personal de la maternidad.  Y, por supuesto, me ha alentado profundamente ver como la autora siguió su periplo creativo, poco a poco, mientras criaba los primeros años, a pesar de dormir poco y del cansancio permanente. Criar y crear es posible. Nadie dijo que fuera fácil, ninguna de las dos cosas lo es por separado, y menos, cuando van de la mano. Pero, sin duda, la experiencia de la maternidad también da impulso y energía para recordar nuestros propios deseos. Solo necesitamos algo de ese escaso tiempo que a veces se nos niega los primeros años de crianza.

Si tenéis a alguna amiga que próximamente vaya a ser madre, dejaros de regalarle canastillas ni libros sobre cuidados del bebé, regalarle Nadie me dijo y será el mejor compañero de viaje en los largos y fascinantes días de la crianza. Y si ya has sido madre, hace más o menos tiempo, el diario de McNish te devolverá y reconciliará con esa madre primeriza y perdida que un día fuiste.

Te dejo con uno de los poemas de Hollie McNish sobre la lactancia materna
(está en inglés).

Tu segunda vuelta al sol

Otra vez aquí estoy con mis palabras para cumplir la promesa de escribirte una carta en cada uno de tus cumpleaños. Empezó como una bienvenida y hoy ya celebramos tu segunda vuelta al sol. ¡Menudo y trepidante año, ¿verdad, pequeña mía?!

Ha sido el año de las primeras veces: de aprender a andar y echar a correr –y si te he visto no me acuerdo-; de tus primeras palabras –aun algo escasas, pero ya te lanzarás de pleno-; de tu primera “escoleta” con sus pros y sus contras –y mis debates internos-; de explotar con el juego simbólico y disfrutar con los cuentos; de convertirte en recolectora y admirar cada flor, cada piedra, cada fruto a tu paso.

Ha sido el año de no dormir ni una noche seguida –y no veas lo que agota-; de seguir con la lactancia materna; de descubrir la arena, el mar y correr tras las olas; de volar en avión y viajar a los mares del Norte;  de probar experiencias nuevas y establecer rutinas.

Ha sido el año en el que el destino nos trajo una mala noticia. Lo que siempre decimos, tú propones , pero la vida dispone. Y durante el tiempo de la incertidumbre, del miedo, de las sesiones de quimio, tú has sido la mejor medicina para él, para todos. Tú has sido luz y faro en los días oscuros, tú has sido aliento para dejar pasar el tiempo y que la vida fuera eso, precisamente, vida.

Ha sido el año donde has dejado de ser definitivamente una bebé para erigirte en cuerpecillo de niña a medio hacer; de crecerte los rizos y la risa contagiosa; de practicar juegos de miradas; de ir poniendo nombre al mundo aunque sea a base de onomatopeyas.

Y yo te he ido acompañando en toda esta evolución de tus uno a tus dos, a días mejor, a días peor –sobre todo, a noches peor-. No he sido perfecta, eso lo sabemos las dos. He intentado ser la mejor versión de mi misma para mí, para ti. Pero aún me queda recorrido. Al final, simplemente, he estado lo mejor que he sabido, que no es poco ni es mucho. Es lo que sé y lo que intento aprender por el camino -voluntad no me falta-. Y, entre días largos y años cortos, los dos ya están aquí, así que tenemos otra nueva oportunidad de ser y estar de forma más plena, consciente y paciente… No para ser perfecta, sino para ser lo que tú necesitas. Porque esto es un intercambio mutuo, más o menos justo.

Tú me quitas horas de sueño, pero me regalas ganas de vida.

Tú me has dibujado ojeras, pero me has borrado penas.

Tú me has restado tiempo personal, pero me has sumado momentos únicos en familia.

Es la contradicción de siempre. Mis contradicciones, porque, recuérdalo, son mías, no tuyas. Tú eres aún sin condicionantes, ni peros. Tú eres esencia pura. Esa esencia que se intuye tras tus ojos vivos, tu sonrisa socarrona y tu actitud pícara. Conserva siempre esa luz que irradias, valquiria. No la pierdas en la medida de lo posible ni ahora en tus dos, ni nunca. Recuérdalo, eres luz, eres faro. Sigue siéndolo para ti y para los que te rodean en tu segunda vuelta al sol y siempre. Olvídate de los demás, de la sociedad y de lo que te quieran imponer –con más o menos buena voluntad-. Esa luz tuya es más fuerte, consérvala, mantén tu esencia contigo y ve a tus bosques reales e imaginados a seguir descubriendo(me) maravillas en cada piedra, en cada flor, en cada sol y, de paso, a iluminar el mundo. Será un placer acompañarte.

La noria y los trayectos de la vida

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El síndrome de fin de año nos ataca de nuevo. Como si de los fantasmas de la Navidad persiguiendo a Mr. Scrooge se tratara, el fin de año regresa y nos “obliga” a echar la vista atrás para hacer balance de lo vivido y lo aprendido y nos incita a proponernos esas listas interminables de cosas a lograr en los próximos doce meses. Es el síndrome de fin de año, bastante similar al de inicio de curso, pero con la carga de la revisión anual -para bien o para mal. Supongo que es inevitable no caer en este síndrome, sin embargo, el fin de este año me ha alentado a enfocar mi pensamiento no en recordar el pasado inmediato ni en aventurar el futuro, sino en ver la vida desde otra perspectiva.

