Corazones de gofre

Una de las cualidades cuasi mágicas que tiene la lectura es que te permite vivir otras vidas, habitar otros lugares, convertirte en otros seres. Mientras dura el viaje por las páginas de negro sobre blanco puedes reír, llorar, aventurarte  y vivir mil situaciones inalcanzables. Y algo de todo esto me ha traído esta historia y es que este libro, editado por Nórdica libros en su colección Nórdica infantil a finales del 2017, me ha devuelto a la niñez. ¡Ah, pero con un extra! Ser niña en otro paisaje, en otro país y, sin duda, ese ha sido todo un aliciente para un alma viajera –y algo nostálgica- como la mía.

Corazones de gofre es una novela juvenil escrita por la autora noruega Maria Parr y nos explica un año de anécdotas y vivencias de los niños Lena y Theo en Terruño Mathilde, un pueblo de la costa noruega. Dos amigos del alma inseparables, pero que no pueden ser más diferentes.  Durante las cuatro estaciones les acompañamos en una serie de vivencias  -por no decir travesuras-  vinculadas a la naturaleza, las tradiciones y el lugar donde habitan. Entre la ternura y la diversión, vivimos estas anécdotas con la expectativa y el deseo que tiene Theo durante toda la historia: que algún día Lena se decida a decirle que él es su mejor amigo. ¿Y es qué quién no ha anhelado alguna vez en su vida, sobre todo en la infancia y adolescencia, sentirse reafirmado por esas palabras?

Si esta reseña fuera una receta de cocina –de gofres, por ejemplo- te diría que esta historia tiene tres ingredientes que hacen de ella una pequeña delicia para saborear de poquito a poco:

La protagonista, Lena, es una niña intrépida, aventurera, una digna heredera de otra niña de la literatura nórdica como Pippi y otros maravillosos personajes femeninos juveniles que han surgido en los últimos años. Ahora que reivindicamos tanto que las chicas no sean (solo) princesas, Lena es la naturalidad y la valentía hecha carne y hueso, bueno, aquí  palabra y verbo. Un buen ejemplo para todos nuestros jóvenes, niñas y niños.

La autenticidad que desprende cada capítulo y la fina ironía con la que se cierra cada uno de ellos siempre en un tono y lenguaje propio de la infancia. Nada de moralejas, ni moralinas, ni “buenrollismo”, simple y grandemente, la narración está plena de verdad y de la propia vida vista desde la mirada única de la niñez. Y se agradece leer un texto con tanta naturalidad, donde no se nos pretende aleccionar ni enseñar nada, sino únicamente disfrutar del mundo a través de Lena y Theo.

Las descripciones de los lugares son maravillosas y te teletransportan directamente a aquellos parajes. Ya he comentado anteriormente que el paisaje y la naturaleza que describe son casi, casi, un personaje más. Tienen un peso fundamental en esta historia llena de historias y resulta fácil pintar en nuestro lienzo mental esos pastos verdes, esas montañas, esas costas, esas casas… No puedes evitar sentir ganas de coger un vuelo e irte directamente a Noruega.

Y, por último, solo podemos alabar que estos tres ingredientes fundamentales hayan sido cocinados de manera delicada y cuidadosa dando como resultado una edición preciosa por parte de Nórdica, donde las ilustraciones de Zuzanna Celej acaban siendo la guinda final del pastel… ¡Ah, pero, no estábamos hablando de pasteles, sino de gofres! Y en este caso, solo me ha faltado una cosa para acabar de redondear este libro: conocer la receta de los gofres de la tía abuela de Theíco. ¡Maria Parr nos has dejado con las ganas de probarlos!

En definitiva, este libro es como uno de los gofres de los que habla en su historia y en su título. Tierno por dentro y crujiente por fuera, de masa dulce, pero no empalagosa. Ideal para adultos nostálgicos de la infancia y para niños lectores que busquen historias para ser saboreadas con la calma.

Corazones de gofre, Maria Parr, Nórdica Libros, 2017

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La flor púrpura

Hace ya unos meses llegó a mis manos esta historia. Fue el regalo de una gran amiga -acaso, la mejor-. Solo por eso, por lo que me conoce, por cómo es ella, sabía que esta lectura valdría la pena. Pero mi vida lectora en los últimos tiempos se ha visto reducida drásticamente, así que este libro quedó mucho tiempo esperando pacientemente en mi mesilla de noche. Hasta que llegó su momento y, creo que no podía haber sido mejor.

