Tu segunda vuelta al sol

Otra vez aquí estoy con mis palabras para cumplir la promesa de escribirte una carta en cada uno de tus cumpleaños. Empezó como una bienvenida y hoy ya celebramos tu segunda vuelta al sol. ¡Menudo y trepidante año, ¿verdad, pequeña mía?!

Ha sido el año de las primeras veces: de aprender a andar y echar a correr –y si te he visto no me acuerdo-; de tus primeras palabras –aun algo escasas, pero ya te lanzarás de pleno-; de tu primera “escoleta” con sus pros y sus contras –y mis debates internos-; de explotar con el juego simbólico y disfrutar con los cuentos; de convertirte en recolectora y admirar cada flor, cada piedra, cada fruto a tu paso.

Ha sido el año de no dormir ni una noche seguida –y no veas lo que agota-; de seguir con la lactancia materna; de descubrir la arena, el mar y correr tras las olas; de volar en avión y viajar a los mares del Norte;  de probar experiencias nuevas y establecer rutinas.

Ha sido el año en el que el destino nos trajo una mala noticia. Lo que siempre decimos, tú propones , pero la vida dispone. Y durante el tiempo de la incertidumbre, del miedo, de las sesiones de quimio, tú has sido la mejor medicina para él, para todos. Tú has sido luz y faro en los días oscuros, tú has sido aliento para dejar pasar el tiempo y que la vida fuera eso, precisamente, vida.

Ha sido el año donde has dejado de ser definitivamente una bebé para erigirte en cuerpecillo de niña a medio hacer; de crecerte los rizos y la risa contagiosa; de practicar juegos de miradas; de ir poniendo nombre al mundo aunque sea a base de onomatopeyas.

Y yo te he ido acompañando en toda esta evolución de tus uno a tus dos, a días mejor, a días peor –sobre todo, a noches peor-. No he sido perfecta, eso lo sabemos las dos. He intentado ser la mejor versión de mi misma para mí, para ti. Pero aún me queda recorrido. Al final, simplemente, he estado lo mejor que he sabido, que no es poco ni es mucho. Es lo que sé y lo que intento aprender por el camino -voluntad no me falta-. Y, entre días largos y años cortos, los dos ya están aquí, así que tenemos otra nueva oportunidad de ser y estar de forma más plena, consciente y paciente… No para ser perfecta, sino para ser lo que tú necesitas. Porque esto es un intercambio mutuo, más o menos justo.

Tú me quitas horas de sueño, pero me regalas ganas de vida.

Tú me has dibujado ojeras, pero me has borrado penas.

Tú me has restado tiempo personal, pero me has sumado momentos únicos en familia.

Es la contradicción de siempre. Mis contradicciones, porque, recuérdalo, son mías, no tuyas. Tú eres aún sin condicionantes, ni peros. Tú eres esencia pura. Esa esencia que se intuye tras tus ojos vivos, tu sonrisa socarrona y tu actitud pícara. Conserva siempre esa luz que irradias, valquiria. No la pierdas en la medida de lo posible ni ahora en tus dos, ni nunca. Recuérdalo, eres luz, eres faro. Sigue siéndolo para ti y para los que te rodean en tu segunda vuelta al sol y siempre. Olvídate de los demás, de la sociedad y de lo que te quieran imponer –con más o menos buena voluntad-. Esa luz tuya es más fuerte, consérvala, mantén tu esencia contigo y ve a tus bosques reales e imaginados a seguir descubriendo(me) maravillas en cada piedra, en cada flor, en cada sol y, de paso, a iluminar el mundo. Será un placer acompañarte.

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Tu primera vuelta al sol

Hoy, mi pequeña, cumples tu primera vuelta al sol. Tus primeros 365 días en este mundo nuestro, tus primeros 365 días en esta vida que estás creando a cada paso, a cada descubrimiento, a cada aprendizaje, a cada sonrisa, pero de la que aún no eres consciente.

Hace un año mi ya no pequeña desconocida te escribí una carta. Una carta con una propuesta de pacto en el que te proponía enseñarnos mutuamente en esa nueva vida que íbamos a estrenar. Tengo que confesarte que no sé si estamos cumpliendo ese pacto, pero creo que al menos lo intentamos. Ahora que cumples tu primer año de vida, tu primera vuelta al sol,  te vuelvo a escribir… Una carta por año como en una especie de promesa.

