¿Hacemos un trato?

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A Malka.

Queridas creaciones mías aún no nacidas, hagamos un trato como decía Don Mario. Notaréis en mi petición una cierta premura, pero es que os escribo entre despertares nocturnos de esa niña mía que aún no sabe lo que es dormir una noche seguida. Por ello, sin más rodeos, me gustaría que pactáramos una tregua para volver a vosotros algún día y daros, entonces, vida. Me gustaría que me esperaseis a la otra vuelta de la página en blanco hasta que el tiempo me permita daros palabra. Solo ruego no perderme en este plazo que os solicito y que podamos reencontrarnos cuando el momento sea el adecuado.

Lo siento por esta distancia que ha surgido entre nosotros y os pido de antemano disculpas. Mi vida no me permite dedicaros el tiempo que merecéis para llegar a “ser” y traspasar la “simple” idea que sois hoy. Pensaros y no haceros me causa un desasosiego que tengo que aprender a sobrellevar.

A días, a momentos, me siento diluida en el mar de obligaciones y rutinas cotidianas y vosotros parecéis mi última prioridad de esa lista interminable. Nunca llego a vosotros, por mucho que lo intente, entre trabajo, crianza, estudios, casa.

Silvia, ¿dónde estás?, Silvia, ¿andas ahí?, me pregunto en ocasiones. Y a veces no obtengo respuesta, solo silencio que molesta, que estorba. Otras, surgen señales en forma de gatos negros que me recuerdan que ahí estoy,  intermitente, extraña, en algún lugar entre capas y capas de pensamientos, acciones e intenciones.

A días, a momentos,  criar y crear me parecen totalmente incompatibles, como dos opuestos que se gustan, que vienen del mismo lugar, que se tocan, que se anhelan, pero que nunca llegan a nada más que a un desearse en silencio y a echarse de menos.

Por eso, criaturas que habitáis mi mente: futuras “Carmesinas” y “Gatos Negros”, niñas descubriendo mundo, bailarinas y jóvenes que despiertan, dadme tiempo y espacio para encontrar la senda que me lleve a vosotros. Aunque no pueda ser ahora, aunque no pueda responderos y actuar en este presente efímero que vivimos. Sed indulgentes conmigo, no me abandonéis, no me juzguéis –de esa parte, ya me encargo yo solita. Sabed que os echo de menos, pero la vida me reclama en otros quehaceres. Quisiera estar presente en todos los lugares, en todos los frentes, arrullaros a vosotros también, como hago a mi niña, pero lo cierto –y asumirlo forma parte del proceso- es que ahora no puedo atenderos como merecéis. Esperadme, por favor, y, mientras, dadme alas sin culpa para crear recuerdos en mi pequeña, para criar con imaginación  y paciencia, para seguir trabajando –por fin- en algo que me motiva, porque mi corazón también me pide estar ahí y aún no he descubierto el don de duplicarme.

Nadie dijo que criar y crear fuera fácil –eso ya lo sabía-. Hoy se me antoja una utopía, una falsa expectativa, a la que igualmente me aferro como a las palabras escritas que me dan vida.

Todo pasa, todo llega… Hagamos el trato que os propongo y yo prometo dejaros a buen recaudo entre mis notas mentales y textuales hasta que los astros tengan a bien darnos la oportunidad de crearnos y de querernos mutuamente. Porque esto es cosa de dos: yo os doy palabra y vosotros me las devolvéis en forma de esencia de lo que soy.

¿Hacemos el trato?

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Tu primera vuelta al sol

Hoy, mi pequeña, cumples tu primera vuelta al sol. Tus primeros 365 días en este mundo nuestro, tus primeros 365 días en esta vida que estás creando a cada paso, a cada descubrimiento, a cada aprendizaje, a cada sonrisa, pero de la que aún no eres consciente.

Hace un año mi ya no pequeña desconocida te escribí una carta. Una carta con una propuesta de pacto en el que te proponía enseñarnos mutuamente en esa nueva vida que íbamos a estrenar. Tengo que confesarte que no sé si estamos cumpliendo ese pacto, pero creo que al menos lo intentamos. Ahora que cumples tu primer año de vida, tu primera vuelta al sol,  te vuelvo a escribir… Una carta por año como en una especie de promesa.