He leído a Chimamanda en estos meses atrás en que una oleada de voces se ha levantado en pro de la igualdad de mujeres y hombres. Auspiciada por un 8 de marzo que se ha celebrado como pocas veces en la historia, yo me dejé llevar por esta historia que tiene mucho de feminista, como la propia autora se reivindica a sí misma.

La flor púrpura es una historia que se vive y, por tanto, duele y te sonríe a partes iguales -tal vez, haya más dolor, pero como toda historia iniciática también está repleta de inocentes descubrimientos . También es una historia construída a partir de sentimientos universales, totalmente reconocibles, aunque la historia se sitúe en una zona de Nigeria de hace algunas décadas . Debo admitir que la cultura africana me resulta completamente desconocida -una siempre tira más a hacia Oriente- y adentrarse en ella, en algún momento, me ha resultado un poco complicado. Pero, creo que lo válido de las buenas obras es que poco importa que la cultura y las costumbres sean diferentes, lo que prevalece es lo común: los temas que forman parte de la cotidianidad. Así en La flor púrpura viajamos por esos grandes temas inherentes al ser humano como el despertar a a la vida, a la curiosidad, al amor, la rebeldía ante los progenitores, la lucha con uno mismo por hacerse oír, el dolor de la culpa, etc. Son tantos los temas que se tocan que creo que cualquiera puede sentirse identificado.

La lectura resulta calmada, reposada, de esas historias en las que parece que no pase nada, pero pasa todo. Porque todo lo que acontece lo hace por dentro de los personajes como resultado de acciones sutiles o en apariencia sin trascendencia -como esos días en casa de la tía Ifeoma que lo cambian todo.

Y decía que había llegado en un buen momento esta lectura, porque en ella se reivindica ya el concepto feminista que la autora ha seguido trabajando a lo largo de su obra y, de manera explícita en títulos como Todos deberíamos ser feministas y Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo. Y ya que hablamos de reivindicar, reivindiquemos también la voz y la autoría femenina también en la literatura. Hace unas semanas tuve una estupenda clase con Bel Olid -escritora y activista feminista- y nos habló -y a mí particularmente me hizo reflexionar- sobre la necesidad de hacernos ver -como escritoras-, de sacarnos a la luz. Durante mucho tiempo hemos estado a merced de la vida estipulada -matrimonio, hijos, trabajo-, ¿pero dónde quedaba nuestra creatividad? Muchas veces sofocada entre fogones y biberones. Es hora de reivindicar nuestra espacio creativo, nuestro espacio público, que se nos vea, que se nos valore. Y, sin duda, eso empieza por nosotras mismas, por creer en nuestras capacidades, por buscar nuestros espacios, por hacernos visibles.

Chimamanda nos lo recuerda con su propio ejemplo, con su propia obra -sin excusas-. Ahora hace falta que otras nos apliquemos el cuento. En mi opinión, Chimamanda es una voz que merece ser leída y escuchada -no os perdáis la charla TED que os dejo más abajo sobre lo que es el feminismo y lo que podemos hacer cada uno de nosotros por contribuir a ello-. Es una voz lúcida y clara, una voz que elabora de manera sutil en sus frases todo un espectro de sentimientos únicos.

Para muestra un botón, así que antes de dejaros con el vídeo de la charla, os dejo con dos perlitas de esta obra. Dos frases sencillas en apariencia, pero que revelan el despertar de la protagonista a la vida respresnetado en el reconocimiento de la sonrisa de los demás o de la suya propia. ¿No os parecen preciosas?

“En el rostro de Jaja se dibujó una sonrisa tan amplia que me permitió descubrir unos hoyuelos en sus mejillas que nunca antes había visto”.

(…)

“Me eché a reir. Mi propia risa me resultaba extraña, como si estuviera escuchando una grabación en la que se reía un extraño. No estaba segura de haber oído alguna vez mi propia risa”.

(…)

La flor purpura, Chimamanda Ngozi Aichie. Literatura Random House

Érase una vez Carmesina en el Amazonas…

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El título de este post puede sonar a principio de un nuevo relato de la muchacha del parche. Siento decepcionaros, pero no es el caso… Aunque todo llegará, porque Carmesina ha decidido darme el último empujón con una nueva historia suya, pero de eso os hablaré otro día.