Este año he experimentado la auténtica montaña rusa de la vida. Desde que llegaste aquel seis de febrero bajo tu signo de acuario marcando el camino, tal vez, tu carácter, hemos vivido momentos de todo cariz. Nos subimos a un vagón juntas y en este devenir hemos pasado por momentos de intensidad y felicidad extrema a otros de caída en vacío. Hemos gritado de euforia y también de miedo al llegar a túneles oscuros -túneles que, seguramente, estaba destinada a pisar para conocerme y conocernos más. A veces me pregunto qué habrás sentido y pensando tú… Y es que, no voy a engañarte, esto de la maternidad es de una intensidad increíble. Digamos que todo se multiplica por cien, por mil, por un número que no soy capaz de calcular –pero es que ya sabes que yo soy más de letras. Y por ello, todos los sentimientos se engrandecen, todos los pensamientos se amplían, todo se vive de manera intensa e irracional. Como intensa e irracional eres tú aún, mi pequeña.

Ciertamente el tiempo ha pasado rápido, demasiado fugaz –tal como todo el mundo me aventuraba- y, al mismo tiempo, lento. Los primeros meses me dejé llevar por la cadencia de tu ritmo presente, por la burbuja del puerperio, rodeada de los míos, de mi tribu, aprendiendo a ejercer el nuevo papel que tenía. Después, poco a poco, ha tocado ir volviendo a la normalidad, pero, ay, amiga, es una normalidad diferente, poco tiene que ver con la de antes. Es una nueva realidad bonita y cansada a partes iguales. Ya ves, mi ya no pequeña desconocida, todo se mueve entre pares contradictorios, pero es que creo que de esto va la maternidad. De días de euforia a días de estupor; de días de yo puedo con todo a días de querer huir un rato; de noches de no dormir a noches de dormir algo más (dos noches enteras me has regalado, que ni tan mal, oye –léase mi ironía).

También ha sido momento de (re)descubrir las propias sombras que habitan en mí. Sorprenderme pensando cosas que nunca me había planteado. Cayendo en aquello que me prometí no hacer nunca. Y ante eso solo queda perdonarse, pero que difícil es a veces. Por fortuna, todos los malestares del alma se curan al verte. No dejo de maravillarme de lo que llega a palpitar el corazón con el sonido de tu risa. Lo iluminada que se ve la vida a través de tus ojos. Lo apasionante que se vive todo con cada aprendizaje tuyo. Ya, ves, lo que te digo. La maternidad es la contradicción hecha carne y sentimiento.

Este tiempo también ha servido para ver todo el amor que desborda la llegada de una vida nueva. Espero que, a tu manera inconsciente, hayas podido notar todo el cariño que te han dado. Hemos sido afortunadas porque nos hemos sentido tremendamente arropadas y acompañadas. Bien es cierto que en esto también existe la contradicción y algunas personas no aparecieron ni se las espera. Está bien. No pasa nada. Seguramente, no forman parte de nuestro camino, aunque a veces haya dolido un poquito.

Y aquí estamos en tu primera vuelta al sol y ¡fíjate lo que has cambiado! Naciste pequeñita, ya me lo habían aventurado, y te costó aferrarte a la fuente de vida que era el pecho, pero ¡ay, amiga, ahora es tu mejor aliado! Dejaste de ser pequeñita para pasar a ser una bebé comestible, de muslos y mejillas gorditas y tiernas. Ahora ya te estás estirando y poco a poco abandonando aquel estado primigenio en el que llegaste. Has dejado de ser la bebé estoica que lo aceptaba todo a mostrar tu carácter –eso es bueno, me dicen-. El pelo te ha ido creciendo, aunque aún escasea, y se te forman unos caracolillos muy graciosos que intuyo te harán el pelo algo rizado. Sigues manteniendo los ojos claros y tus pestañas larguísimas hacen sombra al sol –que sí, que los ojos son míos, aunque el resto sea de tu padre-. Te gusta especialmente la música y mueves los brazos al son de Vivaldi, Sia o Bollywood, sin miramientos. Te gusta el contacto, pero tampoco que te achuchen en demasía. Has pasado de escrutar con seriedad a los extraños a darte vergüenza cuando te dicen cosas. Eres tremendamente observadora y de risa contagiosa entre los tuyos. Como contagiosa es la vida contigo, pequeña…

Mi ya no pequeña desconocida, voy cerrando esta carta, dándote las gracias. Porque si algo me has traído, además de tu ser bonito, ha sido un profundo sentimiento de vida. Yo que anduve perdida durante cierto tiempo, he “vuelto” contigo con el firme deseo de ser la mejor versión de mí misma. Y eso te lo debo todo a ti. Solo espero no defraudarte y saber estar a la altura de tu ser íntimo. Un ser que tengo ganas de ir descubriendo y, sobre todo, respetando para que tú también puedas ser la mejor versión de ti misma, la que brille en todas las vueltas al sol que te esperan. ¿Lo intentamos, pequeña mía?