Este año he experimentado la auténtica montaña rusa de la vida. Desde que llegaste aquel seis de febrero bajo tu signo de acuario marcando el camino, tal vez, tu carácter, hemos vivido momentos de todo cariz. Nos subimos a un vagón juntas y en este devenir hemos pasado por momentos de intensidad y felicidad extrema a otros de caída en vacío. Hemos gritado de euforia y también de miedo al llegar a túneles oscuros -túneles que, seguramente, estaba destinada a pisar para conocerme y conocernos más. A veces me pregunto qué habrás sentido y pensando tú… Y es que, no voy a engañarte, esto de la maternidad es de una intensidad increíble. Digamos que todo se multiplica por cien, por mil, por un número que no soy capaz de calcular –pero es que ya sabes que yo soy más de letras. Y por ello, todos los sentimientos se engrandecen, todos los pensamientos se amplían, todo se vive de manera intensa e irracional. Como intensa e irracional eres tú aún, mi pequeña.

Ciertamente el tiempo ha pasado rápido, demasiado fugaz –tal como todo el mundo me aventuraba- y, al mismo tiempo, lento. Los primeros meses me dejé llevar por la cadencia de tu ritmo presente, por la burbuja del puerperio, rodeada de los míos, de mi tribu, aprendiendo a ejercer el nuevo papel que tenía. Después, poco a poco, ha tocado ir volviendo a la normalidad, pero, ay, amiga, es una normalidad diferente, poco tiene que ver con la de antes. Es una nueva realidad bonita y cansada a partes iguales. Ya ves, mi ya no pequeña desconocida, todo se mueve entre pares contradictorios, pero es que creo que de esto va la maternidad. De días de euforia a días de estupor; de días de yo puedo con todo a días de querer huir un rato; de noches de no dormir a noches de dormir algo más (dos noches enteras me has regalado, que ni tan mal, oye –léase mi ironía).

También ha sido momento de (re)descubrir las propias sombras que habitan en mí. Sorprenderme pensando cosas que nunca me había planteado. Cayendo en aquello que me prometí no hacer nunca. Y ante eso solo queda perdonarse, pero que difícil es a veces. Por fortuna, todos los malestares del alma se curan al verte. No dejo de maravillarme de lo que llega a palpitar el corazón con el sonido de tu risa. Lo iluminada que se ve la vida a través de tus ojos. Lo apasionante que se vive todo con cada aprendizaje tuyo. Ya, ves, lo que te digo. La maternidad es la contradicción hecha carne y sentimiento.

Este tiempo también ha servido para ver todo el amor que desborda la llegada de una vida nueva. Espero que, a tu manera inconsciente, hayas podido notar todo el cariño que te han dado. Hemos sido afortunadas porque nos hemos sentido tremendamente arropadas y acompañadas. Bien es cierto que en esto también existe la contradicción y algunas personas no aparecieron ni se las espera. Está bien. No pasa nada. Seguramente, no forman parte de nuestro camino, aunque a veces haya dolido un poquito.

Y aquí estamos en tu primera vuelta al sol y ¡fíjate lo que has cambiado! Naciste pequeñita, ya me lo habían aventurado, y te costó aferrarte a la fuente de vida que era el pecho, pero ¡ay, amiga, ahora es tu mejor aliado! Dejaste de ser pequeñita para pasar a ser una bebé comestible, de muslos y mejillas gorditas y tiernas. Ahora ya te estás estirando y poco a poco abandonando aquel estado primigenio en el que llegaste. Has dejado de ser la bebé estoica que lo aceptaba todo a mostrar tu carácter –eso es bueno, me dicen-. El pelo te ha ido creciendo, aunque aún escasea, y se te forman unos caracolillos muy graciosos que intuyo te harán el pelo algo rizado. Sigues manteniendo los ojos claros y tus pestañas larguísimas hacen sombra al sol –que sí, que los ojos son míos, aunque el resto sea de tu padre-. Te gusta especialmente la música y mueves los brazos al son de Vivaldi, Sia o Bollywood, sin miramientos. Te gusta el contacto, pero tampoco que te achuchen en demasía. Has pasado de escrutar con seriedad a los extraños a darte vergüenza cuando te dicen cosas. Eres tremendamente observadora y de risa contagiosa entre los tuyos. Como contagiosa es la vida contigo, pequeña…

Mi ya no pequeña desconocida, voy cerrando esta carta, dándote las gracias. Porque si algo me has traído, además de tu ser bonito, ha sido un profundo sentimiento de vida. Yo que anduve perdida durante cierto tiempo, he “vuelto” contigo con el firme deseo de ser la mejor versión de mí misma. Y eso te lo debo todo a ti. Solo espero no defraudarte y saber estar a la altura de tu ser íntimo. Un ser que tengo ganas de ir descubriendo y, sobre todo, respetando para que tú también puedas ser la mejor versión de ti misma, la que brille en todas las vueltas al sol que te esperan. ¿Lo intentamos, pequeña mía?

