Nadie me dijo: crear y criar

Hace días que tengo ganas de presentaros este libro, pero entre niña y trabajo, a veces me queda muy poco tiempo para sentarme y escribir cuatro líneas. Y, precisamente, de criar y crear va este libro tan especial: Nadie me dijo, de Hollie McNish, editado por La señora Dalloway.

No quisiera cansaros con el tema de la maternidad, pero es obvio que ser madre supone una gran revolución, un gran tsunami emocional para las mujeres. Y, obviamente, yo no escapo a ello. Es curioso porque recuerdo que cuando yo estaba embarazada me juré y perjuré que no leería libros de maternidad, ni crianza ni educación, porque ¿cómo iba a leer esos libros teniendo una lista interminable de obras de ficción pendientes de ser leídas?  Ah, pero, la maternidad es así, contradictoria, ambivalente, y aquí estoy yo devorando libros de pedagogía y ahora de maternidad y crianza desde el punto de vista de la mujer y de lo que ocurre en su pensamiento, cuerpo y alma durante esa etapa.  

Por eso, me acerqué a Nadie me djio de la poeta Hollie McNish, ya que se trata de un diario salpicado de poemas que escribió, durante su embarazo y los tres primeros años de su hija, con el objetivo de hablar de la realidad de la maternidad y explicarnos todo aquello que nadie nos cuenta –o nos cuentan poco.  De hecho, pensándolo bien, yo que renegaba de este tipo de libros ¿no es en el fondo la maternidad una gran historia en si misma? Quien necesita historias ficcionadas, cuando este tema es una de las historia más grandes jamás contada y que poco se refleja en la literatura… Pero de eso ya hablaremos otro día.

Así que en esta fase de intentar entenderme en mi nuevo papel y buscando libros sobre maternidad, hallé a Hollie y fue como hallar a una amiga con la que te sientes acompañada, comprendida y, que en las largas noches de no dormir, te abraza suavemente con sus palabras y sus versos. En definitiva, fue como encontrarme un poco a mí misma. 

Valoro en esta obra tan sincera la franqueza de sus palabras y sus pensamientos tan cercanos a cualquier madre que esté criando. Aquí no hay medias tintas y el diario de Hollie –que podría ser el diario de cualquier madre en cuanto a sentimientos explorados  y experiencias compartidas- está lleno de realidad y de humor, de dolor y de alegría, en un juego de contradictorios propios de la maternidad y la crianza.

Sus poemas desmitifican tópicos y reflejan inquietudes del día a día de las madres primerizas–y creo que no solo de esas-: la burbuja del puerperio, la fascinación hacia la lactancia, la búsqueda (frustrante) de tiempo personal, la realización creativa como mujer/madre, la responsabilidad de la crianza en esta sociedad dominada por los machismos, el marketing y la publicidad, la conquista del espacio personal con el tiempo, los prejuicios sociales, el sexo postbebés y así un largo etcétera.

Los elementos que más me han gustado de esta obra han sido la visión y el tono que ha planteado McNish, ni edulcorado ni dramático, sino de un frágil equilibrio –pero equilibrio posible, al fin y al cabo- entre las luces y las sombras, que supone la revolución personal de la maternidad.  Y, por supuesto, me ha alentado profundamente ver como la autora siguió su periplo creativo, poco a poco, mientras criaba los primeros años, a pesar de dormir poco y del cansancio permanente. Criar y crear es posible. Nadie dijo que fuera fácil, ninguna de las dos cosas lo es por separado, y menos, cuando van de la mano. Pero, sin duda, la experiencia de la maternidad también da impulso y energía para recordar nuestros propios deseos. Solo necesitamos algo de ese escaso tiempo que a veces se nos niega los primeros años de crianza.

Si tenéis a alguna amiga que próximamente vaya a ser madre, dejaros de regalarle canastillas ni libros sobre cuidados del bebé, regalarle Nadie me dijo y será el mejor compañero de viaje en los largos y fascinantes días de la crianza. Y si ya has sido madre, hace más o menos tiempo, el diario de McNish te devolverá y reconciliará con esa madre primeriza y perdida que un día fuiste.