Volvamos al título del post. Érase una vez Carmesina en el Amazonas… Puede parecer obvio que cuando uno escribe o crea algo esto puede llegar a cualquier rincón del mundo y, más hoy en día, que todos estamos intercomunicados. Sin embargo, no deja de ser curioso cuando de repente te enteras que hay un artista del Amazonas, -sí, sí, del Amazonas- que es un gran apasionado de este personaje. Y que además tiene un familiar, una niña de 7 años superfan del personaje y a la que llaman cariñosamente “la Carmesina del Amazonas”. Pero mucho más curioso es cuando te explican que este artista está en Barcelona y quiere conocer a quién está detrás de la muchacha del parche.

Sí, además del título del post, toda esta historia puede parecer fruto de la imaginación irracional de una escritora, pero nada más lejos de la verdad. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción. Y este es uno de esos casos.

Freyzer Andrade es el nombre de este artista, un joven polifacético y apasionado de la pintura, pero que también escribe y esculpe. ¡Vamos un hombre renacentista total! Tuve la suerte de conocerle junto a David G. Forés y Desiree Arancibia, en su periplo por Europa en busca de galerías donde exponer su arte.

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Acompañado de su marchante de arte, y entre su brasileño, nuestro inglés y el castellano de su acompañante pudimos hacernos una idea de cómo es el lugar donde nació, Boca de Valeria, y cómo es su vida allí.

 

 

Cómo, a falta de recursos para tener pinturas acrílicas o acuarelas, pinta tomando pigmentos de la propia naturaleza. También nos habló de la “Carmesina del Amazonas”, Lanae, su sobrina, a la que pintó una camiseta de la muchacha del parche y  de cómo, desgraciadamente, estamos destruyendo ese paraíso natural que es un pulmón para la tierra.

 

Después tuvimos la oportunidad de verlo trabajar en una ilustración de Carmesina, inspirado, tal vez, por nuestro muso particular, Gato Negro –al que yo también me alegré muchísimo de ver−. Y después de un intercambio de fotos, nos despedimos deseándonos mutuamente la mejor de las suertes.

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Esto solo podría parecer una anécdota más, pero es que a veces la vida está hecha de estas anécdotas y momentos. Sigo sorprendiéndome –y que así continúe siendo- de que mi querida Carmesina vuele sola tan lejos y sea capaz de enamorar a otras personas, incluso de otras culturas y que están a miles de kilométros. Supongo que esto es la magia de la vida. Y con esa magia me quedo. ¡Obrigado, Freyzer!

La poesía de la vida

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A veces dicen que la poesía está pasada de moda, que ya no va con los tiempos que corren -y viendo cómo está el mundo podría parecerlo. Sin embargo, pienso que la poesía seguirá con vida mientras haya sentimientos que expresar, ideas que mostrar, pensamientos que abordar. Seguirá viva mientras haya poetisas o poetas que sean capaces de definir s(t)u yo más intimo en cuatro versos. Seguirá viva mientras haya quien quiera maravillarse con lo que rodea, quien quiera extraer el meollo de la vida, quien quiera ir más allá de lo superficial para entrar en las sombras oscuras.

Hay quien teme a la poesía, le da miedo o respeto acercarse a ella por pavor a no entenderla. La buena poesía no necesita de explicaciones, solo de dejarse sentir. La poesía no te va a morder ni te va arañar, o sí, tal vez, lo haga, en tu alma. Permíteselo, déjala entrar en ti,  sin allanamiento de morada, para que su efecto sea más profundo. Recuerda que la poesía es en sí misma como la vida, solo hay que experimentarla.

Así que experimenta la vida, busca la poesía en las cosas que te rodean. De eso se trata. La puedes encontrar en los grandes clásicos, pero yo casi que prefiero a los poetas cotidianos, aquellos que en la sencillez de sus versos se esconde la verdad.

Eso es lo que he encontrado en la poesía de Mi amor de invierno, de Cristina Ruiz, editado por maLuma. Un recorrido por diferentes estados del amor en el que todos nos podemos sentir identificados. Seguramente, algunos de sus versos dejarán impronta en ti y te devolverán a amores pasados, a lágrimas desvaídas por el tiempo, a besos semiolvidados.