Porque habitualmente pensamos en la vida dividiéndola en buenos y malos momentos y obviamos esos periodos intermedios, en los que parece que no pase nada, pero pasa todo: la vida misma. Esos períodos intermedios a los que no damos la importancia que merecen pero que ocupan la mayor parte de nuestro tiempo. Solo hablamos de las buenas épocas, lloramos por las malas temporadas, pero no nos detenemos en dar su espacio a esos periodos en los que la vida simplemente transcurre. Y, ojo, eso no es cualquier cosa.

La vida es como esa noria a la que subimos y un año más empieza a dar una nueva vuelta. Habitualmente, cuando subimos en ella, con toda la ilusión que nos embarga, ansiamos que nuestra cesta quede justo arriba, desde donde la vista es maravillosa, donde nuestra perspectiva es amplia, donde nos sentimos un poco dueños del mundo. Y cada vez que la noria empieza su viaje, deseamos alcanzar ese objetivo. Pero lo cierto, es que la noria, como la vida, a veces, se detiene a mitad del camino y no estamos ni en el punto más alto, pero tampoco en el más bajo. Sin embargo, nos ofuscamos porque quisiéramos haber llegado arriba, allí donde otros sonríen por haber alcanzado su meta. No nos damos cuenta, que desde allí, desde ese lugar intermedio también podemos descubrir paisajes externos e internos en lugar de sentir envidia por los que se pavonean desde las alturas. Porque, tal vez, el objetivo tampoco debiera ser estar arriba o si lo es, tener en cuenta que nada es permanente, que hoy estás arriba y mañana, tal vez, estés abajo. Que nada dura eternamente. Incluso, cuando tu cesta de la noria detiene su trayecto casi en el punto final, en una de las partes más bajas de su recorrido. Nadie queremos estar ahí. Porque estar en ese lugar muchas veces implica cero perspectiva e ilusión, solo ofuscación. Pero eso también pasará. Y la noria seguirá rodando… Y, al final, eso es lo que importa: que siga moviéndose, que la vida siga transcurriendo con sus altos, sus intermedios y sus bajos -aunque estos últimos nos dejen huella.

Que nos motivemos con retos personales, pero sin frustrarnos si no alcanzamos nuestro objetivo porque uno propone, pero la vida dispone. Que si alcanzamos nuestra meta de estar arriba, no perdamos la perspectiva y creamos que eso es eterno, porque eso también pasará. Que mantengamos la esperanza cuando estemos abajo, porque en algún momento la noria volverá a arrancar y no sabemos dónde nos llevará ese nuevo trayecto. Que apreciemos más esos momentos intermedios, esas rutinas, que a veces nos desesperan porque en apariencia en ellas no pasa nada, pero, repito, pasa todo, pasa la vida.

Yo despido el año pensando en esa noria para que siga rodando conmigo y con los míos y para saber encontrar en cada momento de este nuevo trayecto lo necesario para hacer de la vida un “auténtico” viaje.

Un monstruo viene a verme

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Le he dado varias vueltas a si merecía la pena hacer esta reseña ya que el libro es bien conocido. Lo cierto es que debido a su versión cinematográfica de hace un par de años, el libro tuvo su momento álgido y estuvo en boca de todos, aunque solo fuera por la película. Sin embargo, como todo lo que sube, baja; una vez que hubo pasado la moda (y el bombardeo de determinadas cadenas televisivas que producían la película), pensé que el libro con todo su valor podía perderse y que eso sería una auténtica lástima. Así que decidí que aunque fuera una reseña sencilla, me gustaría dejar constancia de esta historia que bien merece su lectura.

La historia es de todos bien sabida y no me centraré en ella, sino en lo que subyace debajo de su argumento, que aunque visto anteriormente en otras novelas, aquí no deja de sorprendernos: niño con madre enferma recibe por las noches la visita de un ser fantástico, un monstruo, que le propone un trato. El argumento juega a mezclar realidad y fantasía en un tour de force metanarrativo para ir desentrañando los sentimientos que acontecen al protagonista. Y para ello necesitamos de ese ser inventado, el monstruo del título -que podemos interpretar de múltiples modos. Con su aparición temprana en la historia se encarga de marcarnos el curso de la historia y dejarnos una incógnita. “Te contaré tres historias (…) Tú me contarás a mí una cuarta y será la verdad (…) No una verdad cualquiera. Tu verdad”. ¡Ay, la verdad! Esa verdad sutil, agazapada, que se esconde del protagonista porque le avergüenza, porque le entristece, porque le ahoga, porque no es capaz de asumir. Una verdad incómoda que el niño aparta, pero a la que habrá de hacer frente porque esa verdad forma parte de lo que significa ser humano.

