Corazones de gofre

Una de las cualidades cuasi mágicas que tiene la lectura es que te permite vivir otras vidas, habitar otros lugares, convertirte en otros seres. Mientras dura el viaje por las páginas de negro sobre blanco puedes reír, llorar, aventurarte  y vivir mil situaciones inalcanzables. Y algo de todo esto me ha traído esta historia y es que este libro, editado por Nórdica libros en su colección Nórdica infantil a finales del 2017, me ha devuelto a la niñez. ¡Ah, pero con un extra! Ser niña en otro paisaje, en otro país y, sin duda, ese ha sido todo un aliciente para un alma viajera –y algo nostálgica- como la mía.

Corazones de gofre es una novela juvenil escrita por la autora noruega Maria Parr y nos explica un año de anécdotas y vivencias de los niños Lena y Theo en Terruño Mathilde, un pueblo de la costa noruega. Dos amigos del alma inseparables, pero que no pueden ser más diferentes.  Durante las cuatro estaciones les acompañamos en una serie de vivencias  -por no decir travesuras-  vinculadas a la naturaleza, las tradiciones y el lugar donde habitan. Entre la ternura y la diversión, vivimos estas anécdotas con la expectativa y el deseo que tiene Theo durante toda la historia: que algún día Lena se decida a decirle que él es su mejor amigo. ¿Y es qué quién no ha anhelado alguna vez en su vida, sobre todo en la infancia y adolescencia, sentirse reafirmado por esas palabras?

Si esta reseña fuera una receta de cocina –de gofres, por ejemplo- te diría que esta historia tiene tres ingredientes que hacen de ella una pequeña delicia para saborear de poquito a poco:

La protagonista, Lena, es una niña intrépida, aventurera, una digna heredera de otra niña de la literatura nórdica como Pippi y otros maravillosos personajes femeninos juveniles que han surgido en los últimos años. Ahora que reivindicamos tanto que las chicas no sean (solo) princesas, Lena es la naturalidad y la valentía hecha carne y hueso, bueno, aquí  palabra y verbo. Un buen ejemplo para todos nuestros jóvenes, niñas y niños.

La autenticidad que desprende cada capítulo y la fina ironía con la que se cierra cada uno de ellos siempre en un tono y lenguaje propio de la infancia. Nada de moralejas, ni moralinas, ni “buenrollismo”, simple y grandemente, la narración está plena de verdad y de la propia vida vista desde la mirada única de la niñez. Y se agradece leer un texto con tanta naturalidad, donde no se nos pretende aleccionar ni enseñar nada, sino únicamente disfrutar del mundo a través de Lena y Theo.

Las descripciones de los lugares son maravillosas y te teletransportan directamente a aquellos parajes. Ya he comentado anteriormente que el paisaje y la naturaleza que describe son casi, casi, un personaje más. Tienen un peso fundamental en esta historia llena de historias y resulta fácil pintar en nuestro lienzo mental esos pastos verdes, esas montañas, esas costas, esas casas… No puedes evitar sentir ganas de coger un vuelo e irte directamente a Noruega.

Y, por último, solo podemos alabar que estos tres ingredientes fundamentales hayan sido cocinados de manera delicada y cuidadosa dando como resultado una edición preciosa por parte de Nórdica, donde las ilustraciones de Zuzanna Celej acaban siendo la guinda final del pastel… ¡Ah, pero, no estábamos hablando de pasteles, sino de gofres! Y en este caso, solo me ha faltado una cosa para acabar de redondear este libro: conocer la receta de los gofres de la tía abuela de Theíco. ¡Maria Parr nos has dejado con las ganas de probarlos!

En definitiva, este libro es como uno de los gofres de los que habla en su historia y en su título. Tierno por dentro y crujiente por fuera, de masa dulce, pero no empalagosa. Ideal para adultos nostálgicos de la infancia y para niños lectores que busquen historias para ser saboreadas con la calma.

Corazones de gofre, Maria Parr, Nórdica Libros, 2017

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La flor púrpura

Hace ya unos meses llegó a mis manos esta historia. Fue el regalo de una gran amiga -acaso, la mejor-. Solo por eso, por lo que me conoce, por cómo es ella, sabía que esta lectura valdría la pena. Pero mi vida lectora en los últimos tiempos se ha visto reducida drásticamente, así que este libro quedó mucho tiempo esperando pacientemente en mi mesilla de noche. Hasta que llegó su momento y, creo que no podía haber sido mejor.

