Dejar huella

huellas

¡Oh, mi yo! ¡oh, vida!
de sus preguntas que vuelven,
del desfile interminable de los desleales,
de las ciudades llenas de necios.
De mí mismo, que me reprocho siempre 
(pues, ¿quién es más necio que yo, ni más desleal?).
De los ojos que en vano ansían la luz, 
de los objetos despreciables, 
de la lucha siempre renovada,
de los malos resultados de todo,
de las multitudes afanosas y sórdidas que me rodean.
De los años vacíos e inútiles de los demás, 
yo entrelazado con los demás.

La pregunta, ¡oh, mi yo!,
la pregunta triste que vuelve 
– ¿qué de bueno hay en medio de estas cosas, 
oh, mi yo, oh, vida? –

Respuesta:
Que estás aquí,
que existe la vida y la identidad,
que prosigue el poderoso drama,
y que tú puedes contribuir con un verso.

Canto a mí mismo (Walt Whitman)

 

Cuando tengo un problema, mi padre siempre me dice que no me preocupe en demasía. ¡Eso no es nada comparado con la inmensidad del mar!, es su frase para quitarle hierro al asunto.

Y tiene razón, muchas veces los problemas son tonterías y nosotros somos ínfimos comparados con el universo que nos rodea. La vida se nos va en apenas un suspiro y, cuantas veces nos perdemos en vericuetos mentales que no nos dejan ser aquello que anhelamos.

Y, a pesar de ello, de nuestra finitud, de nuestro pasar rápido por el planeta, creo que es casi casi nuestra obligación dejar nuestra pequeña huella, aquella impronta que podrán recordar los demás de nosotros. No hace falta que sea nada grande ni portentoso, pero si algo que defina nuestro paso por aquí. Puede ser desde el cariño y el amor que hayas entregado a los tuyos hasta una idea revolucionaria. ¿Y para qué si somos finitos, si todo nace, todo llega a su fin?  Porque a lo mejor es una buena manera de pasar por la vida.  Haber estado presente. Al final, lo importante, es estar aquí plenamente. No pasar por la existencia de puntillas, sino a pasos firmes, sintiendo la tierra bajo nuestros pies y dejando que nuestros pensamientos vuelen ligeros de equipaje.

Este pasado verano me ha traído una mezcla de vida y muerte que han convivido en un extraño equilibrio. Por eso, tal vez, cuando pienso en si estoy haciendo algo para dejar huella, me entran las dudas y la incertidumbre.

Creo que todos podemos dejar esa impronta, que está en nuestra mano, seguramente después de trabajo, constancia, riesgo y, sí, tal vez, también un poquito de suerte.

Whitman nos apelaba en uno de sus versos de Canto a mí mismo que todo el mundo puede contribuir con un verso.

Atreverse, lanzarse, arriesgarse, soñar, luchar, pensar, persistir, continuar, permanecer para contribuir, para dejar algo de ti en los demás.

A veces yo soy la primera que como dice Whitman me reprocho a mí misma tantas y tantas cosas, pero entonces recuerdo mi finitud comparada con la inmensidad del mar y empiezo a ver las cosas más claras. Pienso en Carmesina que está en muchos hogares y habla diferentes idiomas, que mis colores han ayudado a algunas personas, que La inspiración dormida se ha convertido en Gato Negro para otras, que en algún lugar del mundo, tal vez, esta noche alguien esté leyendo alguna de las palabras que yo he escrito. Que una parte de mi está ahí y que el otro la puede sentir. Y entonces me emociono y sigo pensando que a pesar de nuestra finitud vale la pena seguir dejando nuestra huella, nuestra impronta, nuestro verso.

Atreverme, lanzarme, arriesgarme, soñarme, luchar, pensar, continuar, permanecer, escribir para contribuir, para dejar algo de mí en ti.

¿Y cuál es la huella que tú vas a dejar? ¿Cuál es el verso que vas a escribir?

Inspiración, inspirar, inhalar vida

 

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Inspiración

Del lat. inspiratio, -ōnis.