Te dejo con uno de los poemas de Hollie McNish sobre la lactancia materna
(está en inglés).

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Tu segunda vuelta al sol

Otra vez aquí estoy con mis palabras para cumplir la promesa de escribirte una carta en cada uno de tus cumpleaños. Empezó como una bienvenida y hoy ya celebramos tu segunda vuelta al sol. ¡Menudo y trepidante año, ¿verdad, pequeña mía?!

Ha sido el año de las primeras veces: de aprender a andar y echar a correr –y si te he visto no me acuerdo-; de tus primeras palabras –aun algo escasas, pero ya te lanzarás de pleno-; de tu primera “escoleta” con sus pros y sus contras –y mis debates internos-; de explotar con el juego simbólico y disfrutar con los cuentos; de convertirte en recolectora y admirar cada flor, cada piedra, cada fruto a tu paso.

Ha sido el año de no dormir ni una noche seguida –y no veas lo que agota-; de seguir con la lactancia materna; de descubrir la arena, el mar y correr tras las olas; de volar en avión y viajar a los mares del Norte;  de probar experiencias nuevas y establecer rutinas.

Ha sido el año en el que el destino nos trajo una mala noticia. Lo que siempre decimos, tú propones , pero la vida dispone. Y durante el tiempo de la incertidumbre, del miedo, de las sesiones de quimio, tú has sido la mejor medicina para él, para todos. Tú has sido luz y faro en los días oscuros, tú has sido aliento para dejar pasar el tiempo y que la vida fuera eso, precisamente, vida.

Ha sido el año donde has dejado de ser definitivamente una bebé para erigirte en cuerpecillo de niña a medio hacer; de crecerte los rizos y la risa contagiosa; de practicar juegos de miradas; de ir poniendo nombre al mundo aunque sea a base de onomatopeyas.

Y yo te he ido acompañando en toda esta evolución de tus uno a tus dos, a días mejor, a días peor –sobre todo, a noches peor-. No he sido perfecta, eso lo sabemos las dos. He intentado ser la mejor versión de mi misma para mí, para ti. Pero aún me queda recorrido. Al final, simplemente, he estado lo mejor que he sabido, que no es poco ni es mucho. Es lo que sé y lo que intento aprender por el camino -voluntad no me falta-. Y, entre días largos y años cortos, los dos ya están aquí, así que tenemos otra nueva oportunidad de ser y estar de forma más plena, consciente y paciente… No para ser perfecta, sino para ser lo que tú necesitas. Porque esto es un intercambio mutuo, más o menos justo.

Tú me quitas horas de sueño, pero me regalas ganas de vida.

Tú me has dibujado ojeras, pero me has borrado penas.

Tú me has restado tiempo personal, pero me has sumado momentos únicos en familia.

Es la contradicción de siempre. Mis contradicciones, porque, recuérdalo, son mías, no tuyas. Tú eres aún sin condicionantes, ni peros. Tú eres esencia pura. Esa esencia que se intuye tras tus ojos vivos, tu sonrisa socarrona y tu actitud pícara. Conserva siempre esa luz que irradias, valquiria. No la pierdas en la medida de lo posible ni ahora en tus dos, ni nunca. Recuérdalo, eres luz, eres faro. Sigue siéndolo para ti y para los que te rodean en tu segunda vuelta al sol y siempre. Olvídate de los demás, de la sociedad y de lo que te quieran imponer –con más o menos buena voluntad-. Esa luz tuya es más fuerte, consérvala, mantén tu esencia contigo y ve a tus bosques reales e imaginados a seguir descubriendo(me) maravillas en cada piedra, en cada flor, en cada sol y, de paso, a iluminar el mundo. Será un placer acompañarte.

De fotos y madres perfectamente imperfectas

 

Sería bonito tener una foto de las dos sonriendo a la cámara,

posando en este preciso instante del día de la madre

–ese que se han inventado, pero al cual no renuncio-.

Una foto perfecta en su forma, en sus colores, como esas que

inundan las redes sociales en un día como hoy.

Pero esta foto es como la vida misma, perfectamente imperfecta.

Como nuestra cotidianidad hecha de carne y hueso.

De saliva, orina  y leche materna.

