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La ventana

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Aquel día se prometió a si misma hablar. Había pasado todo el verano silenciando la verdad, pero ahora que este llegaba a su apogeo, con los días acortándose y el sol disminuyendo de intensidad, había llegado el momento de confesarse.

Cada día de aquel verano ella había pasado junto a su ventana. Jornada sí, jornada también, miraba desde la acera de enfrente esperando encontrarlo. Había pasado de la curiosidad al saludo y del saludo al intercambio de palabras, pero siempre enmarcados por aquella ventana. Él, en su habitación, ella en su mundo. Y el alfeizar de la ventana era la única frontera que les separaba… Al menos, eso es lo que le gustaba pensar a ella, aunque en realidad, apenas se conocieran más allá de esas cuatro palabras que esbozaban en cada encuentro. Sin embargo, ella, en ese recorrido diario hacia aquel altar personal, le había inventado toda una historia a aquel joven que se pasaba el tiempo escribiendo en un cuaderno. Fantaseaba e imaginaba y, entre fantasía y realidad, se fue enamorando de él. Sabía que siempre había pecado de poca sensatez y que dejaba volar con excesiva facilidad su imaginación. Y esta vez no había sido diferente. Así, a cada momento que pasaba y pensaba en él, la curiosidad primera se había ido transformando en un peso en su corazón, en unas mariposas que le dibujaban la sonrisa y le pellizcaban su yo más íntimo… Sensaciones que le acompañaban aquel día, aquella última jornada de las vacaciones.

Y con la ilusión primera, empezó a subir la calle. Al final de ella, se encontraba esa ventana, se encontraba él. Pero el pudor y el temor pesaban y no hacían ligera la subida. Para contrarrestar ese efecto, ella centraba su pensamiento en la mirada de él y todo cambiaba. Jamás olvidaría aquel día que había levantado su rostro de la tierra para encontrarse con su mirada tras la ventana. En ese instante, su corazón había dado un vuelco de 180 grados y había quedado poca abajo para no recuperarse el resto del verano.

A mitad de camino, aquella presión se agarró a sus entrañas y parecía que la respiración se le entrecortaba. Como era costumbre cuando se ponía nerviosa, se mordisqueaba los labios y enredaba sus dedos en algún mechón de pelo. ¿Qué le diría? ¿Cómo empezaría aquella conversación? No lo sabía. Y las dudas surgieron. Tal vez, no fuera buena idea hablar. Y se paró en seco y empezó a retroceder unos pasos, negándose a sí misma la oportunidad. Pero entonces dirigió sus ojos hacia la ventana, inmensamente azul, que estaba a unos pocos metros y se vio arrastrada hacia ella, olvidándose de todos los nos y los peros. Corazón acelerado, respiración entrecortada, deseo sentido… Y ya solo estaba a unos pasos. Torbellino de sensaciones. Un paso, dos, tres… y, de repente, la sonrisa se congeló en su rostro. La ventana estaba cerrada con sus portones azules y su persiana medio echada.

La vida parecía jugarle una mala pasada. Cada mañana de aquel verano, la ventana abierta y él tras ella con sus palabras y sus sonrisas y ahora no había nada de todo aquello. Compungida siguió su camino, sin apenas detenerse, mientras se lamentaba por no haber actuado antes. Siguió el paseo hasta la playa mirando tan solo sus pies que se arrastraban. Bajó los peldaños desde el paseo hasta la arena y se acercó a la orilla, aún cabizbaja. Necesitaba volver a la tierra, tocarla, sentirla y dejar de fantasear… El oleaje cubría sus pies y la espuma quedaba esparcida entre sus dedos hasta ser absorbida por la tierra deseando que, del mismo modo, absorbiera sus penas. Y se dejó llevar por el mar, meciendo sus sentimientos en aquel ritmo incesante de las olas que vienen y van… Al cabo de unos instantes, ese mismo oleaje trajo unos pasos y junto a los pies de ella aparecieron otros. Instintivamente, ella subió su rostro y allí estaba él. Todo volvía a tener sentido. Una mano se aferraba a la suya y la sonrisa volvía a florecer en sus labios. Ya no había fronteras, ni alfeizares ni ventanas. Y aquella mirada… Aquella mirada la desarmaba.

Y con las manos entrelazadas continuaron caminando por la orilla, entre susurros y complicidades… Y a cada paso que daban, solo dos huellas quedaban sobre la arena. A veces era mejor vivir entre fantasías, se decía a sí misma, mientras el rumor del mar la acompañaba.

Silvia G. Guirado

*Fotografía de Cristina Álvarez.

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8 pensamientos en “La ventana

    • ¡Gracias, Fani! Es que a veces hay finales que no tienen que ser perfectos, porque como tú me dijiste un día, entonces es que no son el final. Seguramente este chica encontrará otras ventanas y, tal vez, habrá aprendido a actuar de otra manera. Besazos.

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