La poesía de la vida

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A veces dicen que la poesía está pasada de moda, que ya no va con los tiempos que corren -y viendo cómo está el mundo podría parecerlo. Sin embargo, pienso que la poesía seguirá con vida mientras haya sentimientos que expresar, ideas que mostrar, pensamientos que abordar. Seguirá viva mientras haya poetisas o poetas que sean capaces de definir s(t)u yo más intimo en cuatro versos. Seguirá viva mientras haya quien quiera maravillarse con lo que rodea, quien quiera extraer el meollo de la vida, quien quiera ir más allá de lo superficial para entrar en las sombras oscuras.

Hay quien teme a la poesía, le da miedo o respeto acercarse a ella por pavor a no entenderla. La buena poesía no necesita de explicaciones, solo de dejarse sentir. La poesía no te va a morder ni te va arañar, o sí, tal vez, lo haga, en tu alma. Permíteselo, déjala entrar en ti,  sin allanamiento de morada, para que su efecto sea más profundo. Recuerda que la poesía es en sí misma como la vida, solo hay que experimentarla.

Así que experimenta la vida, busca la poesía en las cosas que te rodean. De eso se trata. La puedes encontrar en los grandes clásicos, pero yo casi que prefiero a los poetas cotidianos, aquellos que en la sencillez de sus versos se esconde la verdad.

Eso es lo que he encontrado en la poesía de Mi amor de invierno, de Cristina Ruiz, editado por maLuma. Un recorrido por diferentes estados del amor en el que todos nos podemos sentir identificados. Seguramente, algunos de sus versos dejarán impronta en ti y te devolverán a amores pasados, a lágrimas desvaídas por el tiempo, a besos semiolvidados.

Si quieres experimentar la poesía, así como la vida, Mi amor de invierno puedes ser el billete para un viaje de ida hacia este género. Y digo solo de ida, porque una vez emprendas la ruta, querrás seguir la senda de los versos. Recuerda que la poesía es como la vida, solo hay que experimentarla sin miedo.

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Yo confieso

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Yo confieso

que aunque bendiga el valor de las pequeñas cosas,

me complico al dar fuerza a lo que es insignificante.

 

Yo confieso

que aunque hable sobre la búsqueda del camino sencillo,

yo suelo tomar la ruta con curvas y cambios de rasante vitales.

 

Yo confieso

que aunque abandere la sonrisa como maestra de vida,

en ocasiones me dejo llevar por las lágrimas que empañan horizontes.

 

Yo confieso,

que aunque predico la actitud como bandera existencial,

muchas veces me dejo llevar por la pasividad anímica.

 

Yo confieso

que aunque promueva la indulgencia con uno mismo,

en ocasiones soy mi peor enemiga.

 

Yo confieso

que aunque el amor sea medio y fin en la existencia,

en ciertos momentos me he descubierto odiando.

 

Yo confieso

que aunque pretenda ser buena alumna de la vida,

a veces solo raspo el aprobado porque no creo suficientemente en lo que hago.

 

Yo confieso

que aunque hable de fortaleza y seguridad,

casi siempre me dejo perseguir por las dudas y el miedo.

 

Yo confieso

que aunque creyente de sueños e imposibles,

muchas veces dudo de esa magia existente.

 

Yo confieso

que aunque me sienta inventora de fantasías e historias,

a veces me quedo demasiado en el raciocinio y me olvido de escribir la mía propia.

 

En definitiva, me confieso humana, pecadora de obsesiones mentales y procrastrinadora de sueños propios.

Pero también sé que, al confesarme, me reconcilio un poco conmigo misma.

Y entonces valoro las pequeñas cosas,  cojo el camino sencillo, me dibujo la sonrisa cada día, me trato con cariño, quiero y me dejo querer, aprendo sin exigirme, paso del miedo y las incertidumbres, vuelvo a creer en los imposibles, disfruto de escribir (me).

 

#poemasdeldesvarío