La mujer agua

A mi hermana Sandra, mujer tierra-mujer agua.

“La única constante es el cambio”

Hubo una vez una muchacha hecha de arena, brea y hierba que creció aferrada a la tierra, en un pequeño pueblo de la sierra. Ella, que se sentía enraizada al suelo que pisaba, era capaz de crear con sus manos preciosas vasijas y cuencos que llenaba de experiencias, amor y ternura y que vendía en su pequeño puesto callejero. Disfrutaba al ensuciarse las manos y dar forma a la suave argila bajo el sol de secano. De ahí que todo el mundo la conociera como la mujer tierra. Y así como creaba las piezas, se creaba a sí misma entre las sinuosidades de su torno en un intento de convertirse en pieza perfecta, bella y única a ojos ajenos. Al hacerlo, la tierra con sus aromas y tactos se transmutaba en la piel morena, los ojos verde canela y la cabellera oscura de la mujer. Sin embargo, con el tiempo, aquella vasija-cuerpo que contenía su alma empezó a resquebrajarse. Al principio, apenas fueron perceptibles algunas pequeñas grietas, más tarde algunas muescas en la superficie para, finalmente, acabar rota y desbordando todos los sentimientos y pensamientos que contenía. Porque, en el fondo, tras sus paredes de cuerpo-vasija se sentía vacía y encerrada en una vida que no era la que quería.

Aquella muchacha ansiaba salir de sus propias fronteras físicas de arcilla y montes para seguir buscándose en otras formas, en otros elementos para, tal vez, así alcanzar la tan anhelada libertad.

Por ello, abandonó valientemente lo conocido y la mujer tierra recorrió el mundo con pies descalzos y alma abierta. Se deslumbró con las maravillas del planeta madre y tuvo idilios varios con la vida. Sin embargo, seguía sintiendo su alma llena de un gran vacío que dolía, porque aún seguía aferrada a la tierra y encerrada por el peso de lo que había sido y lo que quería ser.

Cansada de tanto buscar, desesperar y no encontrar alivio, una tarde se sentó sobre la arena de la playa y observó el mar embravecido por la tormenta que amenazaba. Allí se sentía ínfima, perdida mientras las lágrimas le anegaban cuerpo y ánima. Se desnudó de hábitos y costumbres que aún arrastraba y se sumergió en el mar. Y allí en aquellas aguas empezó a notar que su cuerpo de arcilla, por fin, se deshacía y se fundía con el eterno líquido. Las olas, cada vez más turbulentas, la arrastraron hacia aguas profundas. Y allí, de repente, se encontró frente a frente con una ballena. La mujer tierra quiso gritar, asustada, pero no tuvo tiempo. Se miraron a los ojos y se reconocieron. Aquella gran ballena la invitó a subirse a su aleta dorsal y juntas recorrieron mares cercanos y océanos lejanos y así, por primera vez, la mujer tierra liberada del peso del cuerpo y del pensamiento encontró en el silencio del agua lo que tanto anhelaba: la paz del alma.

En el momento de la despedida, para su sorpresa, la ballena le transmitió unas palabras:

-Nunca más te sientas pequeña cual pececillo en el mar. Tú eres yo, fuerte y presente aquí y en cualquier océano. Recuérdalo siempre.

Y después de aquellas palabras, el oleaje la arrastró hacia orillas conocidas. Despertó en la arena con el alma anegada de algas y agua salada.  Nunca supo si aquel encuentro con la ballena había sido real o fruto de alguna ensoñación. Pero, lo cierto, es que desde aquel día cada vez que la tierra la consumía y quería reencontrarse con ella misma, se sumergía en el mar y allí como gran cetáceo recorría los mundos submarinos y hallaba a su alma de mujer agua.

Dicen que el día que murió la mujer tierra, algunos habitantes de su pueblo en la sierra vieron,  a lo lejos en el mar, a una ballena lamentar la perdida. Así que si algún día por esos océanos del mundo te encuentras frente a frente a una ballena, piensa que tal vez te haya venido a ver para recordarte la grandeza que habita en ti, como habitó en la mujer agua, como habita en cada uno de nosotros. Porque a veces al cambiar de estado, descubrimos nuestra verdadera esencia.

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Sueños

 

Sueños_blog

Babushka, ¿tú sabes por qué ya no sueño despierta?-preguntó la muchacha.

La abuela respiró hondo y, acariciando la cara de su nieta, le contestó:

-Pequeña, no es que hayas dejado de soñar… Es que te has hecho mayor.

 (…)

La muchacha de esta historia y su babushka son las protagonistas de un nuevo relato que he escrito. En esta ocasión la novedad está en que este relato forma parte de una antología que ha sido publicada bajo el nombre de Sueños.

