Carta a mi pequeña desconocida

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Jueves, 2 de Febrero de 2017

Quedan pocos días para conocernos, para vernos –cada una a su manera, yo a través de la mirada, tú a través de la piel- y una sensación extraña me embarga, una especie de mezcla de júbilo e incertidumbre.

Nos iremos dos al hospital y volveremos tres a este rincón de mundo que llamamos hogar. Y ahí, definitivamente, empezaremos un nuevo capítulo de nuestra vida.

Ante la hoja en blanco, uno puede sentir dos cosas: ilusión por llenarla o dudas por si la inspiración no llega… Algo así ocurre en este capítulo nuevo y es que mis sentires, pequeña desconocida, se agitan entre dos mares. Entre el conocerte y el hacerlo bien. Así que, mi pequeña desconocida –con ese “mi” que trataremos que no sea muy posesivo- no puedo prometerte que vaya a ser la mejor madre, porque ni siquiera yo sé cómo voy a ser. Puedo tener la mejor voluntad, unas determinadas expectativas, pero prefiero que la experiencia nos vaya pautando el camino. Que la rigidez mental no pueda con el dejarse fluir, que lo innato no se pierda por el raciocinio.

Seguramente, me equivocaré mil veces y mil veces habrás de perdonarme. Te pido que tengas paciencia conmigo por si en algún momento me pierdo, por si a veces no se entender tus gimoteos, por si tengo mil dudas o no sé explicar cuentos –escribirlos es otra historia.

Y es que conocerte será una aventura que también me servirá para conocer una parte de mi misma. Por eso te propongo que en lugar de promesas, hagamos un pacto: ayudarnos a crecer mutuamente. Para que así seamos capaces de querernos, perdonarnos, acompañarnos, comprendernos… Porque si de algo estoy segura, es que a partir de ahora, serás mi maestra, porque ya desde aquel 11 de junio viniste a recordarme lecciones de vida: todo llega, todo ocurre. Y, desde entonces, sin tú saberlo –o tal vez, sí, de alguna forma en tu propio mar- me has enseñado fortaleza, calma, esperanza, a seguir creyendo…

Gracias por el camino que hemos construido hasta ahora. ¡No lo hemos hecho tan mal, pequeña desconocida! Empezaremos en breve un nuevo capítulo, dejaremos que las palabras vayan creando nuestra historia común y propia. Permitamos que la inspiración nos acompañe a cada paso. Que la imaginación nos ayude a construir momentos y sueños. Que la voluntad nos guie siempre y que la alegría sea nuestro adn particular. Y, sobre todo, que no nos falte el amor y la esperanza, como tu propio nombre indica.

La vida empezó a gestarse hace nueves meses y  ahora prosigue la gran aventura. Pequeña desconocida, ¿estás preparada para el viaje?

 

La vida mágica de las historias cotidianas

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Ya estamos a punto de acabar el año y nada mejor que finalizarlo poniendo el punto final (…o aparte) a una nueva historia de Carmesina.

Después de mucho tiempo –de años− detrás de Carmesina para que me contara su nueva historia, por fin, puedo decir que he conseguido aquello que  me parecía imposible: darle de nuevo vida.

Han pasado muchas cosas desde que escribí La inspiración dormida hace cinco años. De algunas no fue fácil recuperarse, pero con paciencia y búsqueda, una va saliendo de todo. A veces me hubiera gustado que todo hubiera pasado más rápido, sin embargo, las cosas suceden cuando han de suceder y, tal vez, si el punto final (…o aparte) no había llegado a esta historia es porque no tenía que ser.

He luchado muchos días por darle voz a Carmesina, me he peleado con ella y he llorado porque me parecía perdida y lejana. ¡Qué tonta fui! Eso no puede ocurrir, más que nada porque Carmesina no estaba ni perdida ni lejana, estaba en mí. Siempre lo ha estado. La que estaba perdida y lejana era yo y, por ende, también lo estaba ella. Tal vez, penséis exagerado que hable de ella de esta manera, pero supongo que quienes habéis dado vida a algo  podréis entenderme.

Después de tener abandonados estos papeles, debatiéndome en qué hacer con ellos, si abandonarlos o creer en ellos, decidí apostar por lo segundo. Y cuando digo apostar es, simplemente, darle ese punto final (…o aparte).