Me ha resultado curioso saber que Patrick Ness, el autor de la obra, la recibió como un encargo de manos de la autora de la idea original cuando esta murió antes de escribirla. ¿Qué creó Siobhan Dowd? ¿A quién pertenece qué? ¿Cuál fue el legado real que Dowd dejó a Ness? Supongo que nunca lo sabremos, pero poco importa porque creo que la obra trasciende incluso al autor. En cualquier caso, Ness tomó el material previo y consiguió dar forma a una historia, donde la fantasía ilumina las partes oscuras, ausentes, reprimidas del alma humana.

Creo que en determinados momentos todos nos encontramos con ese monstruo de la novela -aunque en cada caso seguramente tomará formas diferentes- para hacernos presentes nuestros miedos, incertidumbres y verdades y aceptar aquello que aunque duele, forma parte de nosotros. Ese monstruo, que aún pareciendo terrible e hiriente, viene a visitarnos -cada uno sabe cuando- para recordarnos que estamos vivos y que vivir significa inevitablemente convivir con el dolor, la ausencia, pero también con la aceptación y el amor.

Un monstruo viene a verme es una novela para todos aquellos que les gusten las fábulas que indagan en el ser humano a través del gran e inestimable -y a veces denostado- recurso de la fantasía. Una historia que contiene tres historias y una verdad. Una historia que remueve, que emociona, que tensiona, que molesta. Porque como dice el monstruo en la novela “Las historias son lo más salvaje de todo. Las historias persiguen y muerden y cazan”. ¿Y acaso no es eso lo que buscamos cuando leemos? ¿Que las historias nos persigan, nos desgarren el pensamiento y nos atrapen el corazón? Y ahora que te he contado esta historia, ¿cuál es tu verdad?

¿Hacemos un trato?

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A Malka.

Queridas creaciones mías aún no nacidas, hagamos un trato como decía Don Mario. Notaréis en mi petición una cierta premura, pero es que os escribo entre despertares nocturnos de esa niña mía que aún no sabe lo que es dormir una noche seguida. Por ello, sin más rodeos, me gustaría que pactáramos una tregua para volver a vosotros algún día y daros, entonces, vida. Me gustaría que me esperaseis a la otra vuelta de la página en blanco hasta que el tiempo me permita daros palabra. Solo ruego no perderme en este plazo que os solicito y que podamos reencontrarnos cuando el momento sea el adecuado.

Lo siento por esta distancia que ha surgido entre nosotros y os pido de antemano disculpas. Mi vida no me permite dedicaros el tiempo que merecéis para llegar a “ser” y traspasar la “simple” idea que sois hoy. Pensaros y no haceros me causa un desasosiego que tengo que aprender a sobrellevar.

A días, a momentos, me siento diluida en el mar de obligaciones y rutinas cotidianas y vosotros parecéis mi última prioridad de esa lista interminable. Nunca llego a vosotros, por mucho que lo intente, entre trabajo, crianza, estudios, casa.

Silvia, ¿dónde estás?, Silvia, ¿andas ahí?, me pregunto en ocasiones. Y a veces no obtengo respuesta, solo silencio que molesta, que estorba. Otras, surgen señales en forma de gatos negros que me recuerdan que ahí estoy,  intermitente, extraña, en algún lugar entre capas y capas de pensamientos, acciones e intenciones.

A días, a momentos,  criar y crear me parecen totalmente incompatibles, como dos opuestos que se gustan, que vienen del mismo lugar, que se tocan, que se anhelan, pero que nunca llegan a nada más que a un desearse en silencio y a echarse de menos.

Por eso, criaturas que habitáis mi mente: futuras “Carmesinas” y “Gatos Negros”, niñas descubriendo mundo, bailarinas y jóvenes que despiertan, dadme tiempo y espacio para encontrar la senda que me lleve a vosotros. Aunque no pueda ser ahora, aunque no pueda responderos y actuar en este presente efímero que vivimos. Sed indulgentes conmigo, no me abandonéis, no me juzguéis –de esa parte, ya me encargo yo solita. Sabed que os echo de menos, pero la vida me reclama en otros quehaceres. Quisiera estar presente en todos los lugares, en todos los frentes, arrullaros a vosotros también, como hago a mi niña, pero lo cierto –y asumirlo forma parte del proceso- es que ahora no puedo atenderos como merecéis. Esperadme, por favor, y, mientras, dadme alas sin culpa para crear recuerdos en mi pequeña, para criar con imaginación  y paciencia, para seguir trabajando –por fin- en algo que me motiva, porque mi corazón también me pide estar ahí y aún no he descubierto el don de duplicarme.

Nadie dijo que criar y crear fuera fácil –eso ya lo sabía-. Hoy se me antoja una utopía, una falsa expectativa, a la que igualmente me aferro como a las palabras escritas que me dan vida.

Todo pasa, todo llega… Hagamos el trato que os propongo y yo prometo dejaros a buen recaudo entre mis notas mentales y textuales hasta que los astros tengan a bien darnos la oportunidad de crearnos y de querernos mutuamente. Porque esto es cosa de dos: yo os doy palabra y vosotros me las devolvéis en forma de esencia de lo que soy.

¿Hacemos el trato?