  1. f. Acción y efecto de inspirar o inspirarse.

Inspirar

Del lat. inspirāre ‘soplar’.

  1. tr.Aspirar el aire exterior hacia los pulmones. U. t. c. intr.
  2. tr.Infundir o hacer nacer en el ánimo o la mente afectos, ideas, designios, etc.

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A Bienve

Decía Fiamma a Carmesina que las musas no pueden atraparse, que la inspiración viene cuando menos la esperas.

Inspiración, inspirar, aspirar aire, inhalar vida…

Lo que no le dijo Fiamma  a Carmesina es que a veces ocurre, en pocas ocasiones, pero sucede, que en determinados momentos de la vida, las musas vienen a visitarte y si eres afortunado, una de ellas puede depositarse en la palma de tu mano. Ellas son caprichosas, volátiles, etéreas como el aire… Sin embargo,  en ese momento, solo debes dejar que te mire, que te observe en lo más profundo de tu ser y, sin tú decirle nada, ella prenderá tus deseos más profundos para llevárselos allí donde la magia los puede transformar en realidad.

Si eres uno de esos afortunados, recuerda, las musas no pueden atraparse, pero si ellas vienen a ti, simplemente inhala aire, infunde vida y déjate inspirar…

Y si aún no han llegado a depositarse en la palma de tu mano, sigue imaginándolas, sigue creyendo; es posible que en este mismo instante estén planeando visitarte. Permíteles encontrar el camino a ti.

Rastros de la India…

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Hoy vengo con un libro bajo el brazo que no es de publicación reciente, ni un súper ventas, ni tan siquiera es el más conocido de una de sus autoras. Pero estad atentos porque en las próximas semanas es posible que oigáis hablar de él.

La novela Rastros de sándalo de Aisha Miro y Anna Soler-Pont, publicada en el 2007, ha sido recientemente llevada al cine por la directora Maria Ripoll y se estrenará en breve tiempo en nuestras pantallas. Con este libro, inauguro una vieja costumbre que es la de comentar libros y películas. Porque ahí aúnan dos de mis grandes pasiones, literatura y cine, medios tan divergentes y que, sin embargo, beben de fuentes similares. En este caso, no he visto la película, pero sí que me gustaría contaros que se esconde tras las páginas de este libro.

Rastros de sándalo lo adquirí hace unos meses cuando fui a un cuentacuentos en un colegio y allí vendían libros de segunda mano a 1 €. ¡A 1 €! Imposible resistirse. Uno de los que me llevé fue este, principalmente, porque con él iba a viajar a la India… Otra vez.

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La India y yo. Yo y la India. Mantenemos una relación curiosa. Durante mucho tiempo fue mi gran sueño. Sueño que veía lejano poder cumplir. Sin embargo, cuando menos lo esperaba, me llegó de forma cuasi mágica –así lo siento- la oportunidad de ir y conocerla. Y no hubo muchas dudas. Estando en ella se me rebeló dolorosa, pero también catártica. Estando allí, a pesar del desconcierto, me robó una parte de mi alma. Yo la rescaté y me la traje conmigo vestida con un sari de colores, bailando al ritmo de música de bollywood y con un montón de vivencias para mi historia personal.

Indefectiblemente, todo lo que tenga que ver con la India me atrae y cuando puedo lo plasmo en palabras –tal vez recordéis el capítulo añil de La inspiración dormida- o bailando. Así que podría decirse que la lectura de Rastros de sándalo es un efecto más de aquel viaje que tuvo lugar ya hace un lustro.

La historia está escrita a cuatro manos por Aisha Miró –con un periplo personal que merece ser descubierto a través de sus libros– y por Anna Soler-Pont. Siempre que veo una novela escrita por varias personas, me pregunto cómo debe ser ese proceso, cómo ponerse de acuerdo en la evolución de la historia, quién escribe qué… Tal vez, algún día encuentre la respuesta.

El libro es un viaje por tres continentes, tres personajes y tres historias que revelan la capacidad del ser humano para seguir adelante a pesar de las circunstancias. La novela se inicia con tres niños marcados por nacer en países donde el futuro para ellos es cuasi imposible. A través del tiempo veremos el devenir de estos personajes y cómo fruto de su propia lucha por sobrevivir y a golpes de destino, sus vidas se irán transformando. Pero el pasado es poderoso y solo cuando este tome sentido y se enfrenten a él, las piezas de ese puzle vital encajarán.

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Al leer el periplo de los protagonistas, uno no puede dejar de pensar en ese algo inefable, intangible, que en muchas ocasiones cambia el rumbo de nuestras vidas –ya sea un encuentro, una persona, una situación– y que junto a nuestras decisiones y voluntad, marcan el camino y nos hacen avanzar. Y de esa manera parece que podamos modificar aquello para lo que estamos predestinados, ya sea en Barcelona, Bombay o Addis Abeba… Tal vez, esa mezcla de magia y persistencia es lo que me llevó a mí a conocer la India. O, tal vez, simplemente, estuviera escrito. ¿Y vosotros sois de los que creéis que todo está escrito o que en nuestras manos está cambiar nuestro destino?

De resaca emocional

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La semana pasada fue Sant Jordi y el Día del Libro y aunque este año fue un tanto diferente a los últimos, también tuvo su pequeña dosis de firmas, de encontrarse con lectores e intercambiar palabras con ellos. Es emocionante ver sus rostros, con sus libros en las manos, pendientes de que les dediques el libro. Y, sobre todo, es emocionante el cariño que te regalan y ver como han hecho suyas las historias que tú un día escribiste y como esos personajes forman parte ya de su vida. Es extraño, curioso, mágico, maravilloso y todo un cúmulo de sensaciones. Y eso es algo que remueve lo más hondo de uno mismo.

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Esa tarde tuve la oportunidad de conocer a Xènia, que nos regaló un dibujo de Carmesina que nada tenía que envidiarle a los de David 😉 . También me reencontré con Cristina, Anna y compañía que ya vinieron el pasado Sant Jordi a saludarnos y que desde entonces nos siguen con devoción -gracias por la pulserita que me regalaste, Cristina. Y no fueron los únicos, por allí pasaron muchos más, como una familia que se recorrió Passeig de Gràcia buscándonos  y otra chica, rezagada de última hora, que se llevó La inspiración dormida para despertar sus musas -¡espero que lo consigas! En fin, no quiero ponerme nostálgica, sino que deseo quedarme con ese reencuentro bonito con personas y personajes y dejar que esa alegría vivida permanezca en mí.

Además de la firma de libros, la semana pasada fue muy literaria y es que desde Los Libros de Bastian, me hicieron una entrevista que os dejo a continuación. Los Cuentos y Libros de Bastian es un proyecto de difusión de la literatura infantil y juvenil  que pretende mostrar cuán importante son los libros, la imaginación y los sueños en los pequeños y no tan pequeños. Siempre he compartido esa filosofía y es un placer poder colaborar escribiendo una historia que podéis leer si os suscribís en su Club de Bastian.

 

Desde aquí quiero dar las gracias a Silvia y, especialmente, a Nikky que me hizo la entrevista y se ha currado este vídeo, porque además de ser una tenaz bloggera y lectora en La sombra de Nikky Udall, es una crack con la fotografía.

¡Mil gracias, Nikky! ¡Mil gracias a los que os acercastéis en St. Jordi! ¡Y mil gracias por pasaros por el blog!

Carta abierta a un Gato Negro

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Anoche soñé con Carmesina. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Supongo que hay días tan oscuros que ni ella se atreve a pintarlos. Imagino que hay días que son noche tan cerrada que ni sus colores pueden iluminarlos. Sin embargo, anoche apareció en mis sueños y me habló sobre cómo se sentía. Yo también le expliqué largo y tendido qué había ido ocurriendo en los últimos meses. Nos escuchamos como buenas amigas, nos comprendimos como cómplices de una misma historia. Y entre confesiones de sensaciones y sentimientos, llegó un momento en que su único ojo se aguó y, acto seguido, se difuminó el azul de su iris como acuarela en la paleta. Y entonces me pidió algo. Yo, en seguida, le comenté que podía pedirme lo que quisiera. Que, a pesar de todo, seguía siendo la niña de mis ojos, que seguía siendo mi yo más interno. “Necesito que escribas, que transmitas en palabras un mensaje para Gato Negro…  Y es que lo echo mucho de menos”.

“Cuéntame todo lo que quieras, que yo pondré por escrito lo que tú sientes”.

Y así, en sueños, hicimos ese pacto. Y así, en realidad, os escribo aquello que ella me transmitió.

“La última vez que nos vimos supimos que podía ser la última. Pero cuando uno se despide, puede que no sea consciente del todo de lo que eso significa. Al principio sentí una gran tristeza, pues habíamos compartido largas jornadas: tú, a mi vera, acompañándome como nadie. Pensé que esa tristeza pasaría como pasan otras tantas cosas, pero ahora me doy cuenta de que esas sensaciones han ido creando una ausencia, un  vacío, que se ha afincado entre mi corazón  y mi  alma y pinta que no quiere irse en tiempo. Sin embargo, como tú bien me decías, hay que seguir adelante, dando color al mundo, aunque te eche en falta. Y debo confesarte que no echo de menos el mundo de los cuentos. Ni siquiera a Chew Wang o a Serafín –pero no se lo digas, que no quiero ofenderlos. En realidad, a quien echo de menos es a ti, Gatito. Echo en falta tu presencia en mi regazo, tus caricias para despertarme al día y tus despedidas al caer la noche.  Echo de menos cuando te paseabas entre mis cuadernos de dibujo, e incluso aquella vez en que con tus monerías marcaste de acuarela tus patitas en la lámina. Echo de menos tus cabezazos, tus ronroneos y tus invasiones de mi espacio –aquellas que tan poco me gustaban cuando empezamos el viaje en busca de la inspiración dormida. Echo de menos  que me dijeras aquella frase tan tuya: … es que hay muchas cosas que tú no sabes, Carmesina. Ante  tales palabras, siempre arrugaba la nariz y fruncía el ceño.  ¡Cuánto me gustaría ahora tener que hacer ese gesto!

Y sabiendo que ya no estás junto a mí, de alguna manera te sigo percibiendo cada vez que en ti pienso y siento ese vacío entre alma y corazón. No sé si volveremos a vernos; tú me dijiste que nunca se sabía… Pero ante el tiempo que pasa y que no me trae tu compañía, quería transmitirte mi emoción y las gracias. Mis gracias más profundas por haber llenado y dado sentido a mis jornadas de viaje, por el tiempo compartido, por creer en mí y venir a buscarme, por recoger mis lágrimas –cuando las hubo- y por arrancarme sonrisas día sí, día también. Yo te regalaba los oídos y tú me ronroneabas.  Gracias por haber despertado en mí la inspiración y los sentimientos adormecidos. Gracias por haber sido el mejor compañero de viaje.

Y aunque pase el tiempo, sé que ese vacío ahí seguirá en ausencia de tu pelaje negro, de tus ojos verdes-amarillos curiosos, de tu presencia  y del saberte cerca… Yo seguiré entre pinceles, entre colores, entre lo que la vida me depare, pero quiero que sepas que allá donde estés solo deseo que ronronees de felicidad. Porque, en el fondo, siempre estarás cerca, en ese vacío que duele, pero que se llena de todo lo bueno que me entregaste cada vez que te pienso y te siento.

¡Gracias, Gato Negro!”

Y con estas palabras y la emoción de saberlas verdad, cierro esta carta abierta a un Gato Negro, esperando que las sensaciones de Carmesina lleguen a su destinatario con la magia que se presume en los cuentos y en la imaginación… Esa magia que yo trato de reencontrar en este mundo real.

Silvia G. Guirado