Hace unas semanas desempolvé el proyecto y lo volví a leer y yo tan crítica conmigo misma, me dije: esto no está tan mal… Puede que no sea la misma Carmesina de La inspiración dormida, pero es lógico, yo tampoco lo soy. Esta historia es más real y, sin embargo, como su título indica, llena de magia. Esta historia es más adulta y, sin embargo, nos sigue recordando que el mundo de los cuentos está más cerca de lo que parece. Esta historia es más cotidiana, pero se revela como mítica para la chica del parche.

Es increíble la satisfacción que sentí al tener estas hojas impresas. Ha sido un reto personal y una promesa cumplida y eso me da esperanza en muchos otros asuntos.

No sé si estos papeles algún día se convertirán en un libro, si está historia será leída por otros. La verdad tampoco es ahora lo que más me importa. Evidentemente, me gustaría que todo aquello que he imaginado e impreso con palabras lo pudierais leer y disfrutar. ¡Me haría muy feliz! Pero también he aprendido en este tiempo –y nunca mejor dicho- que todo tiene su espacio y su tiempo, como diría Chew Wang, y que las mejores cosas de mi vida nunca han llegado de la lucha y del esfuerzo banal y inútil, sino de la magia de la vida, del seguir creyendo, del permanecer imaginando, del estar abierto a posibilidades. Sí, ojalá, algún día lo podáis leer. De momento, dejaremos que vuele y emprenda su rumbo. Mientras tanto, me quedo con esta satisfacción de haberle puesto el punto final (…o aparte) a esta historia y, sobre todo, de haberme reencontrado con Carmesina, de haberme reencontrado conmigo misma.

Eso no significa que no quede camino por recorrer… En absoluto. Pero a veces es necesario, poner punto final (… o aparte) para poderse abrir a nuevas posibilidades, aventuras y vivencias.

La vida mágica de las historias cotidianas rescata a Carmesina después de su viaje al mundo de los cuentos en La inspiración dormida. Ha pasado un tiempo y en su intención de creer en su poder para pintar, está determinada a mostrar su arte y no ocultarse. Sin embargo, no parece fácil lograrlo y para ello recurrirá a un viejo librero que se convirtió en amigo en momentos de tristeza. Sin embargo, lo que no puede imaginar Carmesina es que está vez va a ser ella la que tenga que llevar de la mano a este librero en la búsqueda más increíble que uno pueda tener: la búsqueda de un recuerdo…

Y, a estas alturas, si habéis aguantado la lectura de este post, tal vez, os estéis preguntando si en esta historia estará también Gato Negro. Y yo os contestaría: “Ay, lectores, hay muchas cosas que no sabéis”. Solo os puedo avanzar, que si Carmesina siempre está conmigo, de alguna manera, Gato Negro también lo está con ella… Y hasta aquí puedo leer.

Gracias a todos los que me habéis leído en este 2016 aunque haya sido ciertamente inconstante en mis escritos. Os deseo lo mejor para este 2017. ¡Y qué descubráis la vida mágica de vuestras propias historias!

La niña de las máscaras

mascaras

Siempre había sido una muchacha solitaria, que al crecer y hacerse adulta, se dedicó a mendigar cariño, seguramente el que le había faltado siendo niña. Ante los demás, se dibujaba la mejor de sus sonrisas con la que intentaba encandilar a quien la rodeaba. Extendía en su entorno cercano una cálida telaraña de atenciones y aprecios con los que atrapar a sus presas-amigos y así, en esa telaraña, sentirse acompañada.

Pero la mayoría de las veces aquella telaraña era débil y se acababa rompiendo de tanto estirarla en falsa amistad y emoción inventada.

¡Pobre niña solitaria exiliada de sí misma!

Entonces aquella muchacha buscó y rebuscó hasta dar con la forma de recuperar aquel cariño que tanto anhelaba. Por ello, abandonó los finos hilos con los que enredaba a los demás y empezó a crearse con arcilla y pintura varias mascaras para ponérselas en cada situación y contentar a los demás. De esta manera, recreó una máscara, la más dulce que pudiera imaginarse y se la colocaba, aunque por dentro la amargura la comiera a pedazos. Más tarde modeló una máscara de comprensión, para entender y apoyar a los demás lo que no era capaz de hacer consigo misma. Tampoco olvidó inventar la máscara de niña obediente, que al ponérsela la convertía en la más complaciente. Y así decenas y decenas de caretas creadas al gusto de lo demás.