He leído a Chimamanda en estos meses atrás en que una oleada de voces se ha levantado en pro de la igualdad de mujeres y hombres. Auspiciada por un 8 de marzo que se ha celebrado como pocas veces en la historia, yo me dejé llevar por esta historia que tiene mucho de feminista, como la propia autora se reivindica a sí misma.

La flor púrpura es una historia que se vive y, por tanto, duele y te sonríe a partes iguales -tal vez, haya más dolor, pero como toda historia iniciática también está repleta de inocentes descubrimientos . También es una historia construída a partir de sentimientos universales, totalmente reconocibles, aunque la historia se sitúe en una zona de Nigeria de hace algunas décadas . Debo admitir que la cultura africana me resulta completamente desconocida -una siempre tira más a hacia Oriente- y adentrarse en ella, en algún momento, me ha resultado un poco complicado. Pero, creo que lo válido de las buenas obras es que poco importa que la cultura y las costumbres sean diferentes, lo que prevalece es lo común: los temas que forman parte de la cotidianidad. Así en La flor púrpura viajamos por esos grandes temas inherentes al ser humano como el despertar a a la vida, a la curiosidad, al amor, la rebeldía ante los progenitores, la lucha con uno mismo por hacerse oír, el dolor de la culpa, etc. Son tantos los temas que se tocan que creo que cualquiera puede sentirse identificado.

La lectura resulta calmada, reposada, de esas historias en las que parece que no pase nada, pero pasa todo. Porque todo lo que acontece lo hace por dentro de los personajes como resultado de acciones sutiles o en apariencia sin trascendencia -como esos días en casa de la tía Ifeoma que lo cambian todo.

Y decía que había llegado en un buen momento esta lectura, porque en ella se reivindica ya el concepto feminista que la autora ha seguido trabajando a lo largo de su obra y, de manera explícita en títulos como Todos deberíamos ser feministas y Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo. Y ya que hablamos de reivindicar, reivindiquemos también la voz y la autoría femenina también en la literatura. Hace unas semanas tuve una estupenda clase con Bel Olid -escritora y activista feminista- y nos habló -y a mí particularmente me hizo reflexionar- sobre la necesidad de hacernos ver -como escritoras-, de sacarnos a la luz. Durante mucho tiempo hemos estado a merced de la vida estipulada -matrimonio, hijos, trabajo-, ¿pero dónde quedaba nuestra creatividad? Muchas veces sofocada entre fogones y biberones. Es hora de reivindicar nuestra espacio creativo, nuestro espacio público, que se nos vea, que se nos valore. Y, sin duda, eso empieza por nosotras mismas, por creer en nuestras capacidades, por buscar nuestros espacios, por hacernos visibles.

Chimamanda nos lo recuerda con su propio ejemplo, con su propia obra -sin excusas-. Ahora hace falta que otras nos apliquemos el cuento. En mi opinión, Chimamanda es una voz que merece ser leída y escuchada -no os perdáis la charla TED que os dejo más abajo sobre lo que es el feminismo y lo que podemos hacer cada uno de nosotros por contribuir a ello-. Es una voz lúcida y clara, una voz que elabora de manera sutil en sus frases todo un espectro de sentimientos únicos.

Para muestra un botón, así que antes de dejaros con el vídeo de la charla, os dejo con dos perlitas de esta obra. Dos frases sencillas en apariencia, pero que revelan el despertar de la protagonista a la vida respresnetado en el reconocimiento de la sonrisa de los demás o de la suya propia. ¿No os parecen preciosas?

“En el rostro de Jaja se dibujó una sonrisa tan amplia que me permitió descubrir unos hoyuelos en sus mejillas que nunca antes había visto”.

(…)

“Me eché a reir. Mi propia risa me resultaba extraña, como si estuviera escuchando una grabación en la que se reía un extraño. No estaba segura de haber oído alguna vez mi propia risa”.

(…)

La flor purpura, Chimamanda Ngozi Aichie. Literatura Random House