De ojeras y orejas para “escucharte mejor” como en los cuentos.

De sonrisas y cosquillas, sobre todo, los fines de semana por la mañana.

De motes inventados a partir de tu nombre

-siempre serás también un poco Marina a pesar de lo que diga tu partida de nacimiento-.

De cansancio y frustración, a dosis leves o mayores, por no llegar a todo.

De duermevelas y despertares nocturnos -¡y ya van quince meses!-.

De buscarme creativamente y de reencontrarme mientras juegas a las piezas.

De primeras veces, de dudas, de alegría, de paciencia –que a veces escasea-.

Mi linda niña, mi pequeña valquiria, gracias por tu compañía y por traerme alegría infinita.

Mi mami bonita, gracias por cuidar de Nadia y de mí con amor único y desmedido.

Vida, gracias porque a veces eres rotundamente bonita… Supongo que es tu manera de equilibrarte a ti misma cuando otras veces nos embistes, indómita y salvaje, mientras estamos desprevenidos. Tú, vida, como las madres y las fotos, también eres perfectamente imperfecta.

Tu primera vuelta al sol

Hoy, mi pequeña, cumples tu primera vuelta al sol. Tus primeros 365 días en este mundo nuestro, tus primeros 365 días en esta vida que estás creando a cada paso, a cada descubrimiento, a cada aprendizaje, a cada sonrisa, pero de la que aún no eres consciente.

Hace un año mi ya no pequeña desconocida te escribí una carta. Una carta con una propuesta de pacto en el que te proponía enseñarnos mutuamente en esa nueva vida que íbamos a estrenar. Tengo que confesarte que no sé si estamos cumpliendo ese pacto, pero creo que al menos lo intentamos. Ahora que cumples tu primer año de vida, tu primera vuelta al sol,  te vuelvo a escribir… Una carta por año como en una especie de promesa.

Este año he experimentado la auténtica montaña rusa de la vida. Desde que llegaste aquel seis de febrero bajo tu signo de acuario marcando el camino, tal vez, tu carácter, hemos vivido momentos de todo cariz. Nos subimos a un vagón juntas y en este devenir hemos pasado por momentos de intensidad y felicidad extrema a otros de caída en vacío. Hemos gritado de euforia y también de miedo al llegar a túneles oscuros -túneles que, seguramente, estaba destinada a pisar para conocerme y conocernos más. A veces me pregunto qué habrás sentido y pensando tú… Y es que, no voy a engañarte, esto de la maternidad es de una intensidad increíble. Digamos que todo se multiplica por cien, por mil, por un número que no soy capaz de calcular –pero es que ya sabes que yo soy más de letras. Y por ello, todos los sentimientos se engrandecen, todos los pensamientos se amplían, todo se vive de manera intensa e irracional. Como intensa e irracional eres tú aún, mi pequeña.

Ciertamente el tiempo ha pasado rápido, demasiado fugaz –tal como todo el mundo me aventuraba- y, al mismo tiempo, lento. Los primeros meses me dejé llevar por la cadencia de tu ritmo presente, por la burbuja del puerperio, rodeada de los míos, de mi tribu, aprendiendo a ejercer el nuevo papel que tenía. Después, poco a poco, ha tocado ir volviendo a la normalidad, pero, ay, amiga, es una normalidad diferente, poco tiene que ver con la de antes. Es una nueva realidad bonita y cansada a partes iguales. Ya ves, mi ya no pequeña desconocida, todo se mueve entre pares contradictorios, pero es que creo que de esto va la maternidad. De días de euforia a días de estupor; de días de yo puedo con todo a días de querer huir un rato; de noches de no dormir a noches de dormir algo más (dos noches enteras me has regalado, que ni tan mal, oye –léase mi ironía).

También ha sido momento de (re)descubrir las propias sombras que habitan en mí. Sorprenderme pensando cosas que nunca me había planteado. Cayendo en aquello que me prometí no hacer nunca. Y ante eso solo queda perdonarse, pero que difícil es a veces. Por fortuna, todos los malestares del alma se curan al verte. No dejo de maravillarme de lo que llega a palpitar el corazón con el sonido de tu risa. Lo iluminada que se ve la vida a través de tus ojos. Lo apasionante que se vive todo con cada aprendizaje tuyo. Ya, ves, lo que te digo. La maternidad es la contradicción hecha carne y sentimiento.