 

Ser. Tener. Triunfar.

El otro día tuve el placer de introducirme en una historia ajena –en  forma de película-, de esas que, de alguna manera, se te prenden en el interior y te las llevas, las incorporas a tu acervo personal como un pequeño tesoro. Era una historia íntima, de libros, sueños, luchas y pérdidas. Y como las buenas historias que te dejan poso, esta también lo hizo, especialmente, a raíz de una de las frases finales en el clímax dramático de la película (la transcribo tal como la recuerden, perdonen que la cita no sea exacta):

Ella logró su sueño, pero se lo arrebataron. Sin embargo, hay algo que no pudieron quitarle, algo que emanaba de su interior: su coraje.

He de admitir que salí tocada por esa historia personal, como si yo misma la hubiera vivido. En el camino de regreso a casa, donde me esperaba una pequeña que me hace vivir el presente y no me da tiempo a elucubraciones mentales, me dejé llevar por unos minutos por mis pensamientos, tal vez, como hacía tiempo. Y rememoré mis propios sueños, mis triunfos y caídas y no pude por menos que preguntarme: ¿qué significa triunfar?

Seguramente, si le hiciera esta pregunta a la Silvia de hace unos años, la respuesta hubiera sido diferente a la que ahora daría. Porque, en realidad, triunfar que es: ¿tener títulos académicos, tener el trabajo mejor remunerado,  tener la vivienda más bonita, tener pareja, tener familia, tener muchos seguidores, tener muchas ventas, tener…?  Siempre el verbo tener. Hace tiempo que ese verbo y yo no somos muy amigos, porque sé que ese no es mi camino.

Pero sigamos con lo que preguntaba: ¿qué es triunfar? Ahora que vuelven a estar de moda las operaciones triunfo y el valgo por lo que tengo, me enarbolo con la bandera del ser. Porque el tener pasa, el ser queda. Así que, aunque obviamente, uno prefiere tener un trabajo que le guste, a poder ser bien pagado –algo extraño en los tiempos que corren-, tener un lugar bonito en el que vivir, tener una vida compartida con alguien a quien quieres, yo ensalzo el ser. El ser buena persona en el sentido profundo -aunque a veces no esté de moda y sea mejor ser un poco hijo de puta-, el ser transparente, el ser coherente, el ser sensible, el ser amigo, el ser atento, el ser educado, el ser amable, en definitiva, el ser. Ser de presente. Ser y mirarte al espejo sin miedo a que las sombras te puedan. Ser y mirar de frente a los demás sin cuentas pendientes. Ser y mirar tu interior para descubrir que los valores que quieres para ti se están cultivando ahí adentro. Y entonces percibo que eso es triunfar: ese momento, aunque sea ínfimo, en que sientes paz contigo mismo, porque estás en el lugar que debes, haciendo lo que sientes –lo que te dicta ese ser tuyo y único. Ese es el verdadero triunfo. A veces, es un triunfo escurridizo; otras veces, lo puedes casi casi palpar. A veces, perdura en el tiempo, otras es imperceptible.

Tal vez, nos arrebaten sueños, tal vez, a ojos de los demás podamos ser perdedores. Nada de eso importa, porque siempre permanecerá lo que hay ahí dentro: ya sea tu coraje, tu valentía, tu ser y todo lo que eso conlleva. Porque todo eso es lo que transmitimos y, de alguna manera, lo que deja huella en la vida, en los demás, en el mundo. Y entonces da igual los triunfos y las caídas. Tú y tu historia también habrán prendido en la vida de otra persona y le harás pensar y reflexionar, tal vez, en sus propios sueños, en sus triunfos, en sus anhelos, en sus caídas, en su ser. Tal como hizo la Sra. Green conmigo un sábado a través de la pantalla de un cine. Como antes, había hecho en palabras Penelope Figtezarld, la escritora de la novela en la que se basa la película que vi.