Si quieres experimentar la poesía, así como la vida, Mi amor de invierno puedes ser el billete para un viaje de ida hacia este género. Y digo solo de ida, porque una vez emprendas la ruta, querrás seguir la senda de los versos. Recuerda que la poesía es como la vida, solo hay que experimentarla sin miedo.

Diario de un vampiro en pijama

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Este Sant Jordi fue bien diferente al de años anteriores. Por primera vez en unos cuantos Sant Jordi no estuve firmando libros, sino que estuve en el otro lado. Así que aproveché para perderme con la muchedumbre de las calles barcelonesas. No iba pensando en comprarme ningún libro, pero hay historias que llegan a uno en el momento justo y así sucedió con este Diario de un vampiro en pijama de Mathias Malzieu. Lo primero que llamó mi atención fue su título; después vi quién era su autor e, indefectiblemente, me fui a la contracubierta y, en su solapa, leí las palabras mágicas: “Malzieu devuelve al lector la necesidad de soñar y la capacidad de sorprenderse con los pequeños milagros cotidianos”. Fueron suficientes estas cuatro palabras para sentir que era mi libro, pues justamente esas mismas ideas centran la historia que ahora estoy finalizando de escribir. Y con esas expectativas me llevé el libro bajo el brazo… Y esas expectivas fueron cumplidas. Con creces. A lo grande. Pero todo a su tiempo.

De Mathias Malzieu me he leído todos sus libros. Podría decirse que soy una auténtica fan, aunque os he de confesar que me declaré seguidora acérrima cuando tuve la oportunidad de conocerlo.

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Fue en la Feria del Libro de Madrid del 2010.Allí fuimos David G. Forés, el ilustrador de Los colores olvidados, y yo a firmar libros y, en el mismo stand, a la misma hora, lo hacía Mathias Malzieu. Obviamente, al saberlo me llevé mi ejemplar de La mecánica del corazón y entre firma aquí y firma allí, estuvimos hablando con él. Siempre se mostró simpático, solícito, encantador –nada de humos de autor superventas, todo lo contrario-. Nos hicimos fotos, intercambiamos ideas sobre proyectos y él se llevó un Colores Olvidados a su casa y yo un encuentro entrañable para mi haber personal y un cumplido en forma de dedicatoria. Después de aquel encuentro, dos visitas a Barcelona y un par de mails intercambiados, le perdí la pista, aunque seguí su carrera literaria hasta hace unos tres años.

Por aquel entonces era 2013 y, definitivamente, no fue un buen año. Ni para mí, ni mucho menos para Mathias. En aquel noviembre, a Mathias Malzieu le detectaron una grave enfermedad que le ponía al borde de la muerte. Solo un trasplante de médula parecía ser la solución, pero el camino hacia esa salvación iba a ser mucho más complejo de lo que pudiera imaginarse. A partir de ese momento, empezó a escribir un diario, este diario que hoy ha sido publicado, y que le sirvió para sobrellevar la dura experiencia que estaba padeciendo.

Con esa premisa, me adentré en la lectura, no sin antes encontrarme otro guiño vital que el destino me dejaba: el libro se inicia con unos versos de Hojas de Hierba de Walt Whitman . ¡El tío Walt! Ese mismo Whitman al que yo también recurrí para iniciar el capítulo verde de La inspiración dormida.

Y entonces empecé a devorar cada palabra, a sentir cada frase, a sufrir cada situación, a sonreir con las anécdotas. Leer Diario de un vampiro en pijama supone acompañar a Mathias en un duro proceso; a capítulos con más intensidad e incertidumbre, a capítulos con una sonrisa y esperanza, pero siempre con un fin, sobrevivir. Y lo hacemos a través de una prosa poética, ya típica de Malzieu, y de una imaginación portentosa que convierte, por ejemplo, a la muerte en Dama Ocles, una figura que va apareciendo a lo largo de este diario. Esta historia, a veces, duele –no os voy a engañar-, pero también ilumina por la energía y la lucha que desprende cada momento. Haber conocido –aunque fuera breve y ligeramente- a Mathias y leer esta historia tan íntima y personal, a momentos, me ruborizaba, como si le estuviera espiando por un agujerito de esa habitación aséptica en la que estuvo ingresado. Como lector vives intensamente su historia, porque Mathias se desnuda en cada una de sus palabras y lo hace a pecho descubierto, a sentimientos a flor de piel.