Este tiempo también ha servido para ver todo el amor que desborda la llegada de una vida nueva. Espero que, a tu manera inconsciente, hayas podido notar todo el cariño que te han dado. Hemos sido afortunadas porque nos hemos sentido tremendamente arropadas y acompañadas. Bien es cierto que en esto también existe la contradicción y algunas personas no aparecieron ni se las espera. Está bien. No pasa nada. Seguramente, no forman parte de nuestro camino, aunque a veces haya dolido un poquito.

Y aquí estamos en tu primera vuelta al sol y ¡fíjate lo que has cambiado! Naciste pequeñita, ya me lo habían aventurado, y te costó aferrarte a la fuente de vida que era el pecho, pero ¡ay, amiga, ahora es tu mejor aliado! Dejaste de ser pequeñita para pasar a ser una bebé comestible, de muslos y mejillas gorditas y tiernas. Ahora ya te estás estirando y poco a poco abandonando aquel estado primigenio en el que llegaste. Has dejado de ser la bebé estoica que lo aceptaba todo a mostrar tu carácter –eso es bueno, me dicen-. El pelo te ha ido creciendo, aunque aún escasea, y se te forman unos caracolillos muy graciosos que intuyo te harán el pelo algo rizado. Sigues manteniendo los ojos claros y tus pestañas larguísimas hacen sombra al sol –que sí, que los ojos son míos, aunque el resto sea de tu padre-. Te gusta especialmente la música y mueves los brazos al son de Vivaldi, Sia o Bollywood, sin miramientos. Te gusta el contacto, pero tampoco que te achuchen en demasía. Has pasado de escrutar con seriedad a los extraños a darte vergüenza cuando te dicen cosas. Eres tremendamente observadora y de risa contagiosa entre los tuyos. Como contagiosa es la vida contigo, pequeña…

Mi ya no pequeña desconocida, voy cerrando esta carta, dándote las gracias. Porque si algo me has traído, además de tu ser bonito, ha sido un profundo sentimiento de vida. Yo que anduve perdida durante cierto tiempo, he “vuelto” contigo con el firme deseo de ser la mejor versión de mí misma. Y eso te lo debo todo a ti. Solo espero no defraudarte y saber estar a la altura de tu ser íntimo. Un ser que tengo ganas de ir descubriendo y, sobre todo, respetando para que tú también puedas ser la mejor versión de ti misma, la que brille en todas las vueltas al sol que te esperan. ¿Lo intentamos, pequeña mía?

 

El elixir de vida, un breve relato sobre la lactancia materna

Escribí este breve relato y artículo hace unos meses para compartir mi experiencia con la lactancia materna. Por suerte, tuve la oportunidad de asistir a un grupo que nos ayudó a Nadia y a mí a salir victoriosas de una lactancia que al principio se nos complicó. Sin duda, vivir esta experiencia sirvió para empoderarme en un momento importante de mi existencia, pero sobre todo me recordó cuán importante es buscar ayuda, compartir vivencias, hacer tribu. Aquí os dejo este texto sin más pretensión que dejar constancia de una situación, de un momento importante en este diario de vida que es el blog.

