Érase una vez Carmesina en el Amazonas…

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El título de este post puede sonar a principio de un nuevo relato de la muchacha del parche. Siento decepcionaros, pero no es el caso… Aunque todo llegará, porque Carmesina ha decidido darme el último empujón con una nueva historia suya, pero de eso os hablaré otro día.

Volvamos al título del post. Érase una vez Carmesina en el Amazonas… Puede parecer obvio que cuando uno escribe o crea algo esto puede llegar a cualquier rincón del mundo y, más hoy en día, que todos estamos intercomunicados. Sin embargo, no deja de ser curioso cuando de repente te enteras que hay un artista del Amazonas, -sí, sí, del Amazonas- que es un gran apasionado de este personaje. Y que además tiene un familiar, una niña de 7 años superfan del personaje y a la que llaman cariñosamente “la Carmesina del Amazonas”. Pero mucho más curioso es cuando te explican que este artista está en Barcelona y quiere conocer a quién está detrás de la muchacha del parche.

Sí, además del título del post, toda esta historia puede parecer fruto de la imaginación irracional de una escritora, pero nada más lejos de la verdad. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción. Y este es uno de esos casos.

Freyzer Andrade es el nombre de este artista, un joven polifacético y apasionado de la pintura, pero que también escribe y esculpe. ¡Vamos un hombre renacentista total! Tuve la suerte de conocerle junto a David G. Forés y Desiree Arancibia, en su periplo por Europa en busca de galerías donde exponer su arte.

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Acompañado de su marchante de arte, y entre su brasileño, nuestro inglés y el castellano de su acompañante pudimos hacernos una idea de cómo es el lugar donde nació, Boca de Valeria, y cómo es su vida allí.

 

 

Cómo, a falta de recursos para tener pinturas acrílicas o acuarelas, pinta tomando pigmentos de la propia naturaleza. También nos habló de la “Carmesina del Amazonas”, Lanae, su sobrina, a la que pintó una camiseta de la muchacha del parche y  de cómo, desgraciadamente, estamos destruyendo ese paraíso natural que es un pulmón para la tierra.

 

Después tuvimos la oportunidad de verlo trabajar en una ilustración de Carmesina, inspirado, tal vez, por nuestro muso particular, Gato Negro –al que yo también me alegré muchísimo de ver−. Y después de un intercambio de fotos, nos despedimos deseándonos mutuamente la mejor de las suertes.

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Esto solo podría parecer una anécdota más, pero es que a veces la vida está hecha de estas anécdotas y momentos. Sigo sorprendiéndome –y que así continúe siendo- de que mi querida Carmesina vuele sola tan lejos y sea capaz de enamorar a otras personas, incluso de otras culturas y que están a miles de kilométros. Supongo que esto es la magia de la vida. Y con esa magia me quedo. ¡Obrigado, Freyzer!

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