Hace ya unos meses os presenté el proyecto y los últimos días del 2015 tomó forma definitiva. Sueños es un proyecto de Editorial Otros Mundos y en ella han participado muchos autores y compañeros de viaje con un único objetivo: ayudar a los que más nos necesitan. Y es que todo el dinero que se recaude se entregará a Médicos Sin Fronteras, de manera que con este libro estarás colaborando en proyectos en pro de la infancia para que muchos niños puedan seguir soñando… Porque de eso estamos hecho los humanos, de sueños, de esperanza, de ilusiones.

A veces los adultos dejamos de soñar como le sucede a la protagonista de mi relato La buscadora de sueños. Sin embargo, hemos de seguir intentándolo. Si hace falta nos podemos rendir, pero luego, una vez hayamos caído, nos levantaremos de nuevo con la fuerza suficiente para volver a creer en los sueños.

Y con este mismo espíritu positivo se ha erigido este proyecto. Para que como lector sueñes y tengas todo tipo de sueños, encontrarás entre sus páginas relatos de fantasía, ciencia-ficción, románticos, históricos y líricos. Para todos los gustos… Tantos como sueños distintos hay.

El proyecto ha sido dirigido por la autora Isabel del Río y a ella y al también autor Víktor Valles les quiero agradecer que me hayan acogido en esta antología para dejar unas palabras. En el momento en que surgió la posibilidad de participar fue una bocanada de aire fresco, una nueva ilusión en una época un tanto confusa, un chute de energía y de volver a soñar. Y es que con ese título no podía ser de otra manera. Por ello, desde aquí quiero mostrarles mi mayor gratitud.

Y ahora solo me queda invitaros a que disfrutéis del libro y de todo el talento que esconde entre sus páginas. Podéis adquirirlo en Amazon, en versión papel –se está trabajando actualmente en la versión digital- tanto en castellano como en catalán.

Desde aquí te animo a que cada día sigas practicando la imaginación, lleves tus sueños a la acción y, sobre todo, a que ayudes a otros a hacerlo con esta antología. ¡Y aprovecho la ocasión para desearos muchos sueños realizados en este nuevo año!

Blogtour Sueños: Parada 11

Sueños3

Mientras preparaba esta entrada tan especial para el blog, decidí por curiosidad recurrir al DRAE para ver como definía la palabra Sueño y, entre las muchas acepciones, encontré la que da título a esta entrada y al proyecto del que os voy a hablar.

Y llegué a la conclusión que la RAE o sus miembros deben ser personas un tanto pesimistas porque la definición que sale es esta:

“Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse”.

¿Pues sabéis qué os digo? Que soy de las que prefiere no seguir a pies juntillas este significado y creer que hay sueños que se cumplen. No sé si todos, no sé cuál es el parámetro para que unos se tornen realidad y otros no… Pero eso de “sin probabilidad de realizarse”, lo siento señores/-as académicos, no lo comparto.

Por esta razón y porque creo en los sueños y en la capacidad de soñar e imaginar para crear una nueva realidad, hoy tengo el inmenso placer de hablaros de un proyecto fantástico. Sueños es el título de una antología de relatos, coordinada por la editorial Otros Mundos, donde he tenido el gusto de participar, entre otros autores. Veinte escritores de diferentes géneros y procedencias que nos hemos juntado para hacer aquello que más nos gusta, hilvanar palabras y con un fin muy concreto: permitir que otros cumplan sus sueños.

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Esta antología la encontraréis próximamente en formato digital gratuitamente, pero si compráis un ejemplar, todo el dinero recaudado irá destinado a la ONG Médicos Sin Fronteras para permitir que muchos niños tengan la posibilidad de seguir soñando. De esta manera, estarás colaborando en que sus deseos puedan hacerse realidad. Así que si os animáis, podéis hacer vuestros pedidos para el libro en formato papel a otrosmundoseditorial@gmail.com

¡Vamos a contradecir a la RAE y hacer que los sueños se cumplan!

Mientras tanto, os presento a Gabriel García de Oro, uno de los autores de la antología, y os dejo con el inicio de su relato.

Gabriel Garcia de Oro

Gabriel nació en Barcelona un caluroso 12 de julio de 1976. Estudió Filosofía, aunque trabaja en publicidad como Director Creativo Ejecutivo de Ogilvy Barcelona, donde ha recibido diversos premios. En la actualidad, compagina su trabajo de publicista con la vocación de escribir.