Dos cosas me han entusiasmado de esta lectura. En primer lugar, me fascina el uso que hace Mathias de la fantasía para sobrevivir –y nunca mejor dicho-. Siempre he pensado que la imaginación puede ayudarnos y salvarnos de la realidad cuando está se presenta cruel y complicada y este libro me lo ha venido a demostrar una vez más. Y lo ha hecho con fuerza, como un gran torbellino que me susurrraba dulcemente que siguiera creyendo, que siguiera imaginando, que la vida en sí misma es un regalo.  Y, en segundo lugar, me ha emocionado de una manera especial que esta historia -esta vivencia real- nos recuerde que los momentos, los breves gestos, las personas que te quieren y a las que tú quieres, en realidad, son nuestros pequeños milagros cotidianos, esos milagros que tantas veces olvidamos. Como dice el propio Mathias en su libro: “Yo que tanto he soñado con quimeras, gigantes, monstruos enamorados y otras sirenas, aquí estoy, luchando por volver a la normalidad. El más poderoso cuento de hadas (…) Para mí, el amante de sueños, el más hermoso regalo sería poder revivir como todo el mundo”.

Y es que, al final, una historia como esta es una transfusión, no de sangre como las que necesitaba el vampiro Mathias, si no una transfusión de fe, de vida, de magia para todos nosotros, sus lectores. “¡Oh, pasión” ¡Oh, paciencia! Oh, Dama Ocles, que todavía remolonea en las sombrías comarcas de mis dudas. El hecho es que hoy puedo vivir sin la sangre de otros. Soy un superviviente hemato-poético. ¡De nuevo, todo es posible”.

¡Gracias desde el alma, Mathias, por este regalo! Por tu imaginación, por Whitman, por ser un soñador profesional, por tu poesía y por reenamorarnos de nuestra cotidianidad.

 

 

Sueños

 

Sueños_blog

Babushka, ¿tú sabes por qué ya no sueño despierta?-preguntó la muchacha.

La abuela respiró hondo y, acariciando la cara de su nieta, le contestó:

-Pequeña, no es que hayas dejado de soñar… Es que te has hecho mayor.

 (…)

La muchacha de esta historia y su babushka son las protagonistas de un nuevo relato que he escrito. En esta ocasión la novedad está en que este relato forma parte de una antología que ha sido publicada bajo el nombre de Sueños.

Hace ya unos meses os presenté el proyecto y los últimos días del 2015 tomó forma definitiva. Sueños es un proyecto de Editorial Otros Mundos y en ella han participado muchos autores y compañeros de viaje con un único objetivo: ayudar a los que más nos necesitan. Y es que todo el dinero que se recaude se entregará a Médicos Sin Fronteras, de manera que con este libro estarás colaborando en proyectos en pro de la infancia para que muchos niños puedan seguir soñando… Porque de eso estamos hecho los humanos, de sueños, de esperanza, de ilusiones.

A veces los adultos dejamos de soñar como le sucede a la protagonista de mi relato La buscadora de sueños. Sin embargo, hemos de seguir intentándolo. Si hace falta nos podemos rendir, pero luego, una vez hayamos caído, nos levantaremos de nuevo con la fuerza suficiente para volver a creer en los sueños.

Y con este mismo espíritu positivo se ha erigido este proyecto. Para que como lector sueñes y tengas todo tipo de sueños, encontrarás entre sus páginas relatos de fantasía, ciencia-ficción, románticos, históricos y líricos. Para todos los gustos… Tantos como sueños distintos hay.

El proyecto ha sido dirigido por la autora Isabel del Río y a ella y al también autor Víktor Valles les quiero agradecer que me hayan acogido en esta antología para dejar unas palabras. En el momento en que surgió la posibilidad de participar fue una bocanada de aire fresco, una nueva ilusión en una época un tanto confusa, un chute de energía y de volver a soñar. Y es que con ese título no podía ser de otra manera. Por ello, desde aquí quiero mostrarles mi mayor gratitud.

Y ahora solo me queda invitaros a que disfrutéis del libro y de todo el talento que esconde entre sus páginas. Podéis adquirirlo en Amazon, en versión papel –se está trabajando actualmente en la versión digital- tanto en castellano como en catalán.