Si hiciéramos un símil, siguiendo el tema libros, que preferirías ser: ¿libro leído y vivido, desgastado de las manos que lo han tocado, o un bestseller temporal? Y retomo la pregunta para finalizar: ¿qué es triunfar para ti?

Por cierto, por si aún os lo estáis preguntando, la película es “La librería” de Isabel Coixet. Os la recomiendo encarecidamente.

El elixir de vida, un breve relato sobre la lactancia materna

Escribí este breve relato y artículo hace unos meses para compartir mi experiencia con la lactancia materna. Por suerte, tuve la oportunidad de asistir a un grupo que nos ayudó a Nadia y a mí a salir victoriosas de una lactancia que al principio se nos complicó. Sin duda, vivir esta experiencia sirvió para empoderarme en un momento importante de mi existencia, pero sobre todo me recordó cuán importante es buscar ayuda, compartir vivencias, hacer tribu. Aquí os dejo este texto sin más pretensión que dejar constancia de una situación, de un momento importante en este diario de vida que es el blog.

Cuentan que, cuando una mujer se transforma en madre, desarrolla unos superpoderes únicos: vivir y sonreír sin apenas dormir, desarrollar la paciencia infinita, interpretar los gestos del bebé hasta entender qué necesita, y entre ellos, uno espectacular, ser capaz de alimentarlo. Eso es la teoría, pero a veces no siempre se cumple, al menos, al principio. Eso le pasó a la protagonista de este breve cuento… Cuando nació su pequeña, intentó ejercitar ese superpoder que se le presuponía. Sin embargo, nada fue como había esperado y no era capaz de amamantar a su cría. ¿Tal vez ella no había sido bendecida con aquel superpoder? Lo buscó por todas partes, pero era incapaz de hallarlo y eso la sumió en una cierta tristeza. Sabía que en el mundo en el que vivía no era necesario aquel poder para que su hija viviera; existían alternativas para verla crecer, no como en sociedades ancestrales u otras actuales. Sin embargo, ella sentía que no debía desfallecer en la búsqueda de ese poder, no porque quisiera convertirse en una heroína −todas las madres lo son independientemente de cómo alimenten a sus hijos−, sino porque simplemente quería regalarle ese elixir de vida a su pequeña. Y después de mucho buscar, cuando ya casi se daba por vencida, encontró, por casualidad, un cónclave de mujeres sabias e inteligentes. Ellas le recordaron que su poder seguía intacto en algún lugar de su interior y decidieron ayudarla en ese camino hasta hallar de nuevo la fe perdida en sus pechos como dadores de vida. El camino no fue fácil, pues muchas pruebas tuvieron que superar tanto el bebé como la madre, pero así fue como en el nonagésimo día del nacimiento de la pequeña, aquella mujer recuperó completamente su poder y, lo más importante, su capacidad de creer en sí misma y en los procesos naturales de la vida.

Este pequeño cuento es la realidad de algunas mujeres que se enfrentan al hecho de dar el pecho a sus hijos. La lactancia materna se presupone como algo natural e innato, pero no siempre es fácil de establecer, o pueden surgir pequeños baches una vez establecida. Esto es lo que nos ocurrió a mi pequeña y a mí. Por razones varias, tuvimos que iniciar una lactancia mixta aun con todo el dolor de mi corazón. Sin embargo, contando con la ayuda y asesoramiento necesarios, logramos recuperar la tan anhelada lactancia materna exclusiva.

Y es que esa ayuda y asesoramiento existe. A veces, solo es cuestión de buscarla e intentarlo. Nosotras lo hemos logrado –como otros muchos casos que he tenido la oportunidad de compartir− en el maravilloso grupo de lactancia del CAP de San Rafael. Me siento muy afortunada por haber encontrar un espacio, un cónclave de mujeres sabias e inteligentes, donde me han aconsejado con cariño y respeto hasta lograr aquello que deseaba. El primer día que entré en el grupo de lactancia lo hice con lágrimas en los ojos por la tristeza y desorientación que me embargaba. El último día que asistí, también lo hice con lágrimas, pero de agradecimiento por todo lo vivido y compartido.

Por ello, si estás en una situación crítica ante tu lactancia materna –o simplemente, quieres compartir tu experiencia con otras madres−, busca, investiga y encuentra tu propio cónclave de mujeres sabias e inteligentes. Porque es posible, porque gracias a ellas este cuento ha tenido un final feliz y, tal vez, el tuyo también pueda tenerlo. El camino no siempre será fácil, pero si sabes rodearte, recuperarás tu superpoder.

Nadia y yo agradecemos infinitamente a nuestras hadas madrinas particulares de este cuento, la doctora Hortensia y la enfermera Romina, y al equipo médico de pediatría del CAP de San Rafael, por apoyar la lactancia materna desde el respeto y a todas esas maravillosas madres con las que he coincidido en el grupo que nos han acompañado y apoyado en todo momento y de las que he aprendido tanto.

Si quieres leer el relato en catalán, aquí lo encontrarás.

Un ángel en la octava planta

Si los ángeles existen, yo he tenido la fortuna de que uno de ellos me visitara. Justo cuando más lo necesitaba, en aquel preciso instante en que la esperanza escaseaba… Qué curioso, esperanza, como la que traes Nadia incorporada en el significado de tu propio nombre.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos me acogiera entre sus brazos-alas y me acompañara en aquella noche oscura. A su manera, me guareció y no me soltó en ningún instante.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos me bendijera con un beso y un “todo saldrá bien”. Y en solo esas tres palabras, deposité  toda mi confianza, mi fuerza y mi creer.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos cuidara de mi pequeña superheroína y de mí como si su vida fuera en ello. Con tu “gracias por confiar en mí” diste broche final a aquella noche, que recuerdo entre nebulosas de pensamientos y sentimientos.

Si los ángeles existen, uno de ellos se esconde bajo un traje rosa –creo rememorar-, con mirada dulce y gesto afable, entre medicamentos, termómetros y curas en la octava planta de Vall d’Hebron.

Gracias infinitas, ángel de carne y hueso y espíritu mágico, por desvivirte y ejercer tu trabajo con una humanidad que aun resuella en mis sentires. No creo que me leas, pero gracias Jeny, por ser luz en noche oscura, por ser esperanza en momentos opacos, por ser ternura en situaciones difíciles.

Y a los “afortunados” que nos encontremos con estos seres alados, démosle las gracias lo mejor que sepamos. Porque, en el fondo, muchos más ángeles necesitamos en este mundo que impregnen de buenas obras nuestra cotidianidad. Ojalá yo también sea ángel algún día para devolver y reconfortar con mis palabras a quien lo necesite igual que hicieron conmigo.

Lo que me has enseñado (… por el momento)

Que tenerte iba a ser una aventura, de eso no tenía duda. Una aventura que no ha hecho más que empezar… Hoy que cumples tu cuarto mes de vida, me detengo un momento, el que tú me permites, para escribirte estas palabras sobre lo que me has enseñado y he aprendido en este tiempo.

He aprendido a que me llamen mami y todo lo que eso significa, como que a veces supone estar a la sombra de la nueva vida, darle protagonismo a ella, porque ahora es su turno. Y lo haces con el cansancio transmutado en ilusión y satisfacción.

He aprendido que el tiempo no es mío, que ahora es completamente tuyo –o al menos lo ha sido hasta que la escasa y ridícula baja maternal nos lo ha permitido-. Mi tiempo ya no se suma por segundos, minutos y horas. Ahora transcurre por tomas, siestas tuyas –breves- y sonrisas.

He aprendido que no hay mejor obligación o responsabilidad que cuidarte, a veces con más ánimo que otras, pues el cansancio aunque por una buena causa, a veces pasa factura. Yo tan yonqui del trabajo ni me he acordado de él ni lo he echado de menos.

He aprendido que dormir está sobrevalorado, pues con unas pocas horas y a trompicones también puedes funcionar el resto del día, aunque sea con ojeras y sin cafeína.

He aprendido a disfrutar de la pausa y de la vida en calma, excepto cuando lloras o remugas, que aunque no es habitualmente, me sigue poniendo nerviosa (he de reconocerlo, no soy una madre para nada perfecta). Yo que siempre he ido medio acelerada por la vida, he valorado parar y dedicarme a lo bonito de la vida.

He aprendido que el corazón se amplía con cada sonrisa tuya, que los mejores abrazos son aquellos en que tú me tiras del pelo o me aprietas la cara. En esto no lo has tenido difícil, siempre he sido de contacto y carantoñas fáciles.

He aprendido que quiero seguir siendo yo, aunque ahora tenga otra faceta que experimentar. Pero un yo mejor que el de antes, un yo del que sentirme orgullosa, y, del que ojalá también tú puedas sentirlo algún día.

He aprendido que sin ayuda muchos momentos no hubieran sido iguales. Que está muy bien ser independiente y fuerte, pero que compartir esta aventura con tu compañero de vida, tus padres, las amistades, la familia es imprescindible para “sobrevivirlo” en determinados momentos y disfrutarlo plenamente.

He aprendido a luchar y a recuperar la fe en mi misma, a hacer tándem contigo, y a lograr que mi pecho fuera tu alimento. Yo que no las tenía todas conmigo, una vez más he comprobado que buscar y explorar puede traer aquello que deseas. Tomo nota para otros menesteres de mi vida.

He aprendido tantas cosas y tanto de ti que esta lista podría ser infinita…  Pero, por encima de todo, he aprendido a valorar cada instante. Y ahora solo me queda aprender a asumir la contradicción del tiempo. Aquel tiempo que  se debate entre los momentos que me gustaría que se detuvieran en cada sonrisa que me das, en cada mirada inocente, en cada gesto y avance que haces, pero que a la vez, es un tiempo que deseo que vaya pasando por la curiosidad de verte crecer, verte avanzar y hacerte persona, y para qué negarlo, para dormir más de 3 horas seguidas y tener un poco más de tiempo para mí (a la vista está lo que he tardado en volver al blog). ¡La contradicción del tiempo entre congelar estos momentos que no volveran y los que están por llegar!

Carta a mi pequeña desconocida

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Jueves, 2 de Febrero de 2017

Quedan pocos días para conocernos, para vernos –cada una a su manera, yo a través de la mirada, tú a través de la piel- y una sensación extraña me embarga, una especie de mezcla de júbilo e incertidumbre.

Nos iremos dos al hospital y volveremos tres a este rincón de mundo que llamamos hogar. Y ahí, definitivamente, empezaremos un nuevo capítulo de nuestra vida.

Ante la hoja en blanco, uno puede sentir dos cosas: ilusión por llenarla o dudas por si la inspiración no llega… Algo así ocurre en este capítulo nuevo y es que mis sentires, pequeña desconocida, se agitan entre dos mares. Entre el conocerte y el hacerlo bien. Así que, mi pequeña desconocida –con ese “mi” que trataremos que no sea muy posesivo- no puedo prometerte que vaya a ser la mejor madre, porque ni siquiera yo sé cómo voy a ser. Puedo tener la mejor voluntad, unas determinadas expectativas, pero prefiero que la experiencia nos vaya pautando el camino. Que la rigidez mental no pueda con el dejarse fluir, que lo innato no se pierda por el raciocinio.

Seguramente, me equivocaré mil veces y mil veces habrás de perdonarme. Te pido que tengas paciencia conmigo por si en algún momento me pierdo, por si a veces no se entender tus gimoteos, por si tengo mil dudas o no sé explicar cuentos –escribirlos es otra historia.

Y es que conocerte será una aventura que también me servirá para conocer una parte de mi misma. Por eso te propongo que en lugar de promesas, hagamos un pacto: ayudarnos a crecer mutuamente. Para que así seamos capaces de querernos, perdonarnos, acompañarnos, comprendernos… Porque si de algo estoy segura, es que a partir de ahora, serás mi maestra, porque ya desde aquel 11 de junio viniste a recordarme lecciones de vida: todo llega, todo ocurre. Y, desde entonces, sin tú saberlo –o tal vez, sí, de alguna forma en tu propio mar- me has enseñado fortaleza, calma, esperanza, a seguir creyendo…

Gracias por el camino que hemos construido hasta ahora. ¡No lo hemos hecho tan mal, pequeña desconocida! Empezaremos en breve un nuevo capítulo, dejaremos que las palabras vayan creando nuestra historia común y propia. Permitamos que la inspiración nos acompañe a cada paso. Que la imaginación nos ayude a construir momentos y sueños. Que la voluntad nos guie siempre y que la alegría sea nuestro adn particular. Y, sobre todo, que no nos falte el amor y la esperanza, como tu propio nombre indica.

La vida empezó a gestarse hace nueves meses y  ahora prosigue la gran aventura. Pequeña desconocida, ¿estás preparada para el viaje?