Cada día la pobre niña se iba intercambiando esas máscaras para conseguir su fin: que la quisieran y sentirse amada, de manera, que con el tiempo, esas máscaras pasaron a formar parte de su rutina cotidiana. Así en su engaño de no ser ella misma, sino lo que los demás esperaban de ella, fue feliz a su manera.

Sin embargo, como suele ocurrir con las cosas impostadas, una de aquellas mascaras empezó a resquebrajarse. Fue una pequeña fisura, a la que la pobre niña hizo caso omiso. Pero una noche mientras celebraba aquella falsa vida, la máscara se partió en dos. Sin que nadie la viera, huyó a la soledad de su hogar y se miró en el espejo. La mitad de su rostro lo ocupaba la máscara de la dulce sonrisa, la otra parte, desnuda de mentiras, mostraba una parte de sí misma que hacía mucho tiempo que no veía. Y entonces ocurrió lo más terrible: se quitó el resto de la máscara, miró su rostro completo y despojado y no se reconoció. No sabía quién la miraba desde el espejo, no recordaba ya que había sido una niña solitaria, ni una adulta exiliada de sí misma.  Ya no quedaba nada que le recordara quien era en realidad, anulada por propia voluntad con tal de que la amaran como ella deseaba.

¡Pobre niña solitaria exiliada de sí misma que de tanto buscar que la quisieran se había perdido en vida!

Lo que no sabía aquella pobre niña solitaria es que aún no estaba todo perdido. Aún estaba a tiempo de destruir el resto de máscaras. Aún estaba a tiempo de descubrirse ante la vida y ante los demás tal como era, sin complacencias, ni risas forzas, ni abrazos inventados. Aún estaba a tiempo de que la quisieran por lo que ella era en realidad, no por lo que aparentaba. Pero solo lo conseguiría si antes era capaz de quererse suficientemente a sí misma.

¡Pobre niña solitaria exiliada de ti misma, despierta, no está todo perdido, aún tienes todo por ganar si te atreves a ser, simple y grandemente, tú!

Foto @Afraa_mf

Reivindicarse

actitud

A Sandra, mi “hermana”

Hubo un tiempo en que creí que las cosas no ocurrían porque sí, que todo respondía a algún hecho que nos llevaría a otro, encadenándose así los momentos en vida… Cuando aquello sucedía, aunque solo fuera durante un instante, lo veía todo claro, todo encajaba como las piezas de un gran puzzle. Un tiempo después esas creencias fueron esfumándose por los desengaños cotidianos y se aposentó en mí un descreimiento. Y me hallaba yo en esa falta de magia, cuando ocurrió una de esas cosas que tenían que ocurrir…

Cuando empecé el año no presagiaba que enero me fuera a traer su visita. Pero así fue. Llegó ella en forma de mensaje un miércoles por la mañana para devolverme a la realidad. Estaba aquí, había vuelto –aunque fuera momentáneamente- de su paraíso particular. Se me dibujó la ilusión en los ojos y las ganas de abrazarla vencieron la hosquedad del día.

Cuando al fin la ví y la pude abrazar y dar los besos que no le había dado en mucho tiempo, sentí que hay reencuentros que están destinados a ser como esas cosas que no ocurren porque sí. Viniste por otros motivos, pero a mí me trajiste unos cuantos para seguir adelante.

Llegaste más alta, más entera, más feliz y no pude por menos que dejarme contagiar por ese estado que traías. Pensé que en el tiempo transcurrido, en estos casi tres años, tú habías cambiado y yo me había quedado quieta, estancada… Pero tú me hiciste pensar que el camino a veces es más largo, más enrevesado, más profundo, pero que mientras se camine no hay nada perdido, sino todo por ganar, todo por aprender. Porque, y nunca mejor dicho, más importante es el camino que el destino. Porque más valor tiene lo que se siente y se crece por dentro, que lo que se consigue en el mundo tangente.