Desde aquí te animo a que cada día sigas practicando la imaginación, lleves tus sueños a la acción y, sobre todo, a que ayudes a otros a hacerlo con esta antología. ¡Y aprovecho la ocasión para desearos muchos sueños realizados en este nuevo año!

84, Charing Cross Road

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Imbuida por el espíritu de un viaje a Londres este verano, de pasear por sus calles y, en concreto, por sus librerías de viejo cercanas a Trafalgar Square, quise leerme 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. Un libro del que había oído hablar en varias ocasiones y al que nunca me había acercado. Así que recién llegada, lo solicité a la biblioteca y en pocos días me avisaron que ya lo tenía. Y cuando fui a recogerlo, dispuesta a resarcir ese gusanito que hacía tiempo me había picado, me encontré con la sorpresa de un libro breve, brevísimo…

Pero en esas pocas páginas, poco más de 100, me encontré con dos cosas que me sorprendieron de la historia: el uso de las cartas como único hilo conductor y el modo en cómo consigue enamorarte de los personajes. Es curioso, como a veces en unas solas páginas se puede esconder tal verdad que llegas a empatizar con los personajes y con la historia de una manera cuasi mágica.

Las cartas… ¿Alguien recuerda lo que es escribir una carta? Y no me refiero a escribir un mail, ni un whatssap por muy largo que sea, ni siquiera, un mensaje de facebook. No, una carta de tu puño y letra, con borrones y unas cuantas páginas. ¿Cuánto hace que no escribes una carta? Precisamente, fue esa una de las cosas que más me gustaron del libro, volver a un tiempo donde la inmediatez de la respuesta no existía, donde la comunicación entre dos personas podía demorarse meses sin perderse por ello el interés y no estaba supeditada al doble click azul, donde la prisa no era moneda del día a día, donde alguien podía “perder” su tiempo en escribir cartas, aunque fueran breves, para solicitar una novela a una librería en la otra punta del mundo. He de reconocer que, por un momento, envidié esa época en la que Helene Hanff y Frank Doel vivieron. Evidentemente, no en toda su totalidad, pues pasaron por una posguerra y tiempos difíciles y llenos de penurias. Pero sí me deleité con esa percepción del tiempo que hemos perdido donde todo transcurre en una agradable lentitud y sosiego… Y, de alguna manera, durante estas ciento y pocas páginas, yo también tuve la oportunidad de parar y dejar que la vida pasara sin agobios ni rutinas ni prisas imperiosas. Y eso solo lo consiguen los buenos libros.

La verdad de la historia y el enamoramiento de los personajes… Ciertamente, hay muchos libros que te cuentan historias reales, historias cotidianas con las que resulta fácil sentirte identificado. En principio, este no es el caso de esta historia… El punto de inicio dista un poco de nuestras visiones actuales. Sin embargo, consigues hacerla tuya de manera cuasi mágica y apreciar a esos personajes. Apenas sabemos nada de ellos, más allá de lo que nos cuenta en las cartas –que más bien es poco-. Así que uno se construye en su mente esos personajes a través de los pequeños esbozos que va encontrando carta a carta y, aunque parezca increíble, al final esos personajes son completos en tu mente. Los has hecho tuyos a través de esos años de intercambios de vida. Y es que a veces el menos es más… A veces no necesitas de grandes descripciones ni análisis de personajes para conocerlos. Simplemente, necesitas que desprendan vida. Y eso es lo que tiene este libro: vida.

Sé que existe una versión cinematográfica protagonizada por dos grandes como Anne Bancroft –mi siempre Señora Robinson- y Anthony Hopkins. Creo que por una vez y sin que sirva de precedente no voy a ver la película… Quiero que mi Helen y mi Frank sigan siendo los que conocí en el libro, no quiero ponerles más rostro, ni gestos ni más detalles… Solo quiero conservarlos tal como los he leído en sus propias cartas.

84, Charing Cross Road es una pequeña joyita para disfrutar sentado junto a una taza de té y dejando que los minutos pasen sin prisa. Solo tú, Helene y Frank –y, por supuesto los demás personajes secundarios- y esas cartas… Esas cartas tan llenas de encanto, literatura y lucidez. Como la vida misma…

PD: Efectos secundarios de la lectura del libro: estoy segura que después de leerlo, querrás recuperar el noble arte de cartearte. Yo ya lo he hecho. Si me lees, Sandra, una está cruzando tierras y océanos para ser leída por ti.