Cuentan que, cuando una mujer se transforma en madre, desarrolla unos superpoderes únicos: vivir y sonreír sin apenas dormir, desarrollar la paciencia infinita, interpretar los gestos del bebé hasta entender qué necesita, y entre ellos, uno espectacular, ser capaz de alimentarlo. Eso es la teoría, pero a veces no siempre se cumple, al menos, al principio. Eso le pasó a la protagonista de este breve cuento… Cuando nació su pequeña, intentó ejercitar ese superpoder que se le presuponía. Sin embargo, nada fue como había esperado y no era capaz de amamantar a su cría. ¿Tal vez ella no había sido bendecida con aquel superpoder? Lo buscó por todas partes, pero era incapaz de hallarlo y eso la sumió en una cierta tristeza. Sabía que en el mundo en el que vivía no era necesario aquel poder para que su hija viviera; existían alternativas para verla crecer, no como en sociedades ancestrales u otras actuales. Sin embargo, ella sentía que no debía desfallecer en la búsqueda de ese poder, no porque quisiera convertirse en una heroína −todas las madres lo son independientemente de cómo alimenten a sus hijos−, sino porque simplemente quería regalarle ese elixir de vida a su pequeña. Y después de mucho buscar, cuando ya casi se daba por vencida, encontró, por casualidad, un cónclave de mujeres sabias e inteligentes. Ellas le recordaron que su poder seguía intacto en algún lugar de su interior y decidieron ayudarla en ese camino hasta hallar de nuevo la fe perdida en sus pechos como dadores de vida. El camino no fue fácil, pues muchas pruebas tuvieron que superar tanto el bebé como la madre, pero así fue como en el nonagésimo día del nacimiento de la pequeña, aquella mujer recuperó completamente su poder y, lo más importante, su capacidad de creer en sí misma y en los procesos naturales de la vida.

Este pequeño cuento es la realidad de algunas mujeres que se enfrentan al hecho de dar el pecho a sus hijos. La lactancia materna se presupone como algo natural e innato, pero no siempre es fácil de establecer, o pueden surgir pequeños baches una vez establecida. Esto es lo que nos ocurrió a mi pequeña y a mí. Por razones varias, tuvimos que iniciar una lactancia mixta aun con todo el dolor de mi corazón. Sin embargo, contando con la ayuda y asesoramiento necesarios, logramos recuperar la tan anhelada lactancia materna exclusiva.

Y es que esa ayuda y asesoramiento existe. A veces, solo es cuestión de buscarla e intentarlo. Nosotras lo hemos logrado –como otros muchos casos que he tenido la oportunidad de compartir− en el maravilloso grupo de lactancia del CAP de San Rafael. Me siento muy afortunada por haber encontrar un espacio, un cónclave de mujeres sabias e inteligentes, donde me han aconsejado con cariño y respeto hasta lograr aquello que deseaba. El primer día que entré en el grupo de lactancia lo hice con lágrimas en los ojos por la tristeza y desorientación que me embargaba. El último día que asistí, también lo hice con lágrimas, pero de agradecimiento por todo lo vivido y compartido.

Por ello, si estás en una situación crítica ante tu lactancia materna –o simplemente, quieres compartir tu experiencia con otras madres−, busca, investiga y encuentra tu propio cónclave de mujeres sabias e inteligentes. Porque es posible, porque gracias a ellas este cuento ha tenido un final feliz y, tal vez, el tuyo también pueda tenerlo. El camino no siempre será fácil, pero si sabes rodearte, recuperarás tu superpoder.

Nadia y yo agradecemos infinitamente a nuestras hadas madrinas particulares de este cuento, la doctora Hortensia y la enfermera Romina, y al equipo médico de pediatría del CAP de San Rafael, por apoyar la lactancia materna desde el respeto y a todas esas maravillosas madres con las que he coincidido en el grupo que nos han acompañado y apoyado en todo momento y de las que he aprendido tanto.

Si quieres leer el relato en catalán, aquí lo encontrarás.

Un ángel en la octava planta

Si los ángeles existen, yo he tenido la fortuna de que uno de ellos me visitara. Justo cuando más lo necesitaba, en aquel preciso instante en que la esperanza escaseaba… Qué curioso, esperanza, como la que traes Nadia incorporada en el significado de tu propio nombre.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos me acogiera entre sus brazos-alas y me acompañara en aquella noche oscura. A su manera, me guareció y no me soltó en ningún instante.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos me bendijera con un beso y un “todo saldrá bien”. Y en solo esas tres palabras, deposité  toda mi confianza, mi fuerza y mi creer.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos cuidara de mi pequeña superheroína y de mí como si su vida fuera en ello. Con tu “gracias por confiar en mí” diste broche final a aquella noche, que recuerdo entre nebulosas de pensamientos y sentimientos.

Si los ángeles existen, uno de ellos se esconde bajo un traje rosa –creo rememorar-, con mirada dulce y gesto afable, entre medicamentos, termómetros y curas en la octava planta de Vall d’Hebron.