Y me acogí a tu actitud para hacerla también mía, porque me pareció la más valiente y sincera que veía en mucho tiempo. Estaba ya cansada de milongas pseudoexistencialistas, que no son más que fachada y que rezan: sonríe, sé feliz, piensa en positivo, todo está bien, todo estará bien…  No quiero forzar lo que no siento, pues eso sería ir en contra de lo que soy en estos momentos. Si tengo una actitud positiva será porque realmente la siento –sin empalagarme, por favor-. Si tengo una actitud de rebeldía será porque toca reivindicarse. Si me inunda la tristeza, empezaré por aceptarla, pero sin quedarme en ella; si la rabia me acontece, la esputaré, porque siempre será mejor fuera que dentro. En definitiva, tomaré la actitud de ser coherente conmigo misma, con mi yo más propio y profundo… Para reivindicarme, para hacerme ver, para hablar alto y claro. Por eso aquí estoy yo, cabeza alta, orgullo de mi misma, con mirada clara, frente arriba, labios sinceros, sentimientos forjados a tiempo y momentos. Y con actitud encararemos las alegrías y los problemas. Que un día no funciona algo en el trabajo, ¡actitud Silvia! Que una tarde un paso de baile se encalla, ¡actitud Silvia! Que la inspiración anda perdida, ¡actitud Silvia! Que el tiempo pasa y no ocurre nada, ¡actitud Silvia! ¡Siempre actitud!

Actitud de ser, de ser tal como uno es y todo lo demás, lo dejaremos atrás. Tal vez, con más actitud, con más cabeza firme, mirada clara, frente alta, más siendo lo que uno es sin las capas de cotidianidad, de lo que esperan los demás, de autoexigencia, de carencias y ausencias, seré la mejor versión de mí misma o, al menos, de la que me sentiré más orgullosa.

Hubo un tiempo en que creí que las cosas no ocurrían porque sí… Tal vez, hoy vuelva a ser ese día. Todo es y será cuestión de actitud. ¿Cuál es la tuya?

Tu lugar en el mundo

Tulugarenelmundo_SilviaGGuirado

Para Glòria

Cuando era adolescente recuerdo querer encontrar con ansias mi lugar en el mundo. Seguro que ese deseo no solo era mío y a quién más a quién menos ese sentimiento le ha acompañado en algún momento.

Supongo que buscar tu lugar en el mundo está muy relacionado con ese momento de tu vida en que necesitas reafirmarte a ti mismo a través de la pertenencia a un grupo. Incluso aunque seas una persona más bien tímida o independiente, integrarse forma parte del proceso de crecer y madurar. Supone buscar nuestra identidad a través de los demás, buscarte a ti mismo en los otros. Y así después de buscar y buscarte, uno tiene la sensación de hallar ese lugar en el mundo.

Pero uno sigue creciendo y aunque esa sensación ya no es tan poderosa también necesita satisfacerse. En el fondo, resulta agradable formar parte de algo, reconocerte en ese grupo como uno más y que cuenten contigo. Eso te hace sentir bien… ¡Y a tu ego, ya ni te cuento! Está henchido cuando los demás te valoran, te reconocen… Ais, ese ego que a veces nos lleva por caminos confusos.

Sin embargo, puede suceder que ese lugar de repente caiga. Esa imagen idílica de tu “lugar” en el mundo se hace añicos. Te echan, te expulsan, te vas –da igual la razón, cada uno tiene la suya–. Y entonces te pierdes porque tu brújula ya no te orienta, acostumbrada a solo funcionar para los demás. Pierdes el norte –e incluso, el sur– y no sabes a dónde dirigir tus pasos. Empiezas a dar tumbos y vueltas y te das de bruces contra preguntas que no tienen respuesta.

Y solo entonces, cuando andas completamente perdido, en tu propio laberinto interior y justo cuando estás en el centro del mismo, te hallas. En ese momento te das cuenta de una sublime verdad: ya no perteneces a ningún lugar, ya no abanderas el nombre de nadie, porque en realidad, ahora únicamente te perteneces a ti mismo. Ya no eres un adolescente, algo has perdido por el camino, pero también algo has aprendido: el mejor lugar del mundo eres tú mismo. Con tus sombras y tus luces, con tus alegrías y tus tristezas, con tus miedos y tus valentías. Pero ese lugar eres tú y aunque a veces no nos guste, en él hemos de depositar todas nuestras energías, ilusiones y esfuerzos. Lo demás puede –o suele– ser pasajero.

Así que ya no hay que buscar fuera, porque en realidad, lo que necesitas ya está en ti. Por eso, si has de aventurarte, aventúrate contigo mismo. Si has de luchar, lucha por ti. Si has de crear, crea para ti. Si has de soñar, sueña y no vendas tus sueños por promesas de papel de fumar. Porque recuerda que tu lugar en el mundo eres tú mismo y ese es el mejor lugar, aunque a veces no nos lo parezca.

Y hablando de lugares y sueños… Pronto vendré con algunos de ellos. Estad atentos.