Crónicas de Lester: El pacto

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Hacía mucho que no me paseaba por estos lares. Os quiero pedir disculpas, pero habéis de entender que ser gato callejero y ex bibliotecario no es una vida que digamos muy tranquila, con lo cual filosofar -cosa muy humana por otra parte- no está entre mis prioridades. Pero supongo que haber pertenecido a una biblioteca ha forjado mi carácter, ha estimulado mi dialéctica mental y mi verborrea reflexiva. Así que aquí estoy de vuelta con un tema muy de humanos: los sueños. Sí, sí, y no me refiero a Morfeo ni a mis ricos sesteos al Sol. No, me refiero a la capacidad de soñar, de imaginar y fantasear. Los gatos no sabemos de eso. Vivimos tan el presente que no hay tiempo para el pasado nostálgico ni para el futuro imaginado. Solo tenemos este momento en el cual me lees, por lo tanto, de soñar, ni hablar.

Para mí que soy un gato curioso y bien informado de mis tiempos de biblioteca –era de los que se leían la prensa diaria- sé qué significa eso de soñar para los humanos. ¡Cuántos libros y cuentos habrán pasado por mis patitas donde se relataba esa capacidad cuasi mágica! Páginas y páginas narrando lo que se siente al hacerlo y conseguir un sueño. Sin embargo, dado que ahora soy más callejero que bibliotecario oigo cosas entre vosotros, humanos: muchos suspiros y anhelos, muchas quejas y amarguras, muchos lamentos y pocas alegrías. Y es que me da a mí que los humanos ya no soñáis tanto o, al menos, no tanto como antaño. En los libros que leía, los sueños muchas veces se tornaban realidad. Ahora me temo que eso no suele suceder. Al menos, eso es lo que me transmitís cuando agudizo mis oídos. Sé que una cosa es la realidad y otra la ficción, pero es que a veces la primera supera a la segunda. ¿Qué os ha pasado, humanos?

Particularmente, hace un tiempo eso de soñar me parecía una tontería, una sarta de mentiras que os contáis a vosotros mismos para sentiros mejor y no perder la esperanza. Pero desde que mi vida está en la calle, a veces me imagino volviendo a habitar mi biblioteca u ocupando una casa para siempre jamás. ¡Ay, que me estoy volviendo un poco humano! Total no sabía lo que era, pero ahora que lo sé me produce una extraña sensación de querer y no poder. Porque quiero soñar, vivir feliz en mi imaginación, pero enseguida vuelvo al aquí y al ahora y mi fantasía se esfuma más rápido que una latita cuando hay hambre.

Así que para seguir soñando he hecho un pacto. No con el diablo, sino con mi humana preferida. Ella me enseña a seguir soñando y yo la ayudo a alcanzar mi estado zen. Igual en ese equilibrio entre el soñar y el aceptar alcanzamos la felicidad. Porque creo que ahí radica el bienestar del alma humana –y tal vez, también gatuna- disfrutar del presente sin hipotecar el futuro, sin anclarse al pasado; solo reivindicando el derecho a soñar despierto con las patitas en el suelo y el alma volando bien alto en el firmamento.

Si lo consigo, si lo conseguimos, prometo que os lo cuento. Si no, igualmente, nos volveremos a leer en cuanto vuelva con ganas de filosofar. Hasta entonces, ¡miauu!

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Postales #1: ¡Felices 14, compañero!

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Hoy es tu día, ese que inventamos para darte un cumpleaños.

Cuando hice esta foto no sabía que dos meses después todo cambiaría… Bueno, todo no, hay cosas que nunca cambian como el cariño.

Y aunque te sigo echando de menos –parece mentira que se pueda echar tanto en falta a un bichillo con pelos-, cuando me siento así, recurro a la imaginación que todo lo puede. Entonces, me pongo un parche en el ojo, cual Carmesina, y me voy contigo al mundo de los cuentos. Allí me reconoces y te sientas en mi regazo como antaño. Yo aprovecho para acariciarte, susurrarte dulces palabras mientras tú ronroneas y me observas con tus ojos verdes.

Gracias por todo lo que me diste, seguramente sin tú saberlo. Por ser inspiración y buena suerte… Esto tampoco cambia, como el cariño.

¡Felices 14, Playete!

Entre las sabanas

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Hace ya algunos minutos que el despertador ha sonado y, como suele ocurrir en los últimos meses, ella lo apaga con desgana y se gira sobre sí misma para seguir dormitando. En estos meses, levantarse le está resultando difícil; seguramente, una de las tareas más complejas del día a día. Eso, y sonreírle a la vida.

Liada entre las sábanas, notando la calidez del lecho en este gélido invierno, se queda hecha un ovillo, pensando en lo que fue y ya no es. Le entra nostalgia y luego, espontáneamente, llegan las lágrimas que empañan la almohada. No quiere pensar, no quiere sentir. Así que se vuelve a girar y busca otra posición en la cama. Como si eso le permitiera olvidar. Sabe que debería levantarse, tomarle de nuevo el pulso a la vida y tratar de que esta siguiera igual. Pero qué complicado resulta hacerlo cuando el mundo se mueve bajo tus pies y no sabes a qué aferrarte.

El despertador suena de nuevo y vuelve a apagarlo, esta vez con un manotazo. No puede levantarse, no quiere levantarse, porque ya nadie la espera ni la necesita. Algunos meses atrás, en cuanto sonaba ese maldito ruido, se ponía en pie y si hacía falta, porque el sueño podía con ella, nunca faltaba un buen café para despertarla. No le importaba madrugar –los lunes sí, para qué vamos a engañarnos- porque sabía que le esperaba una jornada repleta de acontecimientos y vivencias.

Entre esos pensamientos, unos pasos ligeros y delicados sobre el suelo blanco logran distraerla. Parece ser que alguien más ha oído el despertador y viene a recordarle que hay vida más allá de las sábanas. De un salto, sube a la cama y empieza a pasearse entre sus piernas. Ella saca la mano del lecho y, con los ojos cerrados, lo busca, lo palpa. Ahí está, junto a ella, con su pelo suave. Lo acaricia y ronronea. Y, por un momento, sonríe. A cambio, él, con su áspera lengua, la besa. Es su forma de llamar la atención. Ella sabe que quiere que se levante y le ponga su comida. Pero hasta eso le resulta complicado. Definitivamente, aunque no quiera reconocerlo, aunque quiera seguir avanzando y superarlo, echa en falta su cotidianidad y lo que antes tenía. Y ante esa ausencia solo parece encontrar un relativo consuelo en el cariño que le brinda su gato.

El gato, cansado de pedirle comida y hacer caso omiso a su reclamo, decide echarse junto a ella y hacerle compañía entre las sabanas… La inapetencia de ella y el hambre de él, juntas, hacen buenas migas en esta fría mañana. Y poco a poco, ambos caen en las redes del sueño… ¡Qué bien se está cuando uno es capaz de evadirse de la realidad!

De repente, otra vez, un ruido los desvela. Esta vez no es el despertador; es el móvil. Ligeramente, ella se incorpora sobre la cama, con la ilusión de que sea una llamada que hace tiempo espera. Con expectación, lo coge y mira la pantalla. Es el número de su madre el que aparece. Lo siento, mamá, se dice a sí misma y lanza el móvil sobre los almohadones y la ropa que restan desordenadas en el suelo. No quiere que su madre perciba su desánimo. Sabe que está preocupada. Sabe que querría que las cosas fueran de otra manera. Nadie se esperaba aquel final tras una relación de tanto tiempo. Tanto era lo dado, tanto lo ofrecido, que nadie hubiera imaginado que llegara ese fin.

En aquellos meses desde la despedida, ella había pasado de la tristeza primera a la consternación segunda, de la rabia al rechazo, del enfado a la resignación y lo único que deseaba en aquellos instantes era aprender a aceptar y seguir adelante. Quería escapar de aquel momento que parecía detenido en el ciclo de su vida y volver a sonreír. Se había cansado de escuchar aquella frase que rezaba que cuando una puerta se cierra otra se abre, porque lo que nadie le había explicado es lo que se llega a sentir en el tiempo que transcurre entre una cosa y la otra. Y ese tiempo se estaba alargando más de lo imaginado.

De repente, el móvil vuelve a sonar. Intuye que debe de ser su madre, que vuelve a insistir en saber de ella. De nada sirve ocultar la verdad. Le contará cómo se siente, hablará con ella, se desahogará y, seguramente, su madre, con la sabiduría de los años, la ayudará a sentirse más protegida y acompañada, aunque esa sensación solo durará un rato. Con gesto desganado, se sacude las sábanas al mismo tiempo que el gato se levanta y se estira. Con paso rápido, ella se acerca al suelo y rebusca entre la ropa y las almohadas el móvil. Este sigue sonando, mientras la llamada va expirando. Y así sucede… El móvil deja de sonar en el momento en que ella lo encuentra entre aquel caos.

Entre suspiros, mira las llamadas perdidas. Aparece la de su madre de unos minutos antes y también otra, desconocida. Su corazón se agita. Mira la cama y, por un momento, está tentada de volver a ella para dejarse llevar por la desidia, perderse entre sus pensamientos y sus pocas ganas. Pero con el móvil en la mano, se acerca a la ventana y sube la persiana. A pesar de ser un día de invierno, el sol brilla tras los cristales. Respira hondo y teclea el botón de rellamada. Se oye el primer tono. Ella piensa que tal vez sea la nueva oportunidad que tanto anhela. Segundo tono. Tal vez, imagina, sea el cambio que necesita. Tal vez, por fin, surja la oportunidad de volver a empezar… Tercer tono.

Hoy se cumplen seis meses de la despedida… De ser despedida de su trabajo, después de años y dedicación. Hoy se cumplen seis meses desde que dejó de formar parte de un equipo para ser un número más en una de las listas más largas del país que habita.

Cuarto tono. Ojalá sea el trabajo que tanto anhela.

Y mirando los rayos de sol que se cuelan entre los edificios, siente un poco de sosiego en mucho tiempo. Cada día ese astro sigue saliendo, cada día puede empezar de nuevo, cada día existe una oportunidad. Y puede que vuelva a caer, pero se levantará y se desperezará para salir de entre las sábanas. Como ahora que está ahí, en pie, mirando hacia fuera desde dentro, sintiendo que puede de nuevo encarar los retos.

Quinto tono. Y, al fin, al otro lado de la línea, alguien descuelga y se escucha una voz desconocida.

Silvia G. Guirado

Marzo 2014

 

Para todos aquellos que forman parte de esa lista de casi 5 millones. Porque detrás de cada número hay una persona con un nombre y apellidos, con una familia, con unas circunstancias, unos sueños y unos anhelos…  Para que en esta espera, no nos perdamos ni nosotros ni nuestros sueños. Para que, aunque cada mañana sea díficil salir de entre las sábanas, sigamos adelante, porque la vida prosigue y nosotros, con ella.