Gracias infinitas, ángel de carne y hueso y espíritu mágico, por desvivirte y ejercer tu trabajo con una humanidad que aun resuella en mis sentires. No creo que me leas, pero gracias Jeny, por ser luz en noche oscura, por ser esperanza en momentos opacos, por ser ternura en situaciones difíciles.

Y a los “afortunados” que nos encontremos con estos seres alados, démosle las gracias lo mejor que sepamos. Porque, en el fondo, muchos más ángeles necesitamos en este mundo que impregnen de buenas obras nuestra cotidianidad. Ojalá yo también sea ángel algún día para devolver y reconfortar con mis palabras a quien lo necesite igual que hicieron conmigo.

Lo que me has enseñado (… por el momento)

Que tenerte iba a ser una aventura, de eso no tenía duda. Una aventura que no ha hecho más que empezar… Hoy que cumples tu cuarto mes de vida, me detengo un momento, el que tú me permites, para escribirte estas palabras sobre lo que me has enseñado y he aprendido en este tiempo.

He aprendido a que me llamen mami y todo lo que eso significa, como que a veces supone estar a la sombra de la nueva vida, darle protagonismo a ella, porque ahora es su turno. Y lo haces con el cansancio transmutado en ilusión y satisfacción.

He aprendido que el tiempo no es mío, que ahora es completamente tuyo –o al menos lo ha sido hasta que la escasa y ridícula baja maternal nos lo ha permitido-. Mi tiempo ya no se suma por segundos, minutos y horas. Ahora transcurre por tomas, siestas tuyas –breves- y sonrisas.

He aprendido que no hay mejor obligación o responsabilidad que cuidarte, a veces con más ánimo que otras, pues el cansancio aunque por una buena causa, a veces pasa factura. Yo tan yonqui del trabajo ni me he acordado de él ni lo he echado de menos.

He aprendido que dormir está sobrevalorado, pues con unas pocas horas y a trompicones también puedes funcionar el resto del día, aunque sea con ojeras y sin cafeína.

He aprendido a disfrutar de la pausa y de la vida en calma, excepto cuando lloras o remugas, que aunque no es habitualmente, me sigue poniendo nerviosa (he de reconocerlo, no soy una madre para nada perfecta). Yo que siempre he ido medio acelerada por la vida, he valorado parar y dedicarme a lo bonito de la vida.

He aprendido que el corazón se amplía con cada sonrisa tuya, que los mejores abrazos son aquellos en que tú me tiras del pelo o me aprietas la cara. En esto no lo has tenido difícil, siempre he sido de contacto y carantoñas fáciles.

He aprendido que quiero seguir siendo yo, aunque ahora tenga otra faceta que experimentar. Pero un yo mejor que el de antes, un yo del que sentirme orgullosa, y, del que ojalá también tú puedas sentirlo algún día.

He aprendido que sin ayuda muchos momentos no hubieran sido iguales. Que está muy bien ser independiente y fuerte, pero que compartir esta aventura con tu compañero de vida, tus padres, las amistades, la familia es imprescindible para “sobrevivirlo” en determinados momentos y disfrutarlo plenamente.

He aprendido a luchar y a recuperar la fe en mi misma, a hacer tándem contigo, y a lograr que mi pecho fuera tu alimento. Yo que no las tenía todas conmigo, una vez más he comprobado que buscar y explorar puede traer aquello que deseas. Tomo nota para otros menesteres de mi vida.

He aprendido tantas cosas y tanto de ti que esta lista podría ser infinita…  Pero, por encima de todo, he aprendido a valorar cada instante. Y ahora solo me queda aprender a asumir la contradicción del tiempo. Aquel tiempo que  se debate entre los momentos que me gustaría que se detuvieran en cada sonrisa que me das, en cada mirada inocente, en cada gesto y avance que haces, pero que a la vez, es un tiempo que deseo que vaya pasando por la curiosidad de verte crecer, verte avanzar y hacerte persona, y para qué negarlo, para dormir más de 3 horas seguidas y tener un poco más de tiempo para mí (a la vista está lo que he tardado en volver al blog). ¡La contradicción del tiempo entre congelar estos momentos que no volveran y los que están por llegar!