“Querida Karen,

Espero que hayas despertado bien, y que el vértigo no te moleste demasiado, aunque no te escribo para esto, ni para desearte suerte en tu expedición a la Gran Nube de Magallanes. Y, no, tampoco te escribo porque nos conozcamos. Te escribo para confesar. Para que me perdones. Sé que ahora mismo todo es muy confuso, pero me conformo con que entiendas que todo lo que he sentido por ti ha sido tan auténtico, tan real, tan de verdad, como si te hubiera podido tener, como si nos hubiéramos podido tener aquí y ahora. Voy a intentar explicarme de la mejor manera que sé, y para ello necesito retroceder un poco en el tiempo”.

Y como esto es un sueño por otro, ahora os dejo en manos de Silvia Tarragó que mañana os contará más cosas de esta antología en su blog http://silviatarragocastrillon.blogspot.com.es/

Para mí ha sido un placer participar y desde aquí quiero agradecer a Viktor por pensar en mí, a Isabel del Río por acogerme y tener infinita paciencia y a Joan por organizar este proyecto.

Entre las sabanas

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Hace ya algunos minutos que el despertador ha sonado y, como suele ocurrir en los últimos meses, ella lo apaga con desgana y se gira sobre sí misma para seguir dormitando. En estos meses, levantarse le está resultando difícil; seguramente, una de las tareas más complejas del día a día. Eso, y sonreírle a la vida.

Liada entre las sábanas, notando la calidez del lecho en este gélido invierno, se queda hecha un ovillo, pensando en lo que fue y ya no es. Le entra nostalgia y luego, espontáneamente, llegan las lágrimas que empañan la almohada. No quiere pensar, no quiere sentir. Así que se vuelve a girar y busca otra posición en la cama. Como si eso le permitiera olvidar. Sabe que debería levantarse, tomarle de nuevo el pulso a la vida y tratar de que esta siguiera igual. Pero qué complicado resulta hacerlo cuando el mundo se mueve bajo tus pies y no sabes a qué aferrarte.

El despertador suena de nuevo y vuelve a apagarlo, esta vez con un manotazo. No puede levantarse, no quiere levantarse, porque ya nadie la espera ni la necesita. Algunos meses atrás, en cuanto sonaba ese maldito ruido, se ponía en pie y si hacía falta, porque el sueño podía con ella, nunca faltaba un buen café para despertarla. No le importaba madrugar –los lunes sí, para qué vamos a engañarnos- porque sabía que le esperaba una jornada repleta de acontecimientos y vivencias.

Entre esos pensamientos, unos pasos ligeros y delicados sobre el suelo blanco logran distraerla. Parece ser que alguien más ha oído el despertador y viene a recordarle que hay vida más allá de las sábanas. De un salto, sube a la cama y empieza a pasearse entre sus piernas. Ella saca la mano del lecho y, con los ojos cerrados, lo busca, lo palpa. Ahí está, junto a ella, con su pelo suave. Lo acaricia y ronronea. Y, por un momento, sonríe. A cambio, él, con su áspera lengua, la besa. Es su forma de llamar la atención. Ella sabe que quiere que se levante y le ponga su comida. Pero hasta eso le resulta complicado. Definitivamente, aunque no quiera reconocerlo, aunque quiera seguir avanzando y superarlo, echa en falta su cotidianidad y lo que antes tenía. Y ante esa ausencia solo parece encontrar un relativo consuelo en el cariño que le brinda su gato.

El gato, cansado de pedirle comida y hacer caso omiso a su reclamo, decide echarse junto a ella y hacerle compañía entre las sabanas… La inapetencia de ella y el hambre de él, juntas, hacen buenas migas en esta fría mañana. Y poco a poco, ambos caen en las redes del sueño… ¡Qué bien se está cuando uno es capaz de evadirse de la realidad!

De repente, otra vez, un ruido los desvela. Esta vez no es el despertador; es el móvil. Ligeramente, ella se incorpora sobre la cama, con la ilusión de que sea una llamada que hace tiempo espera. Con expectación, lo coge y mira la pantalla. Es el número de su madre el que aparece. Lo siento, mamá, se dice a sí misma y lanza el móvil sobre los almohadones y la ropa que restan desordenadas en el suelo. No quiere que su madre perciba su desánimo. Sabe que está preocupada. Sabe que querría que las cosas fueran de otra manera. Nadie se esperaba aquel final tras una relación de tanto tiempo. Tanto era lo dado, tanto lo ofrecido, que nadie hubiera imaginado que llegara ese fin.

