De fotos y madres perfectamente imperfectas

 

Sería bonito tener una foto de las dos sonriendo a la cámara,

posando en este preciso instante del día de la madre

–ese que se han inventado, pero al cual no renuncio-.

Una foto perfecta en su forma, en sus colores, como esas que

inundan las redes sociales en un día como hoy.

Pero esta foto es como la vida misma, perfectamente imperfecta.

Como nuestra cotidianidad hecha de carne y hueso.

De saliva, orina  y leche materna.

De ojeras y orejas para “escucharte mejor” como en los cuentos.

De sonrisas y cosquillas, sobre todo, los fines de semana por la mañana.

De motes inventados a partir de tu nombre

-siempre serás también un poco Marina a pesar de lo que diga tu partida de nacimiento-.

De cansancio y frustración, a dosis leves o mayores, por no llegar a todo.

De duermevelas y despertares nocturnos -¡y ya van quince meses!-.

De buscarme creativamente y de reencontrarme mientras juegas a las piezas.

De primeras veces, de dudas, de alegría, de paciencia –que a veces escasea-.

Mi linda niña, mi pequeña valquiria, gracias por tu compañía y por traerme alegría infinita.

Mi mami bonita, gracias por cuidar de Nadia y de mí con amor único y desmedido.

Vida, gracias porque a veces eres rotundamente bonita… Supongo que es tu manera de equilibrarte a ti misma cuando otras veces nos embistes, indómita y salvaje, mientras estamos desprevenidos. Tú, vida, como las madres y las fotos, también eres perfectamente imperfecta.

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Lo que me has enseñado (… por el momento)

Que tenerte iba a ser una aventura, de eso no tenía duda. Una aventura que no ha hecho más que empezar… Hoy que cumples tu cuarto mes de vida, me detengo un momento, el que tú me permites, para escribirte estas palabras sobre lo que me has enseñado y he aprendido en este tiempo.

He aprendido a que me llamen mami y todo lo que eso significa, como que a veces supone estar a la sombra de la nueva vida, darle protagonismo a ella, porque ahora es su turno. Y lo haces con el cansancio transmutado en ilusión y satisfacción.

He aprendido que el tiempo no es mío, que ahora es completamente tuyo –o al menos lo ha sido hasta que la escasa y ridícula baja maternal nos lo ha permitido-. Mi tiempo ya no se suma por segundos, minutos y horas. Ahora transcurre por tomas, siestas tuyas –breves- y sonrisas.

He aprendido que no hay mejor obligación o responsabilidad que cuidarte, a veces con más ánimo que otras, pues el cansancio aunque por una buena causa, a veces pasa factura. Yo tan yonqui del trabajo ni me he acordado de él ni lo he echado de menos.

He aprendido que dormir está sobrevalorado, pues con unas pocas horas y a trompicones también puedes funcionar el resto del día, aunque sea con ojeras y sin cafeína.

He aprendido a disfrutar de la pausa y de la vida en calma, excepto cuando lloras o remugas, que aunque no es habitualmente, me sigue poniendo nerviosa (he de reconocerlo, no soy una madre para nada perfecta). Yo que siempre he ido medio acelerada por la vida, he valorado parar y dedicarme a lo bonito de la vida.

He aprendido que el corazón se amplía con cada sonrisa tuya, que los mejores abrazos son aquellos en que tú me tiras del pelo o me aprietas la cara. En esto no lo has tenido difícil, siempre he sido de contacto y carantoñas fáciles.

He aprendido que quiero seguir siendo yo, aunque ahora tenga otra faceta que experimentar. Pero un yo mejor que el de antes, un yo del que sentirme orgullosa, y, del que ojalá también tú puedas sentirlo algún día.

He aprendido que sin ayuda muchos momentos no hubieran sido iguales. Que está muy bien ser independiente y fuerte, pero que compartir esta aventura con tu compañero de vida, tus padres, las amistades, la familia es imprescindible para “sobrevivirlo” en determinados momentos y disfrutarlo plenamente.

He aprendido a luchar y a recuperar la fe en mi misma, a hacer tándem contigo, y a lograr que mi pecho fuera tu alimento. Yo que no las tenía todas conmigo, una vez más he comprobado que buscar y explorar puede traer aquello que deseas. Tomo nota para otros menesteres de mi vida.

He aprendido tantas cosas y tanto de ti que esta lista podría ser infinita…  Pero, por encima de todo, he aprendido a valorar cada instante. Y ahora solo me queda aprender a asumir la contradicción del tiempo. Aquel tiempo que  se debate entre los momentos que me gustaría que se detuvieran en cada sonrisa que me das, en cada mirada inocente, en cada gesto y avance que haces, pero que a la vez, es un tiempo que deseo que vaya pasando por la curiosidad de verte crecer, verte avanzar y hacerte persona, y para qué negarlo, para dormir más de 3 horas seguidas y tener un poco más de tiempo para mí (a la vista está lo que he tardado en volver al blog). ¡La contradicción del tiempo entre congelar estos momentos que no volveran y los que están por llegar!