Tu primera vuelta al sol

Hoy, mi pequeña, cumples tu primera vuelta al sol. Tus primeros 365 días en este mundo nuestro, tus primeros 365 días en esta vida que estás creando a cada paso, a cada descubrimiento, a cada aprendizaje, a cada sonrisa, pero de la que aún no eres consciente.

Hace un año mi ya no pequeña desconocida te escribí una carta. Una carta con una propuesta de pacto en el que te proponía enseñarnos mutuamente en esa nueva vida que íbamos a estrenar. Tengo que confesarte que no sé si estamos cumpliendo ese pacto, pero creo que al menos lo intentamos. Ahora que cumples tu primer año de vida, tu primera vuelta al sol,  te vuelvo a escribir… Una carta por año como en una especie de promesa.

Este año he experimentado la auténtica montaña rusa de la vida. Desde que llegaste aquel seis de febrero bajo tu signo de acuario marcando el camino, tal vez, tu carácter, hemos vivido momentos de todo cariz. Nos subimos a un vagón juntas y en este devenir hemos pasado por momentos de intensidad y felicidad extrema a otros de caída en vacío. Hemos gritado de euforia y también de miedo al llegar a túneles oscuros -túneles que, seguramente, estaba destinada a pisar para conocerme y conocernos más. A veces me pregunto qué habrás sentido y pensando tú… Y es que, no voy a engañarte, esto de la maternidad es de una intensidad increíble. Digamos que todo se multiplica por cien, por mil, por un número que no soy capaz de calcular –pero es que ya sabes que yo soy más de letras. Y por ello, todos los sentimientos se engrandecen, todos los pensamientos se amplían, todo se vive de manera intensa e irracional. Como intensa e irracional eres tú aún, mi pequeña.

Ciertamente el tiempo ha pasado rápido, demasiado fugaz –tal como todo el mundo me aventuraba- y, al mismo tiempo, lento. Los primeros meses me dejé llevar por la cadencia de tu ritmo presente, por la burbuja del puerperio, rodeada de los míos, de mi tribu, aprendiendo a ejercer el nuevo papel que tenía. Después, poco a poco, ha tocado ir volviendo a la normalidad, pero, ay, amiga, es una normalidad diferente, poco tiene que ver con la de antes. Es una nueva realidad bonita y cansada a partes iguales. Ya ves, mi ya no pequeña desconocida, todo se mueve entre pares contradictorios, pero es que creo que de esto va la maternidad. De días de euforia a días de estupor; de días de yo puedo con todo a días de querer huir un rato; de noches de no dormir a noches de dormir algo más (dos noches enteras me has regalado, que ni tan mal, oye –léase mi ironía).

También ha sido momento de (re)descubrir las propias sombras que habitan en mí. Sorprenderme pensando cosas que nunca me había planteado. Cayendo en aquello que me prometí no hacer nunca. Y ante eso solo queda perdonarse, pero que difícil es a veces. Por fortuna, todos los malestares del alma se curan al verte. No dejo de maravillarme de lo que llega a palpitar el corazón con el sonido de tu risa. Lo iluminada que se ve la vida a través de tus ojos. Lo apasionante que se vive todo con cada aprendizaje tuyo. Ya, ves, lo que te digo. La maternidad es la contradicción hecha carne y sentimiento.

Este tiempo también ha servido para ver todo el amor que desborda la llegada de una vida nueva. Espero que, a tu manera inconsciente, hayas podido notar todo el cariño que te han dado. Hemos sido afortunadas porque nos hemos sentido tremendamente arropadas y acompañadas. Bien es cierto que en esto también existe la contradicción y algunas personas no aparecieron ni se las espera. Está bien. No pasa nada. Seguramente, no forman parte de nuestro camino, aunque a veces haya dolido un poquito.

Y aquí estamos en tu primera vuelta al sol y ¡fíjate lo que has cambiado! Naciste pequeñita, ya me lo habían aventurado, y te costó aferrarte a la fuente de vida que era el pecho, pero ¡ay, amiga, ahora es tu mejor aliado! Dejaste de ser pequeñita para pasar a ser una bebé comestible, de muslos y mejillas gorditas y tiernas. Ahora ya te estás estirando y poco a poco abandonando aquel estado primigenio en el que llegaste. Has dejado de ser la bebé estoica que lo aceptaba todo a mostrar tu carácter –eso es bueno, me dicen-. El pelo te ha ido creciendo, aunque aún escasea, y se te forman unos caracolillos muy graciosos que intuyo te harán el pelo algo rizado. Sigues manteniendo los ojos claros y tus pestañas larguísimas hacen sombra al sol –que sí, que los ojos son míos, aunque el resto sea de tu padre-. Te gusta especialmente la música y mueves los brazos al son de Vivaldi, Sia o Bollywood, sin miramientos. Te gusta el contacto, pero tampoco que te achuchen en demasía. Has pasado de escrutar con seriedad a los extraños a darte vergüenza cuando te dicen cosas. Eres tremendamente observadora y de risa contagiosa entre los tuyos. Como contagiosa es la vida contigo, pequeña…