En aquellos meses desde la despedida, ella había pasado de la tristeza primera a la consternación segunda, de la rabia al rechazo, del enfado a la resignación y lo único que deseaba en aquellos instantes era aprender a aceptar y seguir adelante. Quería escapar de aquel momento que parecía detenido en el ciclo de su vida y volver a sonreír. Se había cansado de escuchar aquella frase que rezaba que cuando una puerta se cierra otra se abre, porque lo que nadie le había explicado es lo que se llega a sentir en el tiempo que transcurre entre una cosa y la otra. Y ese tiempo se estaba alargando más de lo imaginado.

De repente, el móvil vuelve a sonar. Intuye que debe de ser su madre, que vuelve a insistir en saber de ella. De nada sirve ocultar la verdad. Le contará cómo se siente, hablará con ella, se desahogará y, seguramente, su madre, con la sabiduría de los años, la ayudará a sentirse más protegida y acompañada, aunque esa sensación solo durará un rato. Con gesto desganado, se sacude las sábanas al mismo tiempo que el gato se levanta y se estira. Con paso rápido, ella se acerca al suelo y rebusca entre la ropa y las almohadas el móvil. Este sigue sonando, mientras la llamada va expirando. Y así sucede… El móvil deja de sonar en el momento en que ella lo encuentra entre aquel caos.

Entre suspiros, mira las llamadas perdidas. Aparece la de su madre de unos minutos antes y también otra, desconocida. Su corazón se agita. Mira la cama y, por un momento, está tentada de volver a ella para dejarse llevar por la desidia, perderse entre sus pensamientos y sus pocas ganas. Pero con el móvil en la mano, se acerca a la ventana y sube la persiana. A pesar de ser un día de invierno, el sol brilla tras los cristales. Respira hondo y teclea el botón de rellamada. Se oye el primer tono. Ella piensa que tal vez sea la nueva oportunidad que tanto anhela. Segundo tono. Tal vez, imagina, sea el cambio que necesita. Tal vez, por fin, surja la oportunidad de volver a empezar… Tercer tono.

Hoy se cumplen seis meses de la despedida… De ser despedida de su trabajo, después de años y dedicación. Hoy se cumplen seis meses desde que dejó de formar parte de un equipo para ser un número más en una de las listas más largas del país que habita.

Cuarto tono. Ojalá sea el trabajo que tanto anhela.

Y mirando los rayos de sol que se cuelan entre los edificios, siente un poco de sosiego en mucho tiempo. Cada día ese astro sigue saliendo, cada día puede empezar de nuevo, cada día existe una oportunidad. Y puede que vuelva a caer, pero se levantará y se desperezará para salir de entre las sábanas. Como ahora que está ahí, en pie, mirando hacia fuera desde dentro, sintiendo que puede de nuevo encarar los retos.

Quinto tono. Y, al fin, al otro lado de la línea, alguien descuelga y se escucha una voz desconocida.

Silvia G. Guirado

Marzo 2014

 

Para todos aquellos que forman parte de esa lista de casi 5 millones. Porque detrás de cada número hay una persona con un nombre y apellidos, con una familia, con unas circunstancias, unos sueños y unos anhelos…  Para que en esta espera, no nos perdamos ni nosotros ni nuestros sueños. Para que, aunque cada mañana sea díficil salir de entre las sábanas, sigamos adelante, porque la vida prosigue y nosotros, con ella.

Porque somos agua

Hace una semana fui a realizar un cuentacuentos a una escuela. No me considero una buena cuentacuentos, pero en lo que a mis relatos se refiere, me siento cómoda leyéndolos porque supongo que al hacerlo le pongo la intención con la que los escribí. Quería grabar un vídeo de ese cuentacuentos en la escuela, pero la música de fondo no ayudó. Así que me fui a mis bosques -como diría Thoreau- y lo grabé allí, pensando en todos vosotros.

Este relato está incluido en el libro Los colores olvidados, pero existió mucho antes de que ese libro fuera pensado. Como ocurre con la historia de Carmesina, este llegó tiempo antes, y, en esta ocasión, como regalo para alguien muy especial para mí. Una persona que me ha enseñado muchísimimas cosas y que ha sido pieza imprescindible en mi vida.

Es un relato que alienta a seguir en pie, a seguir nuestro propio camino, a buscar entres las miles de posibilidades… Últimamente, muchas veces pienso en esa frase que rezan algunos libros de autoayuda sobre la responsabilidad de cada uno sobre nuestras vidas. No sé exactamente cual es el grado de responsabilidad, no sé que es lo que provocamos o lo que sucede porque tenía que suceder, pero, en cualquier caso, antes las circunstancias, ya sean positivas o negativas, en nuestra mano está vivirlas de la mejor manera que sepamos.  Nadie dice que sea fácil, lo sé, pero como la gota de agua de esta historia tenemos un camino que recorrer… Porque somos agua.

 

¡Mil gracias!