Un ángel en la octava planta

Si los ángeles existen, yo he tenido la fortuna de que uno de ellos me visitara. Justo cuando más lo necesitaba, en aquel preciso instante en que la esperanza escaseaba… Qué curioso, esperanza, como la que traes Nadia incorporada en el significado de tu propio nombre.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos me acogiera entre sus brazos-alas y me acompañara en aquella noche oscura. A su manera, me guareció y no me soltó en ningún instante.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos me bendijera con un beso y un “todo saldrá bien”. Y en solo esas tres palabras, deposité  toda mi confianza, mi fuerza y mi creer.

Si los ángeles existen, yo he tenido la suerte de que uno de ellos cuidara de mi pequeña superheroína y de mí como si su vida fuera en ello. Con tu “gracias por confiar en mí” diste broche final a aquella noche, que recuerdo entre nebulosas de pensamientos y sentimientos.

Si los ángeles existen, uno de ellos se esconde bajo un traje rosa –creo rememorar-, con mirada dulce y gesto afable, entre medicamentos, termómetros y curas en la octava planta de Vall d’Hebron.

Gracias infinitas, ángel de carne y hueso y espíritu mágico, por desvivirte y ejercer tu trabajo con una humanidad que aun resuella en mis sentires. No creo que me leas, pero gracias Jeny, por ser luz en noche oscura, por ser esperanza en momentos opacos, por ser ternura en situaciones difíciles.

Y a los “afortunados” que nos encontremos con estos seres alados, démosle las gracias lo mejor que sepamos. Porque, en el fondo, muchos más ángeles necesitamos en este mundo que impregnen de buenas obras nuestra cotidianidad. Ojalá yo también sea ángel algún día para devolver y reconfortar con mis palabras a quien lo necesite igual que hicieron conmigo.

Lo que me has enseñado (… por el momento)

Que tenerte iba a ser una aventura, de eso no tenía duda. Una aventura que no ha hecho más que empezar… Hoy que cumples tu cuarto mes de vida, me detengo un momento, el que tú me permites, para escribirte estas palabras sobre lo que me has enseñado y he aprendido en este tiempo.

He aprendido a que me llamen mami y todo lo que eso significa, como que a veces supone estar a la sombra de la nueva vida, darle protagonismo a ella, porque ahora es su turno. Y lo haces con el cansancio transmutado en ilusión y satisfacción.

He aprendido que el tiempo no es mío, que ahora es completamente tuyo –o al menos lo ha sido hasta que la escasa y ridícula baja maternal nos lo ha permitido-. Mi tiempo ya no se suma por segundos, minutos y horas. Ahora transcurre por tomas, siestas tuyas –breves- y sonrisas.

He aprendido que no hay mejor obligación o responsabilidad que cuidarte, a veces con más ánimo que otras, pues el cansancio aunque por una buena causa, a veces pasa factura. Yo tan yonqui del trabajo ni me he acordado de él ni lo he echado de menos.

He aprendido que dormir está sobrevalorado, pues con unas pocas horas y a trompicones también puedes funcionar el resto del día, aunque sea con ojeras y sin cafeína.

He aprendido a disfrutar de la pausa y de la vida en calma, excepto cuando lloras o remugas, que aunque no es habitualmente, me sigue poniendo nerviosa (he de reconocerlo, no soy una madre para nada perfecta). Yo que siempre he ido medio acelerada por la vida, he valorado parar y dedicarme a lo bonito de la vida.

He aprendido que el corazón se amplía con cada sonrisa tuya, que los mejores abrazos son aquellos en que tú me tiras del pelo o me aprietas la cara. En esto no lo has tenido difícil, siempre he sido de contacto y carantoñas fáciles.

He aprendido que quiero seguir siendo yo, aunque ahora tenga otra faceta que experimentar. Pero un yo mejor que el de antes, un yo del que sentirme orgullosa, y, del que ojalá también tú puedas sentirlo algún día.

He aprendido que sin ayuda muchos momentos no hubieran sido iguales. Que está muy bien ser independiente y fuerte, pero que compartir esta aventura con tu compañero de vida, tus padres, las amistades, la familia es imprescindible para “sobrevivirlo” en determinados momentos y disfrutarlo plenamente.

He aprendido a luchar y a recuperar la fe en mi misma, a hacer tándem contigo, y a lograr que mi pecho fuera tu alimento. Yo que no las tenía todas conmigo, una vez más he comprobado que buscar y explorar puede traer aquello que deseas. Tomo nota para otros menesteres de mi vida.

He aprendido tantas cosas y tanto de ti que esta lista podría ser infinita…  Pero, por encima de todo, he aprendido a valorar cada instante. Y ahora solo me queda aprender a asumir la contradicción del tiempo. Aquel tiempo que  se debate entre los momentos que me gustaría que se detuvieran en cada sonrisa que me das, en cada mirada inocente, en cada gesto y avance que haces, pero que a la vez, es un tiempo que deseo que vaya pasando por la curiosidad de verte crecer, verte avanzar y hacerte persona, y para qué negarlo, para dormir más de 3 horas seguidas y tener un poco más de tiempo para mí (a la vista está lo que he tardado en volver al blog). ¡La contradicción del tiempo entre congelar estos momentos que no volveran y los que están por llegar!