Mi ya no pequeña desconocida, voy cerrando esta carta, dándote las gracias. Porque si algo me has traído, además de tu ser bonito, ha sido un profundo sentimiento de vida. Yo que anduve perdida durante cierto tiempo, he “vuelto” contigo con el firme deseo de ser la mejor versión de mí misma. Y eso te lo debo todo a ti. Solo espero no defraudarte y saber estar a la altura de tu ser íntimo. Un ser que tengo ganas de ir descubriendo y, sobre todo, respetando para que tú también puedas ser la mejor versión de ti misma, la que brille en todas las vueltas al sol que te esperan. ¿Lo intentamos, pequeña mía?

 

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84, Charing Cross Road

84 charing cross

Imbuida por el espíritu de un viaje a Londres este verano, de pasear por sus calles y, en concreto, por sus librerías de viejo cercanas a Trafalgar Square, quise leerme 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. Un libro del que había oído hablar en varias ocasiones y al que nunca me había acercado. Así que recién llegada, lo solicité a la biblioteca y en pocos días me avisaron que ya lo tenía. Y cuando fui a recogerlo, dispuesta a resarcir ese gusanito que hacía tiempo me había picado, me encontré con la sorpresa de un libro breve, brevísimo…

Pero en esas pocas páginas, poco más de 100, me encontré con dos cosas que me sorprendieron de la historia: el uso de las cartas como único hilo conductor y el modo en cómo consigue enamorarte de los personajes. Es curioso, como a veces en unas solas páginas se puede esconder tal verdad que llegas a empatizar con los personajes y con la historia de una manera cuasi mágica.

Las cartas… ¿Alguien recuerda lo que es escribir una carta? Y no me refiero a escribir un mail, ni un whatssap por muy largo que sea, ni siquiera, un mensaje de facebook. No, una carta de tu puño y letra, con borrones y unas cuantas páginas. ¿Cuánto hace que no escribes una carta? Precisamente, fue esa una de las cosas que más me gustaron del libro, volver a un tiempo donde la inmediatez de la respuesta no existía, donde la comunicación entre dos personas podía demorarse meses sin perderse por ello el interés y no estaba supeditada al doble click azul, donde la prisa no era moneda del día a día, donde alguien podía “perder” su tiempo en escribir cartas, aunque fueran breves, para solicitar una novela a una librería en la otra punta del mundo. He de reconocer que, por un momento, envidié esa época en la que Helene Hanff y Frank Doel vivieron. Evidentemente, no en toda su totalidad, pues pasaron por una posguerra y tiempos difíciles y llenos de penurias. Pero sí me deleité con esa percepción del tiempo que hemos perdido donde todo transcurre en una agradable lentitud y sosiego… Y, de alguna manera, durante estas ciento y pocas páginas, yo también tuve la oportunidad de parar y dejar que la vida pasara sin agobios ni rutinas ni prisas imperiosas. Y eso solo lo consiguen los buenos libros.

La verdad de la historia y el enamoramiento de los personajes… Ciertamente, hay muchos libros que te cuentan historias reales, historias cotidianas con las que resulta fácil sentirte identificado. En principio, este no es el caso de esta historia… El punto de inicio dista un poco de nuestras visiones actuales. Sin embargo, consigues hacerla tuya de manera cuasi mágica y apreciar a esos personajes. Apenas sabemos nada de ellos, más allá de lo que nos cuenta en las cartas –que más bien es poco-. Así que uno se construye en su mente esos personajes a través de los pequeños esbozos que va encontrando carta a carta y, aunque parezca increíble, al final esos personajes son completos en tu mente. Los has hecho tuyos a través de esos años de intercambios de vida. Y es que a veces el menos es más… A veces no necesitas de grandes descripciones ni análisis de personajes para conocerlos. Simplemente, necesitas que desprendan vida. Y eso es lo que tiene este libro: vida.

Sé que existe una versión cinematográfica protagonizada por dos grandes como Anne Bancroft –mi siempre Señora Robinson- y Anthony Hopkins. Creo que por una vez y sin que sirva de precedente no voy a ver la película… Quiero que mi Helen y mi Frank sigan siendo los que conocí en el libro, no quiero ponerles más rostro, ni gestos ni más detalles… Solo quiero conservarlos tal como los he leído en sus propias cartas.

84, Charing Cross Road es una pequeña joyita para disfrutar sentado junto a una taza de té y dejando que los minutos pasen sin prisa. Solo tú, Helene y Frank –y, por supuesto los demás personajes secundarios- y esas cartas… Esas cartas tan llenas de encanto, literatura y lucidez. Como la vida misma…

PD: Efectos secundarios de la lectura del libro: estoy segura que después de leerlo, querrás recuperar el noble arte de cartearte. Yo ya lo he hecho. Si me lees, Sandra, una está cruzando tierras y océanos para ser leída por ti.