Ser. Tener. Triunfar.

El otro día tuve el placer de introducirme en una historia ajena –en  forma de película-, de esas que, de alguna manera, se te prenden en el interior y te las llevas, las incorporas a tu acervo personal como un pequeño tesoro. Era una historia íntima, de libros, sueños, luchas y pérdidas. Y como las buenas historias que te dejan poso, esta también lo hizo, especialmente, a raíz de una de las frases finales en el clímax dramático de la película (la transcribo tal como la recuerden, perdonen que la cita no sea exacta):

Ella logró su sueño, pero se lo arrebataron. Sin embargo, hay algo que no pudieron quitarle, algo que emanaba de su interior: su coraje.

He de admitir que salí tocada por esa historia personal, como si yo misma la hubiera vivido. En el camino de regreso a casa, donde me esperaba una pequeña que me hace vivir el presente y no me da tiempo a elucubraciones mentales, me dejé llevar por unos minutos por mis pensamientos, tal vez, como hacía tiempo. Y rememoré mis propios sueños, mis triunfos y caídas y no pude por menos que preguntarme: ¿qué significa triunfar?

Seguramente, si le hiciera esta pregunta a la Silvia de hace unos años, la respuesta hubiera sido diferente a la que ahora daría. Porque, en realidad, triunfar que es: ¿tener títulos académicos, tener el trabajo mejor remunerado,  tener la vivienda más bonita, tener pareja, tener familia, tener muchos seguidores, tener muchas ventas, tener…?  Siempre el verbo tener. Hace tiempo que ese verbo y yo no somos muy amigos, porque sé que ese no es mi camino.

Pero sigamos con lo que preguntaba: ¿qué es triunfar? Ahora que vuelven a estar de moda las operaciones triunfo y el valgo por lo que tengo, me enarbolo con la bandera del ser. Porque el tener pasa, el ser queda. Así que, aunque obviamente, uno prefiere tener un trabajo que le guste, a poder ser bien pagado –algo extraño en los tiempos que corren-, tener un lugar bonito en el que vivir, tener una vida compartida con alguien a quien quieres, yo ensalzo el ser. El ser buena persona en el sentido profundo -aunque a veces no esté de moda y sea mejor ser un poco hijo de puta-, el ser transparente, el ser coherente, el ser sensible, el ser amigo, el ser atento, el ser educado, el ser amable, en definitiva, el ser. Ser de presente. Ser y mirarte al espejo sin miedo a que las sombras te puedan. Ser y mirar de frente a los demás sin cuentas pendientes. Ser y mirar tu interior para descubrir que los valores que quieres para ti se están cultivando ahí adentro. Y entonces percibo que eso es triunfar: ese momento, aunque sea ínfimo, en que sientes paz contigo mismo, porque estás en el lugar que debes, haciendo lo que sientes –lo que te dicta ese ser tuyo y único. Ese es el verdadero triunfo. A veces, es un triunfo escurridizo; otras veces, lo puedes casi casi palpar. A veces, perdura en el tiempo, otras es imperceptible.

Tal vez, nos arrebaten sueños, tal vez, a ojos de los demás podamos ser perdedores. Nada de eso importa, porque siempre permanecerá lo que hay ahí dentro: ya sea tu coraje, tu valentía, tu ser y todo lo que eso conlleva. Porque todo eso es lo que transmitimos y, de alguna manera, lo que deja huella en la vida, en los demás, en el mundo. Y entonces da igual los triunfos y las caídas. Tú y tu historia también habrán prendido en la vida de otra persona y le harás pensar y reflexionar, tal vez, en sus propios sueños, en sus triunfos, en sus anhelos, en sus caídas, en su ser. Tal como hizo la Sra. Green conmigo un sábado a través de la pantalla de un cine. Como antes, había hecho en palabras Penelope Figtezarld, la escritora de la novela en la que se basa la película que vi.

Si hiciéramos un símil, siguiendo el tema libros, que preferirías ser: ¿libro leído y vivido, desgastado de las manos que lo han tocado, o un bestseller temporal? Y retomo la pregunta para finalizar: ¿qué es triunfar para ti?

Por cierto, por si aún os lo estáis preguntando, la película es “La librería” de Isabel Coixet. Os la recomiendo encarecidamente.

Anuncios

Reivindicarse

actitud

A Sandra, mi “hermana”

Hubo un tiempo en que creí que las cosas no ocurrían porque sí, que todo respondía a algún hecho que nos llevaría a otro, encadenándose así los momentos en vida… Cuando aquello sucedía, aunque solo fuera durante un instante, lo veía todo claro, todo encajaba como las piezas de un gran puzzle. Un tiempo después esas creencias fueron esfumándose por los desengaños cotidianos y se aposentó en mí un descreimiento. Y me hallaba yo en esa falta de magia, cuando ocurrió una de esas cosas que tenían que ocurrir…

Cuando empecé el año no presagiaba que enero me fuera a traer su visita. Pero así fue. Llegó ella en forma de mensaje un miércoles por la mañana para devolverme a la realidad. Estaba aquí, había vuelto –aunque fuera momentáneamente- de su paraíso particular. Se me dibujó la ilusión en los ojos y las ganas de abrazarla vencieron la hosquedad del día.

Cuando al fin la ví y la pude abrazar y dar los besos que no le había dado en mucho tiempo, sentí que hay reencuentros que están destinados a ser como esas cosas que no ocurren porque sí. Viniste por otros motivos, pero a mí me trajiste unos cuantos para seguir adelante.

Llegaste más alta, más entera, más feliz y no pude por menos que dejarme contagiar por ese estado que traías. Pensé que en el tiempo transcurrido, en estos casi tres años, tú habías cambiado y yo me había quedado quieta, estancada… Pero tú me hiciste pensar que el camino a veces es más largo, más enrevesado, más profundo, pero que mientras se camine no hay nada perdido, sino todo por ganar, todo por aprender. Porque, y nunca mejor dicho, más importante es el camino que el destino. Porque más valor tiene lo que se siente y se crece por dentro, que lo que se consigue en el mundo tangente.

Y me acogí a tu actitud para hacerla también mía, porque me pareció la más valiente y sincera que veía en mucho tiempo. Estaba ya cansada de milongas pseudoexistencialistas, que no son más que fachada y que rezan: sonríe, sé feliz, piensa en positivo, todo está bien, todo estará bien…  No quiero forzar lo que no siento, pues eso sería ir en contra de lo que soy en estos momentos. Si tengo una actitud positiva será porque realmente la siento –sin empalagarme, por favor-. Si tengo una actitud de rebeldía será porque toca reivindicarse. Si me inunda la tristeza, empezaré por aceptarla, pero sin quedarme en ella; si la rabia me acontece, la esputaré, porque siempre será mejor fuera que dentro. En definitiva, tomaré la actitud de ser coherente conmigo misma, con mi yo más propio y profundo… Para reivindicarme, para hacerme ver, para hablar alto y claro. Por eso aquí estoy yo, cabeza alta, orgullo de mi misma, con mirada clara, frente arriba, labios sinceros, sentimientos forjados a tiempo y momentos. Y con actitud encararemos las alegrías y los problemas. Que un día no funciona algo en el trabajo, ¡actitud Silvia! Que una tarde un paso de baile se encalla, ¡actitud Silvia! Que la inspiración anda perdida, ¡actitud Silvia! Que el tiempo pasa y no ocurre nada, ¡actitud Silvia! ¡Siempre actitud!

Actitud de ser, de ser tal como uno es y todo lo demás, lo dejaremos atrás. Tal vez, con más actitud, con más cabeza firme, mirada clara, frente alta, más siendo lo que uno es sin las capas de cotidianidad, de lo que esperan los demás, de autoexigencia, de carencias y ausencias, seré la mejor versión de mí misma o, al menos, de la que me sentiré más orgullosa.

Hubo un tiempo en que creí que las cosas no ocurrían porque sí… Tal vez, hoy vuelva a ser ese día. Todo es y será cuestión de actitud. ¿Cuál es la tuya?

Postales #2: Ser

Postal_thoreau

“Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida, y dejar a un lado todo lo que no fuese vida, para no descubrir en el momento de mi muerte, que no había vivido.”

El otro día recordé estas palabras de Thoreau. Y es que a veces me sobran asfalto, penas, quebraderos de cabeza… Y me faltan ligereza, esperanza, sencillez… En defintivia, me falta lo más importante: Ser.

Yo también me iría a los bosques a buscar lo primordial, a sentir y ser plenamente, sin tanta confusión material y mental, sin tantos números que quitan el sueño, sin tanto peso del paso del tiempo, sin tanta exigencia propia y ajena, sin tanta ausencia y con más presencia, sin tanta tenencia y con más esencia… Porque seguramente de eso trata el ser.

Thoreau, ¿me haces un hueco en tu cabaña junto al lago Walden?