La poesía de la vida

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A veces dicen que la poesía está pasada de moda, que ya no va con los tiempos que corren -y viendo cómo está el mundo podría parecerlo. Sin embargo, pienso que la poesía seguirá con vida mientras haya sentimientos que expresar, ideas que mostrar, pensamientos que abordar. Seguirá viva mientras haya poetisas o poetas que sean capaces de definir s(t)u yo más intimo en cuatro versos. Seguirá viva mientras haya quien quiera maravillarse con lo que rodea, quien quiera extraer el meollo de la vida, quien quiera ir más allá de lo superficial para entrar en las sombras oscuras.

Hay quien teme a la poesía, le da miedo o respeto acercarse a ella por pavor a no entenderla. La buena poesía no necesita de explicaciones, solo de dejarse sentir. La poesía no te va a morder ni te va arañar, o sí, tal vez, lo haga, en tu alma. Permíteselo, déjala entrar en ti,  sin allanamiento de morada, para que su efecto sea más profundo. Recuerda que la poesía es en sí misma como la vida, solo hay que experimentarla.

Así que experimenta la vida, busca la poesía en las cosas que te rodean. De eso se trata. La puedes encontrar en los grandes clásicos, pero yo casi que prefiero a los poetas cotidianos, aquellos que en la sencillez de sus versos se esconde la verdad.

Eso es lo que he encontrado en la poesía de Mi amor de invierno, de Cristina Ruiz, editado por maLuma. Un recorrido por diferentes estados del amor en el que todos nos podemos sentir identificados. Seguramente, algunos de sus versos dejarán impronta en ti y te devolverán a amores pasados, a lágrimas desvaídas por el tiempo, a besos semiolvidados.

Si quieres experimentar la poesía, así como la vida, Mi amor de invierno puedes ser el billete para un viaje de ida hacia este género. Y digo solo de ida, porque una vez emprendas la ruta, querrás seguir la senda de los versos. Recuerda que la poesía es como la vida, solo hay que experimentarla sin miedo.

Dejar huella

huellas

¡Oh, mi yo! ¡oh, vida!
de sus preguntas que vuelven,
del desfile interminable de los desleales,
de las ciudades llenas de necios.
De mí mismo, que me reprocho siempre 
(pues, ¿quién es más necio que yo, ni más desleal?).
De los ojos que en vano ansían la luz, 
de los objetos despreciables, 
de la lucha siempre renovada,
de los malos resultados de todo,
de las multitudes afanosas y sórdidas que me rodean.
De los años vacíos e inútiles de los demás, 
yo entrelazado con los demás.

La pregunta, ¡oh, mi yo!,
la pregunta triste que vuelve 
– ¿qué de bueno hay en medio de estas cosas, 
oh, mi yo, oh, vida? –

Respuesta:
Que estás aquí,
que existe la vida y la identidad,
que prosigue el poderoso drama,
y que tú puedes contribuir con un verso.

Canto a mí mismo (Walt Whitman)

 

Cuando tengo un problema, mi padre siempre me dice que no me preocupe en demasía. ¡Eso no es nada comparado con la inmensidad del mar!, es su frase para quitarle hierro al asunto.

Y tiene razón, muchas veces los problemas son tonterías y nosotros somos ínfimos comparados con el universo que nos rodea. La vida se nos va en apenas un suspiro y, cuantas veces nos perdemos en vericuetos mentales que no nos dejan ser aquello que anhelamos.

Y, a pesar de ello, de nuestra finitud, de nuestro pasar rápido por el planeta, creo que es casi casi nuestra obligación dejar nuestra pequeña huella, aquella impronta que podrán recordar los demás de nosotros. No hace falta que sea nada grande ni portentoso, pero si algo que defina nuestro paso por aquí. Puede ser desde el cariño y el amor que hayas entregado a los tuyos hasta una idea revolucionaria. ¿Y para qué si somos finitos, si todo nace, todo llega a su fin?  Porque a lo mejor es una buena manera de pasar por la vida.  Haber estado presente. Al final, lo importante, es estar aquí plenamente. No pasar por la existencia de puntillas, sino a pasos firmes, sintiendo la tierra bajo nuestros pies y dejando que nuestros pensamientos vuelen ligeros de equipaje.

Este pasado verano me ha traído una mezcla de vida y muerte que han convivido en un extraño equilibrio. Por eso, tal vez, cuando pienso en si estoy haciendo algo para dejar huella, me entran las dudas y la incertidumbre.

Creo que todos podemos dejar esa impronta, que está en nuestra mano, seguramente después de trabajo, constancia, riesgo y, sí, tal vez, también un poquito de suerte.

Whitman nos apelaba en uno de sus versos de Canto a mí mismo que todo el mundo puede contribuir con un verso.

Atreverse, lanzarse, arriesgarse, soñar, luchar, pensar, persistir, continuar, permanecer para contribuir, para dejar algo de ti en los demás.

A veces yo soy la primera que como dice Whitman me reprocho a mí misma tantas y tantas cosas, pero entonces recuerdo mi finitud comparada con la inmensidad del mar y empiezo a ver las cosas más claras. Pienso en Carmesina que está en muchos hogares y habla diferentes idiomas, que mis colores han ayudado a algunas personas, que La inspiración dormida se ha convertido en Gato Negro para otras, que en algún lugar del mundo, tal vez, esta noche alguien esté leyendo alguna de las palabras que yo he escrito. Que una parte de mi está ahí y que el otro la puede sentir. Y entonces me emociono y sigo pensando que a pesar de nuestra finitud vale la pena seguir dejando nuestra huella, nuestra impronta, nuestro verso.

Atreverme, lanzarme, arriesgarme, soñarme, luchar, pensar, continuar, permanecer, escribir para contribuir, para dejar algo de mí en ti.

¿Y cuál es la huella que tú vas a dejar? ¿Cuál es el verso que vas a escribir?

Reivindicarse

actitud

A Sandra, mi “hermana”

Hubo un tiempo en que creí que las cosas no ocurrían porque sí, que todo respondía a algún hecho que nos llevaría a otro, encadenándose así los momentos en vida… Cuando aquello sucedía, aunque solo fuera durante un instante, lo veía todo claro, todo encajaba como las piezas de un gran puzzle. Un tiempo después esas creencias fueron esfumándose por los desengaños cotidianos y se aposentó en mí un descreimiento. Y me hallaba yo en esa falta de magia, cuando ocurrió una de esas cosas que tenían que ocurrir…

Cuando empecé el año no presagiaba que enero me fuera a traer su visita. Pero así fue. Llegó ella en forma de mensaje un miércoles por la mañana para devolverme a la realidad. Estaba aquí, había vuelto –aunque fuera momentáneamente- de su paraíso particular. Se me dibujó la ilusión en los ojos y las ganas de abrazarla vencieron la hosquedad del día.

Cuando al fin la ví y la pude abrazar y dar los besos que no le había dado en mucho tiempo, sentí que hay reencuentros que están destinados a ser como esas cosas que no ocurren porque sí. Viniste por otros motivos, pero a mí me trajiste unos cuantos para seguir adelante.

Llegaste más alta, más entera, más feliz y no pude por menos que dejarme contagiar por ese estado que traías. Pensé que en el tiempo transcurrido, en estos casi tres años, tú habías cambiado y yo me había quedado quieta, estancada… Pero tú me hiciste pensar que el camino a veces es más largo, más enrevesado, más profundo, pero que mientras se camine no hay nada perdido, sino todo por ganar, todo por aprender. Porque, y nunca mejor dicho, más importante es el camino que el destino. Porque más valor tiene lo que se siente y se crece por dentro, que lo que se consigue en el mundo tangente.

Y me acogí a tu actitud para hacerla también mía, porque me pareció la más valiente y sincera que veía en mucho tiempo. Estaba ya cansada de milongas pseudoexistencialistas, que no son más que fachada y que rezan: sonríe, sé feliz, piensa en positivo, todo está bien, todo estará bien…  No quiero forzar lo que no siento, pues eso sería ir en contra de lo que soy en estos momentos. Si tengo una actitud positiva será porque realmente la siento –sin empalagarme, por favor-. Si tengo una actitud de rebeldía será porque toca reivindicarse. Si me inunda la tristeza, empezaré por aceptarla, pero sin quedarme en ella; si la rabia me acontece, la esputaré, porque siempre será mejor fuera que dentro. En definitiva, tomaré la actitud de ser coherente conmigo misma, con mi yo más propio y profundo… Para reivindicarme, para hacerme ver, para hablar alto y claro. Por eso aquí estoy yo, cabeza alta, orgullo de mi misma, con mirada clara, frente arriba, labios sinceros, sentimientos forjados a tiempo y momentos. Y con actitud encararemos las alegrías y los problemas. Que un día no funciona algo en el trabajo, ¡actitud Silvia! Que una tarde un paso de baile se encalla, ¡actitud Silvia! Que la inspiración anda perdida, ¡actitud Silvia! Que el tiempo pasa y no ocurre nada, ¡actitud Silvia! ¡Siempre actitud!

Actitud de ser, de ser tal como uno es y todo lo demás, lo dejaremos atrás. Tal vez, con más actitud, con más cabeza firme, mirada clara, frente alta, más siendo lo que uno es sin las capas de cotidianidad, de lo que esperan los demás, de autoexigencia, de carencias y ausencias, seré la mejor versión de mí misma o, al menos, de la que me sentiré más orgullosa.

Hubo un tiempo en que creí que las cosas no ocurrían porque sí… Tal vez, hoy vuelva a ser ese día. Todo es y será cuestión de actitud. ¿